This fan fiction is copyright of Super Street Fighter Legacy http://webspace.webring.com/people/ov/vegasf2 and is written by Lobo Lopez. You can not edit or use this fan fiction as your own, sell it or make a profit out of it. All characters are a copyright of Capcom, so der.

 

Cammy: Recuerdos

 

Las alargadas aspas del gran helicóptero de combate giraban emitiendo un poderoso zumbido mientras el vehículo se deslizaba con suavidad por el sofocante cielo nocturno. El aparato sobrevolaba la ciudad navegando por encima de los rascacielos de acero y cristal que resplandecían en la oscuridad con sus infinitas luces. Más abajo, las calles eran un hervidero, un gigantesco hormiguero de faros, de coche amontonados en las calzadas, de farolas amarillentas y de sombras diminutas que recorrían con prisa las aceras. El alboroto, el pitido de los cláxones, el rugido de los motores, las voces y los gritos, era apenas un murmullo constante que cubría como un manto la gran urbe de Nueva York.

El helicóptero se mecía por las débiles corrientes de aire, casi como un pájaro que se dejase llevar entre los altísimos edificios, no más que una sombra negra, pasando totalmente inadvertida en el ajetreo nocturno. Dentro de la cabina del vehículo dos hombres vestidos con uniformes militares pilotaban el aparato, sus rostros serios e inexpresivos y sus ojos cubiertos por grandes cascos de visera translúcida. En la parte de atrás, sentada en la cubierta con la espalda apoyada en la pared posterior, una chica de rubio cabello observaba con aire ausente el espectáculo de luces que era el centro de la ciudad.

Era joven, de no más de veinte años, vestida con unos negros pantalones militares de anchos bolsillos y una ajustada camiseta verde sin mangas que mostraba unos brazos delgados pero fuertes que acababan en unas manos protegidas por guantes de oscuro cuero rojo. Sus ojos azules contemplaban los rascacielos que salpicaban la ciudad sin que ninguna emoción se reflejara en ellos. Su gesto serio no impedía ver unas facciones afiladas y bellas, pero rotas por una alargada cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda desde el pómulo hasta la barbilla. El largo pelo rubio y brillante caía en dos cuidadas trenzas que llegaban hasta más allá de su estrecha cintura.

La mujer se puso en pie y con una olvidada mano apoyada en la pared del helicóptero siguió mirando el exterior.

- Cammy, estamos llegando. -dijo uno de los pilotos girando levemente la cabeza hacia atrás- Tres minutos para llegar a la Z.A.

La voz del hombre pareció sacar de su letargo a la mujer, como un hipnotizado al oír el mandato del encantador. Volviéndose hacia el frente del helicóptero miró al piloto que le había hablado.

- Faltan tres minutos. -repitió éste y enseñó su mano derecha con tres dedos alzados.

Cammy asintió con un ligero gesto de cabeza y se acercó a una gran bolsa negra que yacía en el suelo del compartimento. Arrodillándose junto a ella, abrió la cremallera sin que su equilibrio pareciese ser afectado por el constante balanceo del helicóptero. Del interior de la bolsa extrajo una funda de pistola y la ajustó alrededor de su cintura, luego cogió una pistola, una Beretta m92, y comprobó con manos expertas que el disparador y la recámara estuviesen en perfecto estado. Una vez terminó el rápido examen, agarró un cargador de la bolsa y lo acopló a la pistola con un golpe seco. Guardó la pistola en la funda de su cadera y volvió a mirar dentro de la bolsa.

- Recuerda, Cammy. -le dijo el copiloto dándose otra vez la vuelta para mirarla- Tan sólo tendrás quince minutos para realizar la misión. Te dejaremos en el terrado, luego nos alejaremos y volveremos cuando se cumpla el tiempo. Entretanto no podremos establecer ningún tipo de comunicación, ni por radio ni nada. Cuando volvamos te recogeremos. -el hombre hizo una breve pausa- Si no estás nos iremos sin ti. ¿Entendido?. -preguntó, inquieto.

Cammy no respondió, cogió un gran puñal de filo dentado y lo mesuró en su mano, como si comprobase su peso o su estabilidad.

A pesar de no obtener respuesta el copiloto siguió hablando:

- Te dejaremos en la azotea del edificio. Ya sabes cuales son los parámetros de la misión, los recuerdas, ¿verdad?.

