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Zangief: En la Arena

El opresivo aire de la estancia se resquebrajó con el alarido de júbilo de la muchedumbre. Las viejas paredes de madera del vestuario amortiguaron los lejanos gritos, los enfervorizados chillidos llegaban como un monótono murmullo. El eco de las voces roncas retumbó entre los viejos tablones, deformando su sonido y haciendo estremecerse el bajo techo, haciendo que un polvo blanquecino brotara y cayera en una fina lluvia sobre el suelo de la estancia, junto a una raquítica camilla de raídas sábanas blancas.

Zangief aguardaba sentado sobre la camilla, el rostro hundido, el amplio cuello relajado y la musculosa espalda arqueada hacia adelante. Una toalla cubría su cabeza, reposando sus enormes brazos sobre el regazo, con las gruesas manos forradas por alargadas vendas blancas. Las anchas piernas del hombre se balanceaban con lentitud y las puntas de sus botas de goma se encontraban después de cada oscilación. Las numerosas cicatrices que adornaban todo su cuerpo brillaban débilmente; gruesas marcas sobre sus hombros, varios cortes en sus antebrazos, y viejas heridas en sus muslos, alargadas como gigantescos cienpies.

El griterío de afuera arreció otra vez, los maderos temblaron de nuevo. Zangief acarició inconscientemente sus manos, resiguiendo el vendaje y dando un suave masaje sobre el centro de su palma derecha. Todo su cuerpo estaba bañado en sudor y sus brazos relucían amarillentos bajo la ténue luz de la desnuda bombilla que colgaba del sucio techo. Gruesos goterones surcaban su frente y se precipitaban desde su barbilla para caer al suelo. El vestuario era un horno, el ambiente opresivo e irrespirable, como una olla a presión, incluso las mugrientas paredes parecían estar recubiertas de humedad, con los sucios tableros mostrando una infinidad de marcas oscuras en su superficie.

El hombre levantó la cabeza y con un gesto cansado apartó la mojada toalla que la cubría. Su cráneo era grande y cuadrado, el pelo oscuro completamente rasurado, los pómulos resaltaban hundidos en su rostro y una incipiente barba sombreaba el contorno de su marcada mandíbula. Los ojos eran pequeños, oscuros y profundos, ocultos bajo unas espesas cejas negras.

Otra detonación de voces, más gritos, más alaridos, una lluvia de aplausos. La puerta del vestuario se abrió entonces, rechinando, y Zangief supo que había llegado la hora. Tres hombres entraron. Uno era alto y corpulento, vestido completamente de negro, el pelo corto y rubio, sus ojos ocultos bajo gafas de sol tintadas. Era el guardaespaldas del señor Brown. Tras él iba un hombre pequeño, el señor Brown, apenas un enano en comparación al gigante de traje negro. Su cuerpo era redondo como una bola, al igual que su cabeza, con dos diminutos puntos por ojos y una boca pequeña y grasienta, y numerosos pliegues de grasa se formaban en su fofo cuello. Cerraba el trío un hombre mayor de pelo blanco, dientes amarillos y una nariz enrojecida por el alcohol. Era el entrenador, un viejo luchador que ahora trabajaba para el señor Brown.

- ¿Cómo está esta noche el campeón?. -preguntó con voz aguda el señor Brown.

Zangief no respondió, pero sacudió la cabeza para despejarse. Al hacerlo nuevas gotas de sudor saltaron en todas direcciones y relucieron durante un breve instante para ir a morir al suelo.

- Vamos, Zangief, es tu turno. -dijo el viejo entrenador con voz ronca y agrietada, como si saliese de una cañería obstruída- ¿Estás preparado?. -preguntó llegando cansinamente a su lado y colocando una delgada y huesuda mano sobre el hombro del luchador.

Zangief asintió y permaneció con la vista clavada en la pared. El señor Brown fue el siguiente en hablar:

- El combate de esta noche es muy importante, Zangif. -dijo, situándose a su izquierda. Su costosa gabardina apestaba a humo- Ya sabes que nos jugamos mucho dinero, así que no quiero que nada salga mal. ¿Entendido?. -cada una de sus palabras era un chirrido agudo.

El estruendo de la multitud volvió a resonar en el pequeño habitáculo. La bombilla del techo se balanceó y las sombras del suelo siguieron su movimiento, alargándose y acortándose.

- ¿Entendido, Zangif?. -repitió el señor Brown.

Zangief levantó la mirada, odiaba que le llamaran así. Los agujeros que tenía el señor Brown por ojos estaban fijos en él, esperando una respuesta.

- Entendido. -asintió el musculoso luchador volviendo a bajar la mirada- Sé lo importante que es este combate. -añadió, murmurando con lentitud las palabras.

- Bien. -el obeso hombrecillo se dio la vuelta y dio un corto paseo alrededor de la camilla donde seguía sentado Zangief.

