Spoiler: creo que por ahora ninguno, aunque bueno, está situada en algún momento de la séptima temporada.



Tipo: NC-17, X File y quizás un poco de Angust.



AMOR Y MUERTE II





Un fariseo invitó a Jesús a comer. Entró, pues Jesús en casa del fariseo y se sentó a la mesa. En esto, una mujer, una pecadora pública, al saber que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de alabastro lleno de perfume, se puso detrás de Jesús junto a sus pies, y llorando comenzó a bañar con sus lágrimas los pies de Jesús y a enjuagárselos con los cabellos de la cabeza, mientras se los besaba y se los ungía con el perfume.

                Lucas 7, 36-39                                                                                               







Anoche soñé que moría. Me vi a mí mismo tumbado en las frías sábanas de una camilla de hospital, con tubos entrando y saliendo de mi cuerpo, con los parches pegados a la piel y un montón de extrañas máquinas rodeándome. Intenté levantarme, deshacerme de los cables que me mantenían atado a la cama, intenté salir de aquella oscura y solitaria habitación. Pero el cuerpo no me respondía. Apenas podía respirar y notaba como mi vida se iba yendo lentamente, como el alma me abandonaba… hasta que dejé de respirar.



El corazón se me paró, las máquinas que emitían mi ritmo cardíaco dejaron de sonar y vi mi propia alma salir de mi cuerpo.

Morí. Morí en una camilla de hospital. Solo. Sin nadie que sujetase mi mano y me dijese palabras de aliento. Sin una voz que me acompañara en mi último suspiro… sin ella. Morí sin Scully, sin su voz, sin ver mis ojos reflejados en los suyos. Morí en una solitaria habitación, con los fantasmas de mis muertos como única compañía.



Sólo fue un sueño, pero era tan real... tan real que cuando desperté mi corazón no latía con la velocidad a la que suele latir cuando tienes una pesadilla. Trabajaba a un ritmo pausado, tranquilo, con una calma que a mí mismo me sorprendió.

Me desperté desubicado, sin saber dónde me encontraba, creyendo que aun estaba muriendo en aquella camilla. Sólo cuando me vi reflejado en el cielo de Scully, supe que aun seguía estando vivo. Quizá más vivo que nunca.



-Mulder… estás… estás llorando. –Sentí un sabor salado en la boca y descubrí que eran mis propias lágrimas. Había estado llorando. Scully me miraba extrañada y asustada. Los dos primeros botones de su pijama verde agua estaban abiertos y su respiración agitada me permitía ver el comienzo de su pecho y un sujetador burdeos.  Estaba nerviosa, aunque aun no sé si fue por verme llorar en una pesadilla o por el hecho de que estuviésemos compartiendo la misma cama.



Después de que el sheriff Carter nos diera la bienvenida al pueblo, decidimos “explorar” la casa en la que nos alojaríamos hasta que resolviésemos el caso y comprobamos con cierta incomodidad, que esta vieja casona sólo disponía de una cama. El resto de habitaciones estaban llenas de muebles destartalados y objetos de dudoso valor en cajas y estanterías. Todo en un completo y perfecto desorden.

Sólo la habitación de matrimonio y el baño principal parecían ser las únicas habitaciones de la segunda planta acondicionadas para la vida de una pareja.



Cenamos en un incómodo silencio. Yo no dejaba de mirarla, quizás más de lo que me había permitido en estos siete años, pero ella rehuía mi mirada, agachaba la cabeza con un deje de vergüenza y no se atrevía a sostenerme en su mirar, ni siquiera me hablaba y eso me hizo pensar que quizás había hecho algo sin saberlo y se había molestado.



Pensé que la noche transcurriría con normalidad.



No me atrevería a cruzar la barrera que separaba su habitación y su mundo del resto de la casa, no tocaría sus sábanas, ni siquiera me atrevería a rozar su mejilla.



Yo acabaría durmiendo en el sofá como ya hiciera en el caso Arcadia. Bueno, durmiendo no exactamente. Más bien pasaría el resto de la noche pensando en aquella habitación de la segunda planta donde ella yacería, pensaría en cómo colarme en sus sueños y en su cama… pero justo cuando me levantaba de la mesa me sobrevino uno de los mareos que tan frecuentemente me asolan ahora.