La chica asintió otra vez con la cabeza a la vez que guardaba el cuchillo en la funda que había sobre su bota derecha. Recordaba perfectamente todo lo que el coronel le había explicado aquella tarde, en el cuartel del MI6 del sur de Manhattan. Aún podía ver al viejo hombre, con su barba blanca recortada con mimo y la impoluta chaqueta verde repleta de condecoraciones.

- Los archivos que tienen esos traficantes son muy peligrosos. -le dijo en la sala de reuniones, mientras observaban junto a otros militares un detallado plano del rascacielos- No podemos permitir que esos documentos sean vendidos a una potencia extranjera, deben ser destruidos. -el veterano militar señaló con la varilla que portaba en la mano una de las habitaciones- Para llegar al archivo deberás bajar cinco pisos, hasta la planta setenta y ocho. -la punta de la vara se balanceó por encima de todo el mapa- habrá vigilantes, armados, muy peligrosos. Además cuenta con que tendrán algún tipo de sistema de seguridad, cámaras es lo más probable. Sea como sea debes llegar hasta esta habitación -volvió a señalarla- y hacerla volar por los aires. -el coronel dejó el mapa y pasó a mirarla directamente a los ojos- Eres la mejor, Cammy, si hay alguien que puede llevar a cabo esta misión eres tú.

Cammy siguió examinando la bolsa, cogió tres cargadores de repuesto y los guardó en uno de los bolsillos de su pantalón.

- Un minuto para llegar a la Z.A. -anunció el piloto mientras hacía describir un ligero viraje al helicóptero.

Cammy cogió de la bolsa las últimas cosas que necesitaba: un par de minigranadas y tres compactos bloques de explosivo plástico C4. Entonces se acercó a la puerta lateral del helicóptero y la abrió corriéndola hacia un lado. Al instante el viento entró huracanado por la abertura, emitiendo un potente bramido y haciendo revolotear las dos largas trenzas de la muchacha. Agarrándose de la barra del techo Cammy se asió a uno de los descendedores que había a lo largo del marco de la portezuela. Era una hebilla circular metálica, muy ligera y del que nacía un resistente cable de metal. El rascacielos se acercaba con rapidez, las infinitas ventanas que formaban su superficie eran cada vez más nítidas, el terrado hecho de hormigón aparecía con la pista de un helipuerto dibujado en su centro.

Sí, recordaba todo lo que tenía que hacer. Cammy sacudió la cabeza pero no pudo expulsar el recurrente pensamiento. Recordaba el complejo mapa del edifico a pesar de haberle echado apenas un vistazo, recordaba la mejor vía para llegar hasta el archivo, recordaba todas la tácticas que necesitaría para infiltrarse hasta allí, recordaba cómo colocar los explosivos y los detonadores, recordaba como utilizar su pistola, recordaba como golpear a un hombre y dejarlo fuera de combate, recordaba los quince puntos vitales que dejaban a un rival incapacitado, recordaba como transformar un ataque en una dolorosa luxación, recordaba cada explicación, cada movimiento, cada comentario, cada detalle de su larga instrucción en un borroso lugar que no podía situar. Todo lo aprendido durante su entrenamiento era claro en su memoria, el resto tan sólo era un gran y oscuro vacío.

La primera imagen que recuerdaba era unos pequeños ojos de un doctor con el rostro cubierto por una mascarilla e inclinado sobre ella sosteniendo en la mano algo parecido a un destornillador. Eso había sucedido hacía dos años, despertó en aquella habitación, llena de doctores y enfermeras y aquel horrible olor a desinfectante. Le dijeron que había sufrido un accidente y que habían tenido que operarla para salvarle la vida. Le preguntaron si recordaba el accidente, si se acordaba de su familia, le preguntaron cien mil cosas. Ella sólo podía negar con la cabeza.

Como efecto del accidente y de las operaciones, su cerebro había borrado por completo cualquier recuerdo o memoria de su antigua vida. No podía recordar nada, ni a su familia, ni a sus amigos, ni su infancia, ni sus gustos o sus preferencias. Todo había desaparecido dejando un enorme espacio negro y frío, tanto que muchas veces Cammy se quedaba paralizada de terror cuando su subconsciente caía en uno de esos vacíos de memoria. No tenía ni un sólo recuerdo, pero sin embargo todo el entrenamiento recibido seguía tan fresco como si lo hubiese estudiado hacía un par de días y no varios años. Alguien la había entrenado durante años por alguna razón que nadie del MI6 había sabido explicarle. "Eres la mejor" resonaron las palabras del coronel.