Afuera estalló un nuevo clamor de la muchedumbre, insultos, voces desgarradas exigiendo que empezase la pelea.

- ¿Te encuentras bien?. -preguntó el entrenador, aún junto a Zangief y con su mano olvidada sobre la espalda de éste.

- Sí, estoy bien.

El viejo pareció darse por satisfecho con la escueta respuesta.

- Recuerda. -el señor Brown apareció de nuevo ante el gigantesco luchador- No puede tumbarte, no puedes perder. -Zangief alzó la mirada. El fofo cuello del hombre estaba salpicado de sudor y formaba un cerco de humedad en la camisa blanca que vestía bajo la gabardina- No hagas ninguna estupidez. -siguió el señor Brown- Sal ahí y machaca a ese imbécil, sin perder el tiempo, dejándote de tonterías. No te pongas a jugar y reírte como hiciste la última vez. No, nada de eso, esta vez limítate a aplastar su cabeza y a ganar el combate.

- Sí, lo haré.

- No te muevas tanto, busca el choque directo. -siguió aconsejando el señor Brown- Eres muy grande, deja que tu cuerpo trabaje a tu favor. Busca el contacto y llévate al tío al suelo. Allí no tendrá ninguna posibilidad y podrás terminar con él. ¿Me entiendes Zangif?. En el suelo no podrá hacer nada, estará acabado. ¿Me has oído, Zangif?.

- Sí, al suelo. -repitió mecánicamente Zangief.

- Rápido y limpio, una victoria fácil. -el señor Brown pareció no escucharle- Ya me has oído, sin tonterías ni ponerte a hablar o a gritarle al público. Quiero una pelea rápida.

La mano del entrenador temblaba débilmente sobre el hombro de Zangief. El alto guardaespaldas se mantenía erguido junto a la puerta, el rostro serio e inexpresivo. El señor Brown no paraba de moverse de un lado a otro sin dejar de hablar.

- Muchos amigos míos han venido esta noche al Cajón. Son gente muy importante. Les he dicho que es una apuesta segura, que es imposible que pierdas, que eres el mejor. Llevas dos años sin haber sido derrotado en el Cajón. Esta noche no puedes romper la racha, no puedes perder. -el hombre se detuvo un instante y se giró hacia Zangief- No me gustaría tener que enfadarme contigo, Zangif. La verdad es que odiaría tener que enfadarme contigo. -dijo en velada amenaza.

El enorme luchador no reaccionó. Sentado en la camilla, los brazos y las piernas relajados, simplemente miró con ojos vacíos al señor Brown.

- Quiero una roja. -dijo con voz átona y carente de cualquier emoción.

- Vaya, vaya. -el rostro del señor Brown se iluminó con una sonrisa- ¿Quieres una roja, eh?. -el orondo hombrecillo emitió una falsa carcajada- ¿Con que quieres una roja?. -repitió sin dejar de forzar la risa- Me alegro de oír eso. -su carcajada cesó con la misma rapidez con que había empezado- Pues claro que te daremos una roja. Kahn, trae las pastillas. -le dijo al guardaespaldas que custodiaba la puerta- Vamos a darle una roja a nuestro chico. Sí señor, una roja para nuestro campeón.

El guardaespaldas extrajo una pequeña bolsa transparente de uno de los bolsillos de su chaqueta y se la pasó a su jefe. Dentro había un conglomerado de pastillas de todos los tamaños y colores; Amarillas, blancas, rojas, azules, redondas, cuadradas.

- Toma, cógela tú mismo. -dijo el señor Brown abriendo la bolsa ante las narices de Zangief.

El luchador alargó una torpe mano y la introdujo en la bolsa. Removió unos segundos entre la masa de pastillas y extrajo la mano con tres de las rojas en su interior.

- Has cogido tres. -le recriminó el señor Brown, con el mismo tono con que regañaría a un niño que ha cometido una travesura.

- Las necesito, señor Brown. -respondió Zangief.

- Está bien, está bien. -el hombrecillo retrocedió hacia la puerta- Tú sabrás lo que haces, pero recuerda: -su voz se endureció- no se te ocurra fallarme.

Dicho esto se dio la vuelta y desapareció por la puerta, seguido de su guardaespaldas. Zangief ni siquiera les vio, sus ojos absortos en las tres pequeñas píldoras que había en su mano derecha, la cual empezó a temblar levemente de agitación. Sin mayor dilación introdujo una de ellas en su boca. Tragó saliva con dificultad y la pastilla recorrió su reseca garganta.

Apenas pasaron unos segundos y ya empezó a sentir los efectos. El griterío de los espectadores era más potente ahora, más nítido, sus voces desgarradas oyéndose con toda claridad. También había más luz en el vestidor, la pequeña bombilla lo ilumina por completo sin dejar ningún rincón bañado en penumbra, exhibiendo cada detalle de la pared, cada muesca, cada mancha. El cuerpo del luchador despertó, el vello de su nuca se erizó débilmente, su peludo pecho se ensanchó. Sintió con claridad como la mano del entrenador temblaba sobre su piel, las raquíticas falanges presionando nerviosas sobre su hombro.