Mis médicos dicen que es normal y me han advertido de que a partir de ahora, conforme la enfermedad avance, los tendré mucho más a menudo. Sin embargo, aquel mareo me pilló por sorpresa.

Pensé que si Dios existía no podía ser tan cruel para seguir recordándome mi próxima muerte en aquellos días en los que pensaba desconectar de hospitales y ser feliz con sólo mirarla cortar las hojas de lechuga para preparar una de sus ensaladas.



Pero está demostrado que el poder del demonio es aun mayor que el poder del Dios de Scully. Y ahí estaba como siempre, para recordarme que ni siquiera vería a George Bush salir de la Casa Blanca.



Hubiera caído sobre la mesa cubierta de platos de no ser porque el pequeño pero fuerte cuerpo de mi compañera me sostuvo, ayudándome a sentarme de nuevo en silla. Tenía la vista nublada y apenas podía verla, pero podía sentir su preocupación. Nunca me había ocurrido algo así delante de ella y sabía que tendría que acabar dándole explicaciones.



Después de aquellos momentos de confusión en los que intenté decirle que se trataba de un simple resfriado que había cogido el día anterior, me ayudó a subir las escaleras y subir hasta la habitación, donde me obligó a dormir junto a ella toda la noche.



A partir de entonces me referí a aquellas cuatro paredes como la habitación del pánico y no precisamente por las pesadillas, sino por el pánico que me causaba no poder ser capaz controlar mis impulsos, me asustaba tanto perder el control…



He decidido que anoche fue la última noche que dormiría con ella. No estoy dispuesto a ponerme al borde del infarto una noche más.







¡TOC! ¡TOC! ¡TOC!

La puerta. Llaman a la puerta. Bien, supongo que aun soy capaz de analizar datos sin que se vuelvan locas las pocas neuronas que me quedan después de ver a Mulder bajar la escalera con el pelo revuelto, los ojos soñolientos y apenas vestido con una camiseta gris y calzoncillos.



Consigo despegarme de la barra de la cocina y echo un vistazo por la pequeña ventana con cortinilla de la puerta, antes de abrir. Es la costumbre, con los años me he vuelto demasiado desconfiada. Supongo que en este caso el refrán se nos puede aplicar: dos que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma opinión.



-¡Holaaaaaaaaaaaa! Vosotros debéis ser los Hamilton, ¿no? Yo soy Lidya Clarens y el es mi marido, George. –La recién llegada deja lo que parece ser un pastel de melocotones en el alféizar de la ventana y entra en casa sin que nadie la invite. Empiezo a cansarme de las grandes muestras de amabilidad de este pueblo. Ayer el pringoso sheriff Carter y hoy el adorable matrimonio Clarens cuya componente femenina, se ha acercado descaradamente a “mi marido”, el cual sigue en calzoncillos, y le ha plantado dos besos, uno por mejilla.



No sé por qué tengo la sensación de que aquí también voy a tener que apartar a las mosconas.



-Nos alegra mucho que personas jóvenes como vosotros vengan a vivir a nuestro pueblo, la verdad es que aquí la mayoría son jubilados, así que el hecho de que venga gente nueva es muy emocionante. Así podremos hacer nuevas amistades. Por cierto, damos una barbacoa el sábado, ¿os apetece venir? –Lidya habla atropelladamente, con una amabilidad demasiado fingida.



Tengo la sensación de que no me llevaré demasiado bien con esta mujer y no por el hecho de que mire descaradamente a Mulder delante de su marido, el cual prefiere guardar silencio e intentar adivinar como no se cae la mosca que hay pegada en el techo.



-Nosotros también estamos muy contentos de estar aquí, aunque claro, al principio dudamos bastante en venir a este pueblo, ya sabes… por lo de las desapariciones. A Christine le daba miedo, pero conseguí convencerla de que nuestra calidad de vida mejoraría muchísimo si nos decidíamos a venir, ¿verdad, cariño? –No sé en qué momento de la película, Mulder ha cruzado el salón y se ha posicionado a mi lado, sin que yo me percate siquiera de ello. Me coge de la cintura y me acerca a él. ¡No, otra vez no! Si me besa igual que ayer no respondo de mí. Mis hormonas no pueden resistir tanta cercanía y estoy empezando a ponerme colorada, aunque ya no sé si es por vergüenza o por sentirle tan cerca cuando está semidesnudo.