- ¡Ahí vamos!. -exclamó el copiloto y volvió a dar un vistazo a la mujer que había tras él- ¿Estás preparada para el salto?. -le preguntó.

- Sí. -respondió escuetamente Cammy y entonces dio un brusco tirón del asa que agarraba con su mano derecha. El cable metálico surgió de la pared, unido a la agarradera, y Cammy se arrimó al borde de la compuerta del helicóptero. El viento le golpeó en la cara con una rápida y caliente ráfaga, las hélices sonaron como un trueno sobre su cabeza, las luces del edificio pasaron bajo sus pies muchos metros más abajo. El copiloto dijo algo, Cammy no lo oyó, tan sólo oía el ruido del rotor. Sacudió la cabeza, apartó cualquier pensamiento y saltó.

El cable se fue alargando, saliendo de la bobina con un agudo silbido a medida que Cammy se precipitaba en caída libre, estirando su delgado cuerpo por completo y agarrando con fuerza el asidero que conectaba con el cable. La dura superficie de hormigón se acercó a gran velocidad, el viento arremetió contra su rostro, el sonido del helicóptero fue apagado por el estruendo del aire. Al llegar a diez metros de su objetivo, la chica pulsó un botón que había en el asidero. El cable se frenó paulatinamente y la depositó con suavidad en el centro mismo del helipuerto de la azotea. Nada más sus botas se posaron sobre el pavimento, Cammy soltó el cable, que retornó con rapidez hacia el helicóptero que esperaba arriba, y corrió a refugiarse junto a la caseta que había unos metros a su izquierda. Evitando los potentes focos que iluminaban el tejado, la chica se guareció pegando la espalda a la pared del pequeño despacho de control. Desde allí levantó la vista para ver como el helicóptero giraba y se alejaba con rapidez, haciéndose más pequeño y fundiéndose con la oscuridad de la noche hasta desaparecer.

Miró el pequeño reloj digital de su muñeca, encendió el cronómetro y se puso en camino hacia otra caseta que había unos metros más allá. Una puerta de metal se abría a unas estrechas escaleras diáfanamente iluminadas por largos fluorescentes que bañaban los metálicos escalones en un fulgor azulado.

Cammy cerró la puerta tras de ella y se quedó quieta, mirando hacia abajo y escuchando. El silencio era total, nada ni nadie se movía, como si el vasto edificio estuviese abandonado y ella fuese el único ser vivo en él. Empezó a descender por los escalones y llegó al piso de abajo. Una puerta cerrada, un número marcando el piso sobre ella, 83, y las escaleras que continuaban hacia abajo. Un rápido vistazo le permitió descubrir una diminuta e inmóvil videocámara de vigilancia que pendía como una araña en un rincón del techo. El objetivo enfocaba hacia el tramo de escaleras que seguía hacia el piso inferior, de modo que no había forma de continuar por ellas sin ser vista. Tras un instante de dudar se acercó a la puerta y empezó a abrirla con sumo cuidado.

Un pasillo de grises paredes desnudas sumido en la penumbra. La muchacha pasó por el marco de la puerta y emprendió a rápido paso el camino a lo largo del corredor. Al llegar a un recodo se cubrió contra la esquina y se asomó para poder ver que había más allá del giro. Otro pasillo, también vacío, con varias puertas cerradas a cada lado. Visualizando el mapa que el coronel le había enseñado, recordó que la puerta en la que moría el pasillo llevaba hasta el vestíbulo y los ascensores. Cruzó a la carrera el pasillo hasta la puerta y se detuvo a su lado. Escuchó y al no descubrir nada se dispuso a abrir la puerta.