Cogió las dos pastillas restantes y las arrojó al interior de su boca. Volvió a tragar.

- Ten cuidado. -susurró el entrenador.

Zangief no le escuchó. La sangre recorría sus venas a doscientas pulsaciones por minuto, todos sus músculos se tensaron, impacientes, como caballos salvajes a punto de ser liberados. Sus ojos dilatados miraron sin ver el blanco rostro del entrenador.

- Vamos. -dijo levantándose de la camilla y saliendo del vestuario a través de la pequeña puerta. El entrenador se apresuró a seguirle y corrió tras el enorme luchador a lo largo del estrecho y oscuro corredor, al fondo las luces de los focos y los gritos de los espectadores les esperaban. Zangief avanzó a amplias zancadas mientras desentumecía los músculos de sus brazos. Cientos de pies golpeaban rítmicamente las tarimas de madera. El entrenador alcanzó a su Zangief y cubrió su ancha espalda con una capa de color carmesí. El retumbar de los pies aumentó, las voces se hicieron más potentes. El pasillo concluía en una pesada cortina de plástico negro, Zangief la apartó a un lado y una oleada de denso calor le golpeó como una bofetada.

El Cajón se estremeció de agitación al ver aparecer al luchador. Trescientos espectadores se agolpaban en las rústicas gradas que rodeaban el ring, el cual consistía en un foso cuadrado de cinco por cinco metros de paredes hechas de madera y suelo arenoso y sucio. El pabellón no era más que un viejo almacén remodelado para poder realizar los combates. El techo era alto, invisible en la penumbra que reinaba, y los focos que colgaban de él apenas conseguían iluminar con sus luces dubitativas el foso del centro del edificio. Todo el lugar apestaba a polvo, sudor, orín y humedad. Pero por encima de la peste, de la luz, de los gritos, por encima de todo estaba el calor, el increíble bochorno que convertía el almacén en un horno industrial, haciendo de cualquier movimiento un gesto húmedo. Trescientas personas gritaron, sus bocas resecas y los rostros sudorosos. El aire era irrespirable.

Zangief se internó entre los espectadores, por el estrecho desfiladero que conducía al ring. El público se puso en pie, enfervorizado, sus gargantas afónicas, los ojos bañados en sangre y agitando en sus alzadas manos los boletos de apuestas. El luchador tan sólo veía una masa de cabezas sin rasgos, de máscaras grises, agolpadas en las gradas. Los gritos, las voces, apenas eran un murmullo, lejano y distante, como el silbido del frío viento en la vieja Rusia. Zangief no oía nada más. La sangre latía con fuerza en su sien, sentía cada uno de los latidos de su corazón golpeando en su pecho. Cerró con fuerza las manos, los huesos de sus dedos crujieron. Levantó la vista y vio la entrada al ring. En la abertura le esperaban los matones de seguridad. Un viejo intentó saltar al pasillo desde su asiento, tratando de tocar al gladiador. Uno de los vigilantes agarró el frágil cuerpo del espectador y lo arrojó de vuelta a la grada. Zangief prosiguió su camino hasta la puerta, al llegar a ella los matones se hicieron a un lado para dejarle pasar. Agachó la cabeza y se introdujo por la estrecha entrada.

Los muros del cuadrado foso eran altas, de más de dos metros de altura, los oscuros maderos desgastados y heridos en un centenar de marcas. La arena del suelo estaba humedecida por el agua, el sudor y la sangre, amontonándose en la base de las paredes y dejando el centro del ring desnudo y enseñando la piedra de abajo. Había una decena de personas dentro del foso. Zangief no vio más que sombras, gente que le hablaba, que le aconsejaba, que le gritaba dándole palmadas de ánimo en la espalda. Vagamente, reconoció a uno de ellos. Era el gordo, el señor Brown, su aguda voz apagada y sin sentido. El luchador asintió sin entender ni una sola de las palabras del hombre y balanceó sus poderosos brazos adelante y atrás, haciendo que la sangre corriera aún más rápido. Alguien quitó la capa que cubría su espalda. El ring fue vaciándose. La gente arremetió con un nuevo y violento estallido de gritos, alaridos e insultos. Zangief vislumbró indiferente aquellas formas borrosas, aquellas caras, aquellos hojos que se alineaban en lo alto de las paredes del Cajón. Un hombre con el rostro enrojecido clamaba exigiendo sangre. Un grupo de chicos jóvenes le animaban a aplastar la cabeza del rival. El luchador, instintivamente, alzó el brazo derecho y cerró el puño. Los aficionados respondieron con más gritos. Zangief se volvió y miró enderreror, sus ojos muy abiertos, sus pupilas dilatadas, el pecho expandiéndose con cada una de sus aceleradas respiraciones, la sangre y la adrenalina corriendo como mercurio por sus venas. Una mujer le lanzó un beso desde la distancia, un hombre ondeó un papel de apuestas y gritó pidiendo el comienzo del combate. Zangief se volvió hacia el ring, hacia el rincón opuesto donde aguardaba la única persona que no había abandonado el Cajón.