-Sí… bueno, no os preocupéis por nada, seréis muy felices aquí. –Sin decir nada más, cosa que me extraña, se acerca a su marido y tira de él hacia la salida, pero antes de irse vuelve la cabeza. –Supongo que nos veremos dentro de un rato en la iglesia. Hasta luego. –Se van y volvemos a quedarnos solos en este estúpido silencio que me atormenta. Sé que su mirada me taladra, que no deja de gritarme con sus ojos, pero sigo sin ser capaz de entenderle.



Anoche tuvo una pesadilla; no me quiso contar qué había soñado pero sé que debió de ser horrible, tan horrible como para hacerle llorar. Desperté cuando noté sus lágrimas mojando mi rostro, se agarraba con fuerza a la almohada y sollozaba frases ininteligibles. Le desperté.

No soportaba seguir viéndole sufrir aunque fuera en sueños. Nunca he podido verle sufrir.

En un principio pensé que había vuelto a soñar con Samantha, que volvía a revivir una y otra vez el momento en el que ella le fue arrebatada, pero después me di cuenta de que era algo diferente, algo lo está pasando.



No pude volver a dormirme, permanecí toda la noche alerta, atenta a que no volviesen a asaltarle sus pesadillas, estuve pensando en él hasta que el sol salió. Sé que hay algo que me está ocultando.

Hay algo que le atosiga, que le preocupa. No creo que sea una mujer porque si se tratase de eso yo lo sabría, creo que es algo realmente grave, pero sigo sin saber el motivo real y él no parece muy dispuesto a contármelo.



Es el primer secreto que se calla.



-¿Scully? –Me sujeta el brazo y me mira preocupado. Es ahora cuando me doy cuenta de que lleva un rato hablando y ni siquiera le he escuchado.



-¿Qué?



-¿No me has estado escuchando? –Está muy cerca de mí, tan cerca que le oigo respirar, pero a la vez sigue estando distante. Puede que nadie más se de cuenta de esa lejanía, pero yo sí que la noto… en estos siete años hemos aprendido a conocernos a base de lágrimas, golpes, secuestros, disparos, mentiras y verdades a medias… amor… y ahora parece que todo lo que a lo largo de los años nos ha unido, nos aleja… y me duele, me duele que se aleje de mí y que no pueda luchar contra eso porque ni siquiera sé qué es lo que nos está separando.



-Perdona, estaba distraída.



-Te decía que es extraño que los Clarens no hayan mencionado nada sobre las desapariciones. ¿Has visto como ha actuado ella cuando he dicho que te asustaba venir? Ni siquiera ha hecho un comentario sobre las desapariciones. Lo más normal es que nos hubiese dado conversación sobre el tema. Sería la reacción típica de un matrimonio asustado ante las desapariciones de sus vecinos.



-¿Crees que tienen algo que ver?



-Él no da esa impresión, parece un hombre callado, bastante reservado, pero la actitud de ella cuanto menos es sospechosa. Es la típica vecina amable, simpática y entrometida pero que bajo esa sonrisa fingida oculta una buena capa de cinismo y por qué no decirlo, quizás algo más oscuro. Será mejor que empecemos por investigarles a ellos. –Bien, las cosas, al menos con respecto al caso parecen marchar por buen camino. Sólo llevamos unas horas aquí y quizás ya tengamos un hilo suelto por donde empezar a tirar.









Iglesia Metodista de Krensfield City

Domingo, 9.30 a.m.





Parece que hoy también va a llover. El cielo continúa encapotado y un soplo de aire frío se cuela entre los hilos de la ropa y mueve las hojas de los árboles. Las campanas de la iglesia de Krensfield City comienzan a sonar, invitando al pueblo a la oración.



Es la primera vez que entro en una iglesia metodista, bueno, también es cierto que rara vez he entrado en una iglesia o templo alguno. Desde que perdí a Sam me enfrenté a mi Dios y juré no volver a creer jamás en las buenas palabras de amor y salvación de la Torá. ¿Cómo es posible que exista un Dios tan cruel para arrebatar a una niña de su familia? ¿Cómo se puede creer en un Dios que hace caso omiso a tus llantos, que te da la espalda cuando más estás sufriendo?