Apenas la había desplazado un par de centímetros cuando, a través de la estrecha abertura, vio a dos hombres que hablaban en voz baja junto a los tres ascensores de la pared. Los dos vigilantes iban vestidos con negros uniformes y armados con subfusiles automáticos que colgaban de sus hombros. Uno dijo algo, entre risas, el otro asintió con gesto cansado y miró hacia otro lado. Cammy cerró la puerta antes de que los ojos del hombre la descubrieran y apartándose de la pared se dirigió a una de las puertas laterales. Un zumbido mecánico y monótono sonaba desde el otro lado. Cammy abrió la puerta y se encontró con un oscuro cuarto donde estaban los motores de los ascensores del vestíbulo, grandes ingenios de hierro ennegrecido que temblaban levemente y emitían un rugido constante. La chica no perdió ni un segundo examinando los motores y cruzó el cuartucho hasta la pared del fondo. En la penumbra busco hasta dar con un panel metálico que había en la parte alta. Subiéndose sobre uno de los motores, introdujo sus dedos en la rejilla de la plancha y tiró de ella hacia afuera hasta hacerla salir. Al caer la tapa un estrecho conducto que se internaba en la oscuridad apareció ante ella.

Cammy echó un último vistazo a la habitación de sus espaldas y se alzó a pulso para entrar por el conducto. El paso era tan estrecho que incluso ella tuvo problemas para arrastrándose por él. Afanosamente utilizó los codos para deslizarse y, cuando apenas había recorrido unos pocos metros, el tubo terminaba en una infinita caída. Era el hueco de los ascensores, un amplio espacio de paredes de metal sin apenas fisuras que se perdía en la negrura de abajo. Cammy observó desde el borde el abismo que nacía ante ella. Pero, sin parecer impresionada, siguió arrastrándose hacia adelante. Se dejó caer por el hueco y con gran agilidad se quedó colgada del borde del conducto tan sólo gracias a sus fuertes dedos. Una vez aseguró su posición, movió un pie que tanteó ciegamente hasta dar con una fina juntura. Entonces desplazó una mano y se agarró a otro borde que había unos centímetros más abajo. Su otro pie descubrió un nuevo saliente y se apoyó en él. La punta metálica de su bota produjo un débil tintineo al chocar con las planchas metálicas que formaban la pared y el eco se repitió perdiéndose en el abismo. Poco a poco fue descendiendo por el hueco, trepando con la habilidad de una araña y encontrando una vía para bajar por donde parecía una proeza imposible. Sus manos se asían con firmeza a los bordes, las puntas de sus pies se apoyaban en invisibles ranuras y le permitían seguir descendiendo. De esta forma alcanzó el piso inferior, pero no se detuvo y continuó trepando, pasando piso a piso hasta llegar al número 78.

Una vez alcanzó la puerta de este piso, aguantándose con una sola mano, la chica se estiró tratando de alcanzar el estrecho conducto de ventilación que se abría en la pared. Sus enguantados dedos rozaron la abertura del túnel pero no lograron aferrarse a él. La juntura donde estaba apoyada su bota derecha era muy fina y Cammy sintió como la suela de su punta empezaba a resbalar por la lisa superficie. Haciendo un último esfuerzo alargó su brazo un poco más. Otra vez sus yemas tocaron la entrada del conducto.

Entonces su pierna derecha resbaló por completo. Sin apoyo, la chica se impulsó bruscamente con su otra pierna y evitó la caída agarrándose del borde con su mano izquierda. Su cuerpo chocó contra las paredes metálicas, pero su mano se mantuvo firme y no se soltó, quedando suspendida únicamente de ella. Una vez pasado el peligro, alargó la otra mano y se izó a pulso para introducirse por el nuevo túnel.

El conducto era negro y estrecho. Reptando por él recorrió una decena de metros hasta llegar a una rejilla por la cual se filtraba la luz de un fluorescente. Cammy llegó junto al panel y vio a través de él otro pasillo de grises paredes, tan sólo adornado por unos pocos cuadros de apagados colores. Parecía que no había nadie en el corredor, pero justo antes de que fuese a apartar la rejilla, algo se movió justo al pie del lugar donde se encontraba.

Era otro vigilante, también vestido de negro y armado con un subfusil. El hombre fumaba tranquilamente un cigarrillo apoyado contra la pared. Cammy podía ver su cabeza, a apenas un metro bajo ella, y tras cerciorarse de que el guardia no había oído nada, continuó avanzando por el oscuro tubo sin producir el menor ruido.

Al llegar a otro pasillo, encontró la oportunidad de salir del conducto. Apartando con cuidado la rejilla se descolgó por la abertura para caer silenciosa como una pluma sobre el suelo de baldosas de oscuro mármol. Miró a un lado y otro, pero no había ningún guardia. Sin perder ni un segundo caminó junto a la pared, alerta a cualquier sonido, en dirección hacia una de las puertas que se veían al fondo del pasillo. No se oía nada, ni una voz, ni un ruido. Cammy pasó junto a varias puertas cerradas y se asomó al recodo. Otro pasillo vacío y, al final, una puerta doble de planchas negras. Según el plano del coronel, aquel era el archivo.