Era un chico joven, veintipocos años. Su piel era oscura como una estatua de ébano y relucía por el sudor y la luz amarillenta de los focos. Tan sólo iba vestido con un largo calzón rojo con una ancha franja blanca en la pernera derecha. Su cuerpo fibroso marcaba cada uno de los músculos de su estrecho abdomen. Gruesas venas resaltaban en sus fuertes brazos, recorriendo sus marcados bíceps. El cabello del hombre era un matojo de pelos oscuros y enmarañados, recogidos en una infinidad de gruesas trenzas que bailaban con cada uno de sus movimientos. Unos ojos pequeños y enrojecidos eran lo único que resaltaba en su rostro, de fuertes facciones y ancha mandíbula.

La puerta de entrada al Cajón se cerró con un agudo chirrido. La gente se abalanzó sobre los muros. Zangief dio varios pasos al frente, el chico le imitó, caminando grácilmente hasta situarse ante él. El luchador negro era más bajo y menos corpulento que Zangief, pero en sus ojos no había asomo de temor o duda. El chico se pasó una rápida mano por la barbilla y apartó el sudor. Zangief gruñó y su cuello se tensó. Veía al chico frente a él y tan sólo sentía deseos de destrozar esa bonita cara y aplastar su burlona sonrisa.

Un hombre vestido de blanco asomó en el centro de la tribuna. Su mano se alzó y al momento todo el pabellón guardó silencio. La gente se quedó paralizada, en una irreal quietud, sus papeletas aún esgrimidas en alto, esperando con ansía la señal del juez.

- Póximo combate: -anunció, haciendo una pausa para permitir el aullido del público- Dee Jay contra Zangief.

El luchador negro se dio la vuelta y sin dejar de sonreir saludó al acalorado e impaciente público. Luego se volvió y miró desdeñósamente a su rival. Zangief no saludó, emitiendo un gutural y potente rugido se arqueó hacia adelante. Su cuello se tensó, los músculos de sus brazos se hincharon, las venas surgieron por todo su cuerpo.

- ¡Luchad!. -ordenó entonces el hombre de la tarima y, con un simple gesto, hizo descender su mano en un rápido movimiento.

El público atronó de nuevo. Sus gritos resonaron en las viejas paredes de madera mientras los dos luchadores empezaban a moverse en lentos círculos alrededor del centro de la arena. Zangief se deslizaba encorvado, sus puños cerrados y cubriendo su rostro. El chico negro, Dee Jay se balanceaba de un lado a otro, fluyendo alrededor de él, sus brazos realizando extraños dibujos en el aire y sus descalzos pies posándose con suavidad sobre las puntas de los dedos. Zangief le observó desde entre sus puños y le pareció estar viendo a una bailarina. El chico apenas pesaba ochenta kilos, él pasaba de los ciento diez.

Danzaron durante unos segundos, la gente a su alrededor locos de furia, al borde de los muros en peligroso equilibrio, a punto de caer al ring. Los guardias de seguridad aplacaban a los más eufóricos y les obligaban a retroceder.

Los gritos de los espectadores sonaban opacos en los oídos de Zangief, sus ojos fijos en el baile de su rival, en cada uno de sus movimientos. Una multitud difusa ladraba furiosa desde las gradas, una fina polvareda blanca se elevaba del suelo al ser removida la arena, los ojos del joven luchador negro le miraban divertidos, sus trenzas danzando sin cesar alrededor de su cuello. Zangief avanzó un paso, su corazón golpeaba en su pecho como un martillo sobre el yunque. El otro luchador se desplazó a la izquierda, sus manos bailando ante él, como si fuesen las oscuras artes de un prestidigitador.

Zangief ni siquiera vio llegar el primer golpe. El chico realizó una finta hacia la izquierda y, rectificando, giró en sentido opuesto. Su pierna surgió en una rápida patada circular que alcanzó la mandíbula del enorme luchador ruso. Un destello, una explosión dentro de su cerebro. Zangief retrocedió un par de torpes pasos mientras trataba de no perder el equilibrio.

Su rival se lanzó sobre él aprovechando su aturdimiento. Un puño directo a la mandíbula. Zangief encajó el golpe, girándo la cara. Rápidamente levantó la guardia. El segundo puñetazo se estrelló en su antebrazo pero el afroamericano continuó con una patada baja. Zangief sintió como su pierna se doblaba ante el impacto pero aguantó en pie y detuvo tres golpes de puño más. Parando el último de los puñetazos, consiguió sacar un golpe con la mano abierta, que apenas rozó el rostro de su rival pero que hizo que éste tuviera que echarse atrás.

