Dónde se encuentra Guatemala.

El Padre Francisco Harren, durante su homilía.

El Padre Francisco Harren.

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EN EL ‘DÍA DE LOS MÁRTIRES’ 1

Increíble, pero sí es cierto: Guatemala es un país, del cual podemos gloriarnos. De veras se justifica nuestro orgullo. Guatemala conserva un gran tesoro, una gran herencia, una gran inspiración. ¡Guatemala cuenta con mártires! La historia relativamente reciente no deja ninguna duda al respecto, más bien lo confirma.

Entre los muchos ejemplos de gente martirizada permítanme mencionar un caso. Aconteció en Santa Lucía Cotzumalguapa. Hace veinte años, a corta distancia de la iglesia parroquial, brutalmente fué asesinado el padre Walter Voordeckers a la edad de apenas cuarenta años.

Hace veinte años... Para la mayoría un lapso de tiempo muy largo, ¡ni más ni menos que la quinta parte de todo un siglo! Para mí, la mañana de ese lunes 12 de mayo de 1980 es como si fuera ayer. ¿Cómo podría olvidar el acontecimiento que sucedió ese día y que significó el impacto más grande en mi vida? En la calle, corriendo, Walter luchó por su vida... desgraciadamente en vano. Mientras, yo estaba tranquilo en mi cuarto en la casa parroquial. Pero les aseguro que, hasta ahora, todavía oigo sonar en mis oídos los disparos, que en plena luz del día dejaron caer a mi compañero mortalmente herido. Con piernas temblorosas y adormecidas de miedo, logré llegar al lugar del siniestro, donde lo ví a él desangrándose, cuadro que nunca se me pierde de vista.

El siguiente día, por la tarde, el entierro fué una enorme demostración de solidaridad de miles de gentes. Desde los rincones más lejanos de la parroquia y de toda la república habían llegado para estar presentes.

Sin embargo, pasado cierto tiempo, al volver el silencio después de la tormenta, a mí aun más me entró el miedo... Me sentía como en aquel entonces Pedro, a quien una muchacha lo miró y le dijo: "Tú también andabas con él" (Mc 14:67). En ese momento Pedro hubiera preferido estar lejos de allí. Eso pasó, cuando Jesús se encontraba en las horas más difíciles de su vida. Más que nunca hubiera agradecido el acompañamiento de Pedro... Pues..., con todo, en circunstancias parecidas, a mí también me sobrevino la tentación de huirme, de salir de esas penas para ir a encontrar comodidad y tranquilidad.

Las hermanas religiosas, Sabina y Paula - mujeres que tenían la valentía que a mí me faltaba -, me invitaron a hacer oración con ellas. Resultó una oración verdadera. Fué uno de estos momentos en que uno siente de muy cerca la presencia de Dios. Fué como cuando Jesús fijó la mirada en Pedro después de haberlo negado (Lc 22:61). De ese mismo Pedro sabemos que más tarde se volvió una de las figuras más importantes que con mucho ardor y a grandes voces supo dar testimonio de la resurrección de Jesús, hasta enfrentándose con las autoridades... Las dos hermanas religiosas y su servidor, en nuéstra oración, llegamos a la conclusión que, sin pretender obras mayores, nuestra sola presencia quizá pudiera significar un humilde testimonio de solidaridad con el pueblo al que se le había quitado su pastor. Y así se hizo.

Walter, por su parte, se había decidido por una opción muchísimo más firme... Un día - así nos cuenta el evangelio de San Marcos - los parientes de Jesús fueron a hacerse cargo de él, porque decían: "Se ha vuelto loco" (Mc 3:21). Habían convencido a María para que los acompañara, pensando que los ayudaría a persuadir a su hijo para que regresara a la vida familiar más o menos tranquila de antes. Para Jesús, empero, no había marcha atrás... Walter compartió esa locura de Jesús, queriendo estar activamente al lado de los pobres en sus luchas, aunque las críticas no faltaban cuando él tomó en serio el llamado de Jesús.

No sólo a Walter es que se atentó contra su vida. Su sacrificio no es un caso aislado. Se trata de innumerables pérdidas de vida. En algunos departamentos de la república serán pocas las familias que no tienen que dolerse de la muerte violenta de un familiar en aquellos años crueles del conflicto armado interno. No quiero de nuevo abrir heridas. Esa no es mi intención. Pero, por otro lado, no podemos permitirnos el lujo de olvidarnos de ellos, como si no hubiera sucedido nada, como si su muerte no nos comprometa. Más bien - así como recientemente lo hizo Su Santidad el Papa Juan Pablo II - quiero tributar homenaje a los muchos clérigos, religiosos y laicos, que lucharon por una situación más justa y para eso ofrendaron hasta su sangre.