Sin ningún contratiempo llegó ante la puerta. La chica se apresuró a abrirla y entró en una oscura sala. Tardó unos segundos en adaptarse a la oscuridad y entonces pudo ver que la estancia estaba repleta de altos estantes abarrotados de dossiers y carpetas. Moviéndose ágilmente entre las estanterías se acercó al centro del archivo y se agachó junto a uno de los estantes. Sacó uno de los pequeños explosivos plásticos y lo colocó con rapidez bajo la repisa, adhiriéndolo a su superficie. Se dio prisa en colocar otro explosivo en el rincón de la sala, junto a otra atestada estantería repleta de documentos. Fue entonces cuando descubrió una delgada carpeta de cubiertas marrones. Ningún título o nombre indicaba de que se trataba, pero en la esquina superior derecha había una pequeña anotación escrita con tinta azul. "X199418-Cammy" podía leerse en desgastadas letras.

La chica se quedó paralizada, los ojos absortos en la carpeta, el explosivo olvidado en su otra mano. Tardó un instante en reaccionar y abrir el dossier. Lo primero que vio fue una fotografía, una adolescente de rubia y larga melena, mirando con ojos vacíos al objetivo de la cámara. Iba vestida con un ajustado mono azul celeste y una gorra del mismo color. Su rostro no emanaba la menor emoción, el gesto tenso, los ojos sin vida, los labios cerrados con fuerza.

Cammy se reconoció a si misma y su corazón dio un vuelco dentro de su pecho. Era ella, hacía algunos años, cuando apenas tendría dieciséis años. En la penumbra miró aquellos ojos y no se reconoció. Aquellos rasgos eran los suyos pero a la vez no lo eran. Ese gesto mecánico, esos ojos fríos como el hielo. Era ella, pero a la vez era una persona totalmente diferente.

Haciendo un esfuerzo dejó de mirar la fotografía y leyó con rapidez el informe mecanografiado que había bajo ella. El primer párrafo era indescifrable, enumerando una serie de factores y su correspondiente magnitud. Bajo él había escrita una pequeña descripción física del sujeto, Cammy pasó por encima y llegó a las últimas líneas.

El sujeto ha realizado con éxito numerosas misiones de destrucción. Su utilización es especialmente indicada en situaciones de infiltración y asesinato. Siguiendo órdenes expresas de M.Bison, no se debe enviar al sujeto a ninguna misión en territorio Anglosajón.

Cammy se dispuso a pasar la página cuando un leve murmullo atrajo su atención. Se quedó con el dossier en la mano y miró hacia la puerta cerrada. Eran voces y provenían del pasillo, acercándose. Tras un instante de duda, dejó la carpeta en la estantería y recogió el paquete de explosivo. Las voces cada vez se oían más cerca. Cammy reconoció a un hombre hablando con tono duro, y por las sonoras pisadas que le acompañaban supo que al menos había otros cuatro más.

La mujer colocó el último de los paquetes de C4 en otro rincón, sin apenas tiempo de asegurar el detonador y se dispuso a salir de la habitación. Sin embargo ya era demasiado tarde. La puerta se abrió y un haz de luz amarilla se desparramó por la habitación.

- Te digo que hemos de encontrar esos papeles. -dijo un enfadado hombre, su sombra recortándose en la claridad del marco de la puerta- Si no lo hacemos ya podemos irnos despidiendo.

Cammy se había refugiado junto al estante que tenía más cercano, ocultándose de los recién llegados, pero en cuanto dieran las luces sería imposible que los vigilantes no la descubriesen.

- Tiene que estar por la sección de recibos. -siguió el hombre mientras tanteaba con la mano en la pared de su derecha. Las cuatro sombrías figuras que le acompañaban esperaban fuera a que la luz fuese dada.

Cammy no perdió un segundo y se movió furtivamente hacia la puerta, manteniéndose pegada a la estantería.

- ¿Dónde mierdas está el interruptor?. -preguntó el hombre, justo en el momento en que su mano lo encontró- ¡Ah, aquí!. -dijo y los fluorescentes del techo parpadearon varias veces antes de encenderse.