El luchador negro retrocedió realizando varios ágiles saltos para acabar en una espectacular pose final. La muchedumbre rugió de alborozo al verlo. Zangief no oyó nada. El corazón seguía batiendo en su cráneo, apagando todo lo demás. Sus músculos palpitaban, la sangre fluyendo a presión a través de ellos y recorriendo en un segundo todo su cuerpo. Sus profundos ojos sólo podían ver a aquel chico, levantándose y esbozando una despreciativa sonrisa mientras que con un vago gesto de su mano le retaba a acercarse. Zangief resopló como un toro colérico. Sus manos se abrieron y volvieron a cerrarse formando dos bloques de acero. La gente gritaba, los papeles de las apuestas eran agitados en alto, el polvo blanco se mecía en el denso aire siguiendo la débil acometida de una imperceptible brisa. El luchador negro volvió a indicarle que avanzara, que atacara. Zangief lo hizo.

Saltó hacia adelante y embistió buscando atrapar al otro luchador. Sus poderosos brazos se cerraron pero sólo atraparon aire. El contraataque consistió en una terrible patada baja que le alcanzó en el estómago. El aire murió en los pulmones, su boca se quedó abierta, su respiración cortada. El guerrero negro prosiguió golpeándole, esta vez con dos codazos circulares, sus brazos moviéndose como fugaces destellos. Zangief sintió un duro porrazo en su rostro, su pómulo se abrió y la sangre brotó. El codo izquierdo siguió el trabajo, ahora en la boca, y le hizo girar la cabeza en dirección contraria. El joven luchador saltó con un rodillazo, buscando alcanzarle en plena cara, pero Zangief pudo zafarse echándose a un lado y la pierna pasó a escasos centímetros de su cabeza. El chico volvió a retroceder, moviéndose como un felino por el Cajón, su maldita sonrisa burlándose de él. Zangief le observó mientras el chico realizaba otra de sus bonitas poses. El público respondió con un nuevo clamor, al borde del éxtasis. Sin prestar atención a las voces ni a los insultos, Zangief palpó su mandíbula. Sangre en la mano, tenía el labio roto.

El afroamericano seguía desplazándose por la arena como si fuese una serpiente, sus manos abiertas sin cesar de cruzarse delante de su rostro. El público estaba enfervorizado, los aullidos exigían que siguiesen peleando. Zangief sacudió la cabeza a un lado y escupió sangre y saliva.

- ¡Acaba con él, acaba con él!. -gritaba una voz.

- ¡Sigue, sigue!. -pedía otra.

- ¡Aplástale el cráneo!.

Zangief se irguió y por un momento el ring empezó a dar vueltas en su cabeza. Los focos, las luces, las sombras grises que abarrotaban las gradas. Entonces descubrió a su rival, lanzándose sobre él en un nuevo ataque.

Por instinto esquivo a un lado y lanzó ciegamente su puño izquierdo en un amplio gancho. Sus nudillos alcanzaron la mandíbula de su adversario, la cual crujió débilmente ante el impacto. El moreno cuerpo del luchador voló dos metros hacia atrás y cayó pesadamente sobre la tierra. La muchedumbre aulló de placer. El chico se incorporó, el dolor y la sopresa reflejados en sus ojos. Apoyándose en las manos se puso en pie. Zangief aguardó a que se recuperara, una vez lo hizo se dirigió a él, hablando en inglés con su tosco acento:

- Vamos, niña, quiero verte bailar. -dijo, los sangrantes labios abiertos convirtiendo su sonrisa en una mueca.

Dee Jayno respondió. Toda la seguridad había desaparecido, sus ojos parecían confusos, las piernas le temblaban levemente y sus manos ya no se movían tan rápido.

- En realidad odio todo esto. -siguió hablando Zangief mientras avanzaba un par de pasos- No me gusta la violencia, pero el dinero es el dinero.

Su rival dudó un instante. La gente, al borde de los muros, les instaban a gritos a seguir peleando.

- Lo siento por ti, sólo es trabajo. -acabó de decir Zangief y su sonrisa desapareció.

El chico saltó hacia adelante y lanzó una patada giratoria. Zangief la esquivó, echándose atrás. El negro siguió girando y soltó otra pierna, su talón rozó sin alcanzar el mentón de Zangief, quien reaccionó hacia adelante y embistió. Como si de un camión de mercancías se tratase arrolló el delgado cuerpo del otro luchador, agarrándole con sus brazos cerrados alrededor del torso y aplastándole contra una de las paredes del Cajón. Los maderos rechinaron, el joven exhaló sin aire. Zangief usó sus puños en la distancia corta. Sus enormes manos convertidas en bolas de demolición se hundieron en el estómago del chico, una, dos y hasta tres veces. La boca del afroamericano se abrió, sin aire, y un espumajo sangriento brotó de ella. Zangief concluyó la serie con un poderoso directo que estalló en pleno rostro.