A veces me cuesta creer cómo Scully, con su racionalismo, con su ciencia, con todo lo que ha pasado, puede seguir manteniendo inquebrantable su fé católica. Sin embargo, aunque no lo entiendo, esa es una de las razones que me llevan a admirarla, porque sí, señores, admiro a Dana Scully.

La admiro por su sabiduría, por su inteligencia, por encontrar siempre las palabras adecuadas para rebatir con su ciencia mis locas teorías, admiro sus ojos que parecen ver más allá de las cosas, admiro ese pelo rojizo que en mi daltonismo se me antoja verdoso y la hace parecer una extraña pero deliciosa criatura de cuento para no dormir… admiro a Dana Scully y todo lo que admirarla y amarla implica.



Me mira por el rabillo del ojo antes de entrar al templo. Quiere asegurarse de que entraré… y entro y lo que encuentro hace que me recorra un escalofrío.

Esta iglesia tiene algo diferente al resto de templos cristianos que he visitado, a simple vista sólo se diferencia la decoración, pero puedo percibirlo.



La planta no es en forma de cruz, es ovalada, con paredes de piedra negra; los bancos de madera oscura se apelotonan en tres filas y entre cada banco hay una alfombra roja, un montón de toallas blancas y palanganas de metal. No hay altar, sólo una tribuna de mármol gris oscuro y no hay santos, ni siquiera un crucifijo y como único adorno, ramos de rosas silvestres, antorchas encendidas iluminan la iglesia sin vidrieras y un penetrante olor a hierba quemada me hace estornudar.



Los fieles miran hacia el altar con los ojos en blanco, como si estuviesen en trance, a pesar de que el sacerdote ni siquiera ha salido aun. Algo no marcha aquí.



-Mulder… -Su aliento me hace cosquillas cuando se acerca a susurrarme al oído. -¿Qué está pasando aquí? –Es entonces cuando me fijo en su cruz de oro, que cuelga de su cuello, descansando encima del borde de su jersey, muy cerca de su pecho. Acerco la mano y ante la sorpresa de mi compañera escondo esa cruz bajo su camiseta, rozando su escote y quemándome la palma y los dedos de la mano por el roce.



Nos sentamos en uno de los bancos más cercanos a la salida. Una niña pequeña, de unos tres años, con su cabeza llena de pequeñas trencitas y un colgante con un extraño grabado prendiendo de su cuello, me sonríe, mostrándome sus pequeños dientes de leche. Juega con una de las toallas que hay repartidas por el suelo.



De repente las puertas se cierran. Algunas antorchas se apagan y los fieles contienen la respiración. Un sacerdote, vestido con túnica negra y guantes blancos se acerca a la tribuna y nos mira a todos, deteniéndose en algunos fieles.



-Hermanos, os doy mi más sincera bienvenida de nuevo a nuestro templo.

Hoy escucharemos la palabra de Dios y reflexionaremos sobre su contenido, como hacemos cada domingo. –Veo a la gente ponerse en pie, sus cuerpos comenzaban a moverse rítmicamente adelante y atrás como si fuesen mecidos por la voz del sacerdote. –Según la religión judía, era costumbre que antes de empezar a cenar, los criados llevasen palanganas con agua y les lavasen los pies a los señores e invitados, jamás se lo permitían a una mujer, pero una vez, estando Jesús en casa de un fariseo que le había invitado a comer, se presentó una mujer pecadora, una prostituta que buscaba el perdón por haberse revolcado con cada hombre que le pasaba por delante.

¿Sabéis que hizo la pecadora? ¡Se saltó las normas de la ley judía y ella misma le lavó los pies a Jesús con un frasco de perfume! Paseó sus cabellos por sus dedos, sus tobillos y se atrevió a besar los pies del hijo de Dios… le besó, le tocó, y ¿que hizo él? ¡Se dejó acariciar por una furcia!

Dejó a un lado su origen divino y eligió sentir como los mortales. ¡Eligió ser un hombre de verdad! ¡Jesús se rindió ante los encantos de una mujer! ¡Permitió que ella le besara los pies! ¿Y sabéis que ocurrió después? ¡Que ella volvió a lavarle los pies!¡Ella se convirtió en su discípulo más amado! ¡Ella le besaba los pies y él le besaba la boca! ¿De verdad creéis que Jesús era tan perfecto?