Luz. La estancia se iluminó claramente, los estantes abarrotados de carpetas de oscuros colores, las paredes pintadas completamente de blanco. El hombre que había abierto la puerta se giró hacia sus acompañantes y su boca se abrió para decirles algo. Cammy se desplazó un par de pasos hacia la puerta, escapando del ángulo de visión de los vigilantes.

Oscuridad. Todo desapareció apagado por un infranqueable manto de negrura. El hombre habló, sus enojadas palabras amenazando a los otros. Una sombra silenciosa como un susurro llegó al costado de la puerta.

Luz. Uno de los vigilantes asintió servilmente con la cabeza. El hombre de la puerta pareció satisfecho y se dispuso a entrar en la habitación. Cammy se arrodilló a apenas unos centímetros de él y su mano desenfundó el cuchillo que llevaba en la bota.

Oscuridad.

- Cuanto antes empecemos... -dijo el hombre, dando un par de ciegos pasos en el interior de la estancia. Su voz se quebró cuando un sopló de aire pasó junto a él. Se oyó un débil silbido y al instante un mudo gorgoteo.

Luz. Los fluorescentes dejaron de parpadear y su luz inundó el archivo.

El hombre que había entrado primero miraba con ojos desorbitados un lugar muy lejano. Sus manos se aferraban a su sangrante garganta con la boca abierta en un silencioso alarido. Un profundo corte cruzaba su cuello y la sangre brotaba de él a borbotones sin que sus rígidos dedos pudiesen evitar que manara. Cammy, con el manchado puñal en la mano derecha, vio como el hombre se desplomaba pesadamente sobre las rodillas.

- ¡¿Qué demonios?. -dijo uno de los atónitos guardias mientras trataba de alcanzar el fusil que pendía de su hombro.

Cammy se movió veloz como un destello. Lanzándose hacia la puerta, atravesó por el centro el grupo de sorprendidos vigilantes. Su mano describió un rápido arco y uno de los hombres gritó de dolor, mientras su herida mano dejaba caer el arma. El más rápido de los guardias consiguió alzar su fusil y su dedo se tensó sobre el gatillo mientras el cañón buscaba a la menuda y veloz intrusa. Cammy se volvió sobre si misma y lanzó su puñal a la vez que su pierna se alzaba en una amplia patada circular. El cuchillo voló y se hundió hasta la empuñadura en el pecho del hombre, cuyo dedo se quedó rígido sobre el gatillo sin llegar a pulsarlo. Entretanto, el talón de la chica impactó con dureza en la sien de otro de los vigilantes, cuyos ojos se cruzaron en el techo antes de que el hombre se derrumbase en el suelo. El asesino del corte en la mano blasfemó de dolor, postrado de rodillas. Cammy acabó el movimiento con otra patada. La puntera metálica de su bota golpeó de pleno la barbilla del caído. Su boca explotó y la sangre y los dientes rotos volaron.

La chica se giró para enfrentarse a los dos guardias que quedaban en pie. Uno de ellos encontró el valor para atacar con un puñetazo. El hombre se lanzó hacia adelante poniendo todo su peso en el golpe y confiando en alcanzar a la escurridiza mujer. Cammy se apartó a un lado, dejando pasar al hombre de largo en su embestida, y lanzó un terrible puño giratorio al otro vigilante. El golpe envió al hombre varios metros atrás, haciéndole trastabillar y caer dentro del ahora iluminado archivo. El otro vigilante se recuperó de su propia inercia y trato de alcanzar a la chica con una tosca patada frontal. Cammy fue más rápida y levantando una pierna detuvo el ataque apoyándose sobre la rodilla de su enemigo, rápidamente continuó realizando una patada lateral con su otra pierna que le aplastó el rostro. La nariz se abrió en un sangrante caudal y su corpachón cayó de espaldas dejando un arco de savia carmesí en el aire.

Los cinco hombres habían caído, todos inconscientes o muertos a excepción del afortunado que había sido arrojado dentro de la habitación. Cammy apenas les prestó atención y nada más acabar su último golpe emprendió una rápida carrera hacia el vestíbulo y los ascensores. A su espalda, dentro del archivo, el último vigilante se ponía dolorosamente en pie y buscaba el subfusil que había junto a él en el suelo. Cammy siguió corriendo y metió una mano en uno de los bolsillos de su pantalón. El guardia elevó con manos temblorosas su arma y apuntó con ella a la mujer. La mano de Cammy se cerró sobre el diminuto detonador. El hombre se dispuso a disparar, su rostro enrojecido por el sudor y la tensión. Cammy apretó el botón.