La gente rugió de nuevo. Zangief aferró con sus manos las largas trenzas y obligó al hombre a mantenerse en pie. Los ojos del chico vagaban sin rumbo, perdidos en las luces del techo, con las debilitadas rodillas inclinándose sin fuerza a punto de ceder. El gigantesco luchador arremetió contra la pared y usó la cabeza de su rival como ariete. Los travesaños crujieron, el hueso chascó, la multitud aulló. El luchador negro resbaló por la pared, su rostro raspando la madera, y cayendo de rodillas pareció a punto de quedar inconsciente. Zangief lo dejo y se alejó, resoplando con pesadez, respirando aceleradamente, su rostro cubierto de sudor, sus ojos abiertos formando dos esferas blancas, los puños aún cerrados y el cuello rígido y en tensión. Al cabo de unos segundos Dee Jay se levantó de la arena con dificultad, su boca convertida en un surtidor de sangre. El combate ya había acabado, pero él era el único que no lo sabía.

El luchador negro acometió con un último y desesperado ataque. Zangief detuvo el puñetazo con facilidad y asió al chico de la cintura. Flexionando sus poderosas piernas, el gigante tomó impulsó y se lanzó hacia atrás, llevándose al chico con él en una peligrosa proyección. Zangief dobló la espalda y aplastó la nuca del negro contra la arena. El cuello se torció y un horrible crujido cruzó el Cajón. Dee Jay ni siquiera pudo gritar de dolor.

El cuerpo del perdedor quedó tendido sobre la enrojecida arena. Sus definidos músculos se relajaron, las manos perdieron su tensión, el rostro masacrado y lleno de ensangrentadas heridas pareció quedar en paz.

Un alarido colectivo de júbilo. Cientos de papeles volaron por los aires y cayeron en una espectacular lluvia sobre la arena. Aplausos frenéticos, vítores de salvaje alegría, insultos, maldiciones, voces desgastadas y roncas. Zangief se dio la vuelta y alzó la mirada, contemplando las gradas que rodeaban la arena. Una infinidad de rostros le miraban, todos iguales, aclamándole, mientras las papeletas de las apuestas revoloteaban a su alrededor. El gigantesco luchador respiraba pesadamente, su ancho pecho expandiéndose y contrayéndose. Alzó los brazos en señal de victoria y emitió un poderoso alarido. El público le respondió gritando también. Zangief vio las máscaras de grandes ojos rojos, los papeles flotando por todas partes, los focos refulgiendo con luz cegadora, pero él sólo podía sentir el sudor que cubría cada uno de los poros de su piel.

Era el vencedor. Su respiración se mantuvo agitada mientras el ring se llenaba de gente. Palmadas en la espalda, abrazos, agradecimientos, todas aquellas personas parecían muy contentas. El viejo rostro del entrenador apareció fugazmente, una mujer de facciones alargadas le besó en la mejilla y le prometió un paraíso, un hombre trajeado y de pelo grasoso le ofreció montañas de dinero. Zangief asentía, sin decir nada, su frente empapada, el aire escaso y ardiente llenando sus pulmones. La gente siguió aplastándole, hablándole, gritándole. El luchador consiguió abrirse paso hasta la puerta de salida del Cajón. Un chico de fuerte constitución le habló, la boca muy abierta y la expresión teñida de admiración. Zangief lo apartó a un lado y logró salir del cuadrado habitáculo. Varias figuras borrosas le acompañaron por el estrecho corredor que llevaba a los vestuarios. El público coreaba su nombre y alargadas manos se estiraban desde las gradas tratando de rozar su cuerpo. Una mujer chilló histérica, un foco parpadeó, un vigilante retuvo a otro fanático seguidor. Zangief siguió caminando a grandes zancadas, escapando de aquel infierno.

Cerró la puerta de su vestuario. Los voces, los gritos quedaron fuera. Se sentó con pesadez en la frágil camilla. Aún respirando con razpidez y sin dejar de chorrear sudor se quedó contemplando las ensangrentadas vendas que cubrían sus puños. Las manos le temblaban levemente, un escalofrío recorrió su espalda, un chispazo le nubló la visión y un relámpago estalló en su nuca. El efecto de las drogas menguaba, el dolor empezaba a llegar. La puerta se abrió a sus espaldas, la intensidad de las voces aumentó pero murió de nuevo al cerrarse otra vez. Varias personas se acercaron hasta su camilla, una toalla cayó sobre su cabeza, una mano se posó sobre su hombro izquierdo. Zangief dejó de mirarse las manos y vio al señor Brown a su izquierda. El gordo hombre de negocios mostraba una enorme sonrisa que ocupaba toda su redonda cabeza.

- ¡Bravo por mi campeón!. -dijo apretando el hombro del luchador.

- ¡Bravo!. -corearon varias voces indefinidas.