¿En serio creísteis lo que durante años inventó el Pontificado para lavar su imagen? ¡Le pusieron de santo y no era más que un hombre corriente, un hombre que sucumbía ante las tentaciones!

Durante siglos la Iglesia Católica trató de ocultar la verdadera imagen del hijo de Dios… el hijo de Dios… -La expresión del sacerdote es de profunda satisfacción, sonríe con una sonrisa cínica, pérfida… me pregunto si de verdad será sacerdote o un demonio infiltrado.



-Mulder… -Scully está más pálida aun de lo que es normal en ella. Me mira con sorpresa, casi con pánico. Ella también se pregunta qué diablos está pasando aquí. –Esto no es normal. –Susurra tan cerca de mí que su aliento me acaricia la barbilla. Aun huele a las fresas del desayuno. –Mulder, no es normal que un sacerdote ataque a las creencias cristianas, este hombre no es quien dice ser.



-Lo sé, Scully. Es demasiado extraño… –Casi no tengo tiempo de reaccionar, cuando el sacerdote deja su copa en la tribuna y vuelve a tomar posesión de la palabra. Para entonces los fieles ya parecen haber entrado completamente en trance. Siguen teniendo los ojos en blanco, sus cuerpos tiemblan y muchos de ellos comienzan a mesarse los cabellos y a dar pequeños golpes en el suelo con el talón.



-¡El hijo de Dios! ¡El hijo de Dios siendo seducido por una prostituta! ¡Durante siglos la Iglesia ha hecho de la seducción, del placer sexual un tema tabú cuando su principal líder sucumbió a él! ¡Rebelaos, hermanos! ¡Yo os digo que olvidéis las palabras del Pontificado y sigáis el ejemplo de Jesús! ¡Sucumbid ante los placeres de la carne! ¡Despojaos de la vergüenza y las prohibiciones y dejad tomar las riendas a vuestros instintos! ¡Seguid el camino de Jesús! ¡Imitad sus actos y así como María Magdalena besó los pies de su maestro, vosotras mujeres, lavad los pies de vuestros hombres! ¡Hombres, besad la boca de vuestras mujeres! ¡Seguid el camino del Señor!



Casi al mismo tiempo todas las mujeres caen de rodillas junto a los bancos, acercan las palanganas con agua y comienzan a lavar y besar los pies de sus esposos… y yo siento que las piernas comienzan a fallarme, el olor a hierba quemada me impide respirar correctamente y hace que se me nublen los sentidos.



No puedo evitar caer sentado sobre el banco de madera, estoy tan mareado que el ruido de los tambores y las melódicas voces de un coro de mujeres me llegan a los oídos como ecos lejanos… empiezo a no ser dueño de mi mismo… y casi me salgo del asiento cuando noto los suaves y dulces labios de Scully en mis tobillos, en los huesos, en las venas abultadas que dirigen a los dedos… ni siquiera he sentido la tibieza del agua al lavármelos, ni la aspereza de las toallas con las que mis pies han sido secados. Sólo puedo sentir los pequeños besos de Scully enviando descargas eléctricas por todo mi cuerpo. Sólo me está besando los pies, me está acariciando los tobillos con sus cabellos, pero es más que suficiente para que empiece a excitarme. ¡Maldita sea! ¡Estoy en un lugar sagrado! ¿Y ella estudió en un colegio católico?



-¡Sed dueños de vuestra propia vida! ¡Olvidar las palabras de las Sagradas Escrituras que os llevan a la castidad! ¡Seguid el camino del Señor!



Abro los ojos y la tenue luz de la vela encendida en la pared de al lado me da de lleno en la cara.



Scully continúa agachada junto a mis pies, besándome… el resto de fieles han empezado ya a besar a sus mujeres, tal y como Jesús hacía con María Magdalena.



Cojo a mi compañera, suavemente de la nuca, la despego de mis pies, a los que parece haberse aferrado como un clavo ardiendo y la acerco a mí. Veo el miedo en sus ojos… miedo y algo más que no puedo descifrar… o mejor dicho, no quiero. Veo excitación, deseo, lujuria… esto es demasiado para mí, no puedo aguantar más y la beso, con demasiada fuerza y pasión, para ser un simple beso fingido… y en seguida me cuelo de lleno en