Un estruendo. Las paredes temblaron ante el estallido mientras una llamarada de fuego surgía por la puerta del archivo y se propagaba rápidamente por el pasillo como una enloquecida ola infernal. Las paredes temblaron y se agrietaron, las luces reventaron en una lluvia de ínfimos cristales, las llamas se apoderaron de los archivadores, de los papeles, de los cuerpos, y empezaron a consumirlos en su voraz furia. El rugido de la detonación se extendió por el pasillo para morir en un lejano eco.

La mujer no se detuvo. Siguió corriendo y lanzó el detonador al suelo mientras con la otra mano extraía su pistola de la funda de la cadera. Cogiendo con ambas manos la fría empuñadura del arma llegó al recodo del pasillo y se apoyó de espaldas contra la pared.

Un cúmulo de ruidos, voces y gritos sonaba en el edificio. Pasos apresurados, órdenes, el chasquido de las armas al ser cargadas. Cammy aguardó un instante, oyendo como las rápidas pisadas se acercaban hacia donde ella se encontraba.

El primero de los acelerados vigilantes apareció por la esquina, un hombre vestido con el uniforme negro y con una pistola en la mano. Cammy le recibió levantando el brazo y estirándolo. El hombre se estrelló contra su antebrazo y su carrera fue cortada en una espectacular vuelo y una dolorosa caída. La chica surgió de su escondite y se encontró con otros dos hombres armados. Adelantándose a su reacción, disparó su arma sobre el de la izquierda. El pecho del guardia explotó en tres sangrientas erupciones y cayó de espaldas. El otro apuntó con su pistola a la mujer, pero antes de que pudiera disparar, ésta desvió el arma de un rápido golpe de mano a la vez que situaba su propia pistola en la frente del hombre. Los ojos del asesino miraron suplicantes durante un segundo, su boca se abrió como para pedir clemencia. Cammy no dudo ni un instante en apretar el gatillo.

El camino hasta los ascensores estaba despejado. Las grandes puertas doradas permanecían cerradas, pero los indicadores luminosos que había sobre ellas señalaban que los elevadores estaban en movimiento. La chica recogió la pistola de la rígida mano del cadáver y reemprendió la carrera con una arma en cada mano. Sin dejar de mirar a su alrededor llegó a los ascensores y pulsó los botones mientras observaba impacientemente los cambiantes números digitales de las pantallas. No podía quedarse allí y dudó en coger el camino de las escaleras. Entonces vio que el ascensor central se encontraba llegando a la planta y decidió esperar.

Más pisadas acercándose rápidamente desde los pasillos. Cammy observó a su alrededor pero nadie apareció. Una voz ladró una orden. El ascensor emitió un pitido señalando su llegada.

Entonces dos nuevos guardias aparecieron por uno de los pasillos, a apenas unos metros de los ascensores. Cammy se volvió hacia ellos mientras a su espalda la gran puerta dorada empezaba a deslizarse. Uno de los hombres disparó su arma automática. Cammy saltó a un lado y respondió con sus pistolas. Las baldosas junto a la chica se deshicieron en virutas por el efecto de los proyectiles, el brazo del que había disparado se abrió por dos impactos de bala, la puerta del ascensor se abrió por completo.

Cammy se giró hacia el interior de la cabina y vio sorprendida a otros diez también sorprendidos guardias de negro. Uno de ellos, el más próximo, se había quedado congelado en su intención de salir del ascensor. El vigilante que restaba en el pasillo apuntó y el repiqueteo de su fusil resonó en el pasillo. Cammy se echó hacia atrás y disparó repetidamente sus dos pistolas sobre el primero de los guardias. Las armas temblaron en sus manos. El hombre se estremeció mientras su pecho se abría y, dando varias vueltas sobre si mismo, caía encima de los compañeros que tenía tras él.

La chica saltó hacia atrás, justo a tiempo de evitar una nueva ráfaga, y soltando las pistolas en pleno vuelo sacó algo de su pantalón. Su mano se cerró alrededor de una minigranada de fragmentación. Uno de los guardias se quitó el sangrante cadáver de encima, otro levantó su pistola, otro trató de abrirse paso fuera del ascensor. Cammy accionó el detonador y arrojó la granada dentro de la cabina. Los ojos asustados de nueve hombres se quedaron mirando con terror el minúsculo cilindro mientras éste rebotaba hasta caer a sus pies. Entonces estalló.