- ¡Esto sí que ha sido una pelea!. -siguió el señor Brown- Ese chico de Hawai era realmente bueno.

- Era jamaicano. -corrigió el guardaespaldas desde la puerta.

- Bueno, sí, lo que sea. -dijo el señor Brown- Parecía muy bueno, al menos al principio, pero poco le ha durado la tontería. Mucho kung-fu y mucha mierda pera al final no le ha servido de nada. -el hombre hablaba muy alto, su voz taladrando los tímpanos de Zangief.

El luchador volvió a temblar víctima de un nuevo chispazo en su cerebro. Una pelota de goma había nacido en su pómulo y crecía y crecía sin parar. Cerró los ojos y presionó con su mano sobre la zona dañada.

El señor Brown continuó hablando- No ha tenido ninguna posibilidad. Al principio aún parecía que podía hacer algo, pero en cuanto conectaste ese puñetazo... -su voz se agudizó de júbilo- ¡Ha sido increíble!, los amigos que habían venido a verte se han ido muy contentos. -el hombre se situó ante él, las manos apoyadas sobre sus hombros. Zangief abrió los ojos y vio los del señor Brown fijos en él- ¡Esto puede llevarnos a algo muy grande, Zangif!. -le dijo pronunciando con lentitud cada palabra, indicándole lo importante que era lo que le estaba diciendo- Te lo digo yo. -siguió con su aguda voz- Lo que podemos conseguir aquí es mucho más de lo que jamás hayas soñado, más de lo que ganarías en Rusia, más de lo que ganarías trabajando mil años allí.

- Sí, algo importante. -respondió el luchador, cansado, sintiendo dolor en cada uno de los músculos, los párpados pesándole toneladas y sin fuerzas ni para hablar.

Las cuatro o cinco personas que había en el vestuario charlaban entre ellas, comentando el combate, gesticulando e imitando cada uno de los golpes. El señor Brown pasó a saludar a un hombre recién llegado vestido con un traje oscuro. Aprovechando la ocasión, Zangief se puso trabajosamente en pie y se dirigió hacia la ducha que había al fondo del vestuario. Era un cuarto de baño pequeño, tan sólo un retrete y una ducha cuadrada. Después de desnudarse se introdujo con sumo cuidado bajo el grifo y lo abrió. El agua fría chocó con fuerza contra su rostro. Zangief cerró los ojos y permaneció inmóvil, dejando que el potente chorro fluyera por su dolorido cuerpo y sin sentir nada más que el agua helada golpeando sobre sus músculos.

Diez minutos después salió del baño, una toalla cubriendo su cintura y dejando al descubierto su mojado torso. En el vestuario sólo restaban el señor Brown, su guardaespaldas y el entrenador. El gordo hombre de negocios fumaba complacido un enorme puro y empantanaba de humo toda la estancia. La sonrisa de satisfacción seguía en su rostro mientras él aspiraba de su cigarro.

- ¡Aquí vuelve nuestro campeón!. -le saludó al ver a Zangief. Éste no respondió y abrió su armario.

- Señor, tenemos que irnos. -dijo Kahn, el guardaespaldas, desde su posición al lado de la puerta.

- ¡Ah, sí, la cena!. -murmuró el señor Brown dándose la vuelta y mirando a su empleado- Claro, claro, tenemos que irnos.

Zangief se vestió con rapidez, poniéndose unos amplios tejanos y una ajustada camiseta negra que resaltaba sus voluminosos brazos.

- Zangif, quiero invitarte. -le dijo el señor Brown. Zangief, atándose los cordones de sus negras zapatillas, miró al hombre del puro.

- Sí, quiero invitarte. -repitió éste- Quiero que vengas a la cena que doy esta noche en mi casa. -antes de permitirle responder siguió hablando- Los amigos de los que te hablé antes vendrán, son gente muy importante, ¿ya te lo he dicho, no?. Sí, muy importantes, gente de negocios. Seguro que te interesa conocerlos, puedes ganar mucho dinero con ellos. -hablaba muy deprisa, su agudo tono, las palabras atropelladas, y sumado al puro de su boca hacían muy difícil entender que decía- Será una cena informal, con mucha bebida y chicas guapas, jóvenes, las he contratado yo mismo. Si quieres una puedes elegir, la que tú quieras. Chicas muy guapas, casi niñas. -la sonrisa del señor Brown permanecía perenne en sus labios.

Zangief se incorporó, sus brazos pesaban como dos barras de cemento armado.

- Podemos ir en mi coche. -dijo el señor Brown tras exhalar una larga bocanada de denso humo- Vendrán a recogerme en unos pocos minutos e iremos directamente a mi casa. Hasta podemos parar a tomar una copa por el camino.

- Gracias. -dijo finalmente Zangief.

- No hay de qué, hombre. -le cortó el gordo- Te lo mereces todo.

- Gracias, pero no. -consiguió completar la frase el luchador.