¡Guatemala es una tierra bendecida, no por agua bendita, sino por la sangre que recibió de sus mártires! 2

Mons. Juan Gerardi; Padres Hermógenes López, Conrado de la Cruz, Walter Voordeckers, José María Bran y Faustino Villanueva; Hermana Victoria de la Roca; Sergio Berten, Vicente Menchú, María Mejía, Myrna Mack, Nicolás Tum Quistán, Santos Jiménez y Jerónimo y tantos otros, campesinos, catequistas, sindicalistas, catedráticos, etc. ¿por qué fueron matados? ¿Por qué se quiso acallar esas voces?, por lo demás sin lograrlo. La respuesta a estas preguntas hay que encontarla en el hecho de que ellos fueron discípulos y seguidores de Jesús, continuadores de su misión.

Evidentemente el punto culminante de la misión de Jesús fué su muerte y la subsiguiente resurrección. Sin embargo, no formaba parte de su obra. No optó por la muerte. No la buscó. Más bien, la aceptó obedeciendo a la voluntad de su Padre. La muerte de Jesús no fué una infortunada y evitable tragedia; fué un acontecimiento necesario dentro del plan de Dios; tenía que suceder. Su muerte fué causada por el rechazo de parte del propio pueblo de Jesús, el pueblo elegido de Dios. "Vino a su propia casa y los suyos no lo recibieron" (Jn 1:11). Ese rechazo también tenía que suceder. Dios no arregló la muerte de Jesús; tampoco Jesús la causó. Más bien, la proclamación del Reino de Dios condujo a rechazo.

El rechazo de su mensaje por su propio pueblo significa la apertura hacia otros pueblos, porque Dios lo resucitó a Jesús de entre los muertos. Por eso, lo que (entonces y ahora) está detrás de esta apertura es el rechazo por aquellos que pretenden tener la palabra de Dios en el bolsillo. La prepotencia de las autoridades judías los llevó no sólo a hacer un juicio injusto, sino también a cometer el asesinato de un inocente.

Persecución y rechazo son pasos necesarios en el proceso de la llegada del Reino de Dios. ¿Quiénes se oponen al Reino de Dios? Los ricos, los poderosos, los satisfechos, los que usan la palabra de Dios para dominar a otros regulando la ley o para ganar poder, riqueza y prestigio. ¿Quiénes aceptan el Reino de Dios? Los leprosos, los pobres, los enfermos, los rechazados, los endemoniados, los marginados, los excluídos. Este es el escándalo de la proclamación; es el escándolo de las Bienaventuranzas. A los ojos de esos conservadores que no querían saber nada de cambios, ¿cómo se atrevió Jesús a decir en voz alta: "¡Felices los pobres!... Felices ustedes si los hombres los odian, los expulsan, los insultan y los consideran unos delincuentes a causa del Hijo del Hombre" (Lc 6:22)? Esto valió tanto como para revolcar la situación de la sociedad de aquel entonces, en que los pobres no eran ni en lo más mínimo estimados, al contrario. Peor, cuando él, llamándoles la atención a los opositores del Reino de Dios, pronunció: "Pobres de ustedes, cuando todos hablen bien de ustedes" (Lc 6:26).

Rechazo de parte de unos y aceptación de parte de otros no es un evento único, no es sólo el caso de Jesús, sino que es un proceso continuo en que también participan sus discípulos, sus seguidores. La historia se repite. El rechazo siempre viene de parte de los que piensan que ellos tienen en su poder la revelación de Dios y niegan su propia necesidad de arrepentimiento, mientras que con cinismo llaman a otros a convertirse, es decir a ser como ellos.

Nuestros mártires sensiblemente lo experimentaron y lo sufrieron. Es que el discípulo de Jesús no es más que su Maestro (cf. Jn 13:16). No buscaron la muerte, no optaron por el martirio. Entendieron que nuestro tiempo necesita de profetas. Su actuación profética tuvieron que pagarla con la vida. Así se hicieron fuentes de inspiración.

Finalmente, ¿qué tal nosotros? Sabemos lo que el Señor pide: hacer penitencia; asistir a los enfermos, a los pecadores, a los ciegos; hacer frente a la injusticia; esa es nuestra forma de anunciar el Reino de Dios. Pero entonces seremos rechazados, perseguidos, negados, ridiculizados. Las Bienaventuranzas - el discurso más importante de Jesús - nos dicen que ésa es la hora, que ése es el momento del Reino. Entonces es cuando Dios puede actuar, porque el aparentemente débil se hace fuerte. Eso es grandioso. ¿Quién o qué nos detiene?

1 Homilía en Catedral con motivo del día de los mártires, el día 30 de junio de 2000, en la Ciudad de Guatemala

2 El texto de la presente homilía forma parte de las contribuciones al libro ‘Testigos de la Fe por la Paz-Vidas Ejemplares de la Iglesia Católica de Guatemala’. Este libro se publicó en abril de 2003 con ocasión del quinto aniversario de la muerte de Monseñor Juan José Gerardi; se editó por la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala.

En su discurso de presentación del libro el Padre Cirilo Santamaría se expresó así: "Ésta es la causa mayor del martirio: fidelidad al Dios de la vida en el compromiso con los pobres y su causa. ‘Guatemala es tierra bendita’, nos dice el P. Francisco Harren en la homilía del día de los mártires, ‘no por agua bendita, sino por la sangre que recibió de sus mártires’."

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