La explosión convirtió el ascensor en un infierno, las puertas saltaron de cuajo, los cuerpos despedazados volaron prendidos en fuego. Cammy tuvo que arrojarse al suelo para evitar la furiosa llamarada que barrió el pasillo arrasando el techo. El estruendo de la explosión duró un intenso y fugaz segundo.

Cammy se levantó con rapidez del suelo, el único guardia que permanecía con vida, el que había aparecido por el pasillo, había bajado su arma, sus ojos absortos en la masacre que se había desarrollado ante él. Cammy no podía alcanzar sus pistolas, de modo que se lanzó a por el aturdido asesino. La distancia que le separaba de él era de apenas cinco metros, pero el hombre reaccionó y asió su arma dispuesto a defenderse. Cammy fue más rápida y, justo cuando el hombre volvía a accionar su disparador, saltó sobre él. El arma sólo alcanzó al suelo y destrozó más baldosas. La chica voló y agarró al hombre de las solapas de su chaqueta para, completando su salto, arrastrarlo con ella hasta el suelo. La espalda del guardia se doblo como un frágil árbol, la columna reventó en un horrible chasquido, el cuerpo quedó postrado en una postura imposible, como un muñeco roto, las piernas dobladas bajo el tronco, la mirada vidriosa fija en el techo, la boca abierta y reseca.

El pasillo quedó en silencio, tan sólo el crepitar de los cadáveres calcinados del ascensor resonaba débilmente en él. Cammy se puso en pie y miró enderredor. No había más guardias ni se oían más voces o pisadas apresuradas. Otro ascensor se detuvo en la planta en ese momento. El pitido sonó y al instante las puertas se abrieron. Cammy se preparó para una nueva hornada de enemigos, pero al mirar el interior vio que el ascensor estaba vacío. Sin perder más tiempo pasó adentro y apretó el botón del piso más alto. Las puertas se cerraron con un susurro y el ascensor se elevó suavemente. La chica miró de nuevo su reloj, quedaban menos de dos minutos para que el helicóptero pasase a buscarla.

M.Bison, sujeto, asesina, misiones de destrucción, Shadowloo, las palabras flotaban en la confusa cabeza de la agente especial. Los recuerdos, las imágenes borrosas, empezaron a estallar en su cerebro como dolorosos fogonazos. El ascensor empezó a dar vueltas, la luz del fluorescente se hizo más clara. Las imágenes arremolinaban ante sus aturdidos ojos. Un hombre muy alto, sus ojos relucientes de ambición, un laboratorio, los cuerpos de unas mujeres tumbados en camillas, todos iguales, idénticos, un luchador tailandés, enorme y cruel, un combate a muerte, otros luchadores, un político gordo, su cuello rompiéndose con facilidad.

El pitido del ascensor sonó al alcanzar la última planta. Cammy vio como la puerta se abría deslizándose y tardó un instante en salir del ascensor. Emprendiendo la subida de los escalones que llevaban al terrado mientras más abajo en las escaleras se oía el confuso tumulto de las voces de los soldados y de sus carreras buscando a la intrusa.

Cammy salió al terrado. La noche seguía sofocante, las estrellas apagadas en el cielo, reemplazadas por las luces de los rascacielos. Una suave brisa cruzó el tejado del alto edificio mientras Cammy avanzaba con cuidado al centro de éste. La chica miró su reloj y al instante alzó la vista hacia el negro horizonte. No vio ni oyó ninguna señal del helicóptero que tenía que recogerla. Volvió a mirar su reloj, tan sólo quedaba un minuto para la hora acordada. La chica esperó.

Las voces y los pasos se aproximaban cada vez más. Pasaron unos segundos y entonces un parpadeante destello rojo surgió en la noche. Un hombre gritaba enfadado. La luz se fue acercando. El sonido de las pisadas continuó su desesperado ascenso por los escalones. El helicóptero se hizo visible al fin, saliendo de la oscuridad. Los vigilantes corrían a toda prisa escaleras arriba. Cammy hizo una señal al helicóptero con la mano y supo que nunca llegarían a tiempo para atraparla.

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