El señor Brown mantuvo su sonrisa, pero el brillo de sus ojos desapareció.

- ¿Cómo dices?. -pronunció, sin despegar el puro de sus labios.

- Muchas gracias por la invitación, pero no voy a ir a su cena.

- Vaya, chico, tú te lo pierdes. -el hombre se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta- Va a haber muchas chicas, mucha gente importante y con mucho dinero. -desde la puerta se giró para echar un último vistazo- Tú te lo pierdes. -volvió a decirle.

- Gracias de todas formas. -Zangief se obligó a repetir de nuevo.

- Sí, sí, gracias, ya me sé ese rollo. -murmuró el señor Brown olvidándose de él y mirando a su guardaespaldas- Kahn, nos vamos. -le dijo y esperó a que el enorme vigilante le abriera la puerta. Todos se salieron.

Zangief se quedó sólo en el caldeado vestuario, en silencio, ni gritos de aficionados, ni voces agudas, ni un sólo ruido se oía en la habitación, casi como si el Cajón hubiese quedado completamente vacío. El luchador recogió sus pocas cosas, guardándolas en una bolsa de deporte, y dejó también el vestuario saliendo al pasillo. Lo recorrió, llegó a la gran sala de los combates, las gradas desiertas de gente pero repletas de desperdicios, bolsas de plástico, basura, restos de comida y papeletas de apuestas perdedoras. Tampoco había nadie allí. Cruzó hasta el otro extremo y se internó por el amplio pasillo que llevaba a la salida del edificio. En su camino se encontró con un viejo que barría con una escoba la porquería del suelo. Los ojos del hombre no se despegaron del suelo mientras sacudía cansinamente la escoba de un lado a otro. Zangief pasó junto a él y abrió la pesada puerta de madera.

La noche le recibió, el cielo negro y sin estrellas, las luces infinitas de los edificios, de los rascacielos, de las farolas, de los automóviles. También en la calle hacía calor, ninguna ráfaga de viento refrescaba el infierno entre los altos edificios. Zangief empezó a sudar de nuevo, su frente empapándose. Con la bolsa colgada del hombre miró la calle sin saber muy bien que hacer. Un viejo harapiento se arrastraba pegado a la pared del almacén, sus pasos zigzageantes y sus ojos perdidos miraban desde la abundante y sucia barba gris que cubría casi todo su rostro. Poca gente más se veía a las puertas del Cajón, tan sólo algunos hombres que charlaban y se despedían antes de regresar a sus casas. Zangief se quedó mirando a tres chicos, tres punkis que esperaban en la acera, sus enormes motocicletas aparcados junto a ellos. Los chicos comentaban uno de los combates y gesticulaban imitando los golpes. Sus risas y sus carcajadas sonaban muy fuertes, rompiendo el rumor de las demás voces y de los motores que ronroneaban en la lejanía del centro de la ciudad.

- Sois la polla, tíos. -dijo uno de los jóvenes, su pelo azul fosforescente y sus cejas llenas de aros metálicos que las perforaban. Al momento se montó sobre su motocicleta, una preciosidad negra y roja de mil doscientos centímetros cúbicos. El motor rugió al arrancar y el sistema computerizado de navegación parpadeó al activarse. Los otros dos punkis imitaron a su amigo y encendieron sus vehículos.

- Hora de quemar neumáticos. -dijo uno de ellos y, haciendo chirriar la goma sobre el asfalto, salió disparado por la calle. Los otros le siguieron y a toda velocidad se alejaron en dirección a una de las vías rápidas que llevaba a las autopistas. El rumor de sus máquinas persistió varios segundos después de que se hubiesen ido.

Zangief no se movió, los últimos espectadores también se fueron, ninguno de ellos reparó en él, sin reconocerle, o quizás sí pero sin importarles una mierda. Ya no era el campeón, ya no era el asesino, ya no era la bestia salvaje y brutal. Miró las desgastadas zapatillas deportivas que calzaba. No sabía donde ir, pero no podía quedarse allí. Una imagen cruzó su cerebro, una estepa blanca y helada, salpicada de verdes abetos centenarios. Cerró los ojos y casi pudo oler la nieve, sentir el helado viento, su aullido al recorrer las infinitas extensiones de su tierra.

- Eh, amigo. -una voz le llamó a su lado. Zangief miró y vio al viejo vagabundo junto a él, extendiendo una insegura y temblorosa mano. El viejo volvió a hablar:

- Puedes darme algo de dinero. -dijo, pronunciando débilmente las palabras- Necesito pasta, amigo, dame un poco.

Zangief no dijo nada. Miró un instante más los ojos vacíos del vagabundo y se dio la vuelta, emprendiendo el largo camino hacia los bares del centro. La voz del viejo sonó enfadada a su espalda:

- Maldito hijo de puta, sólo quiero un poco de dinero.

Zangief ni siquiera le oyó. Hacía tanto calor.

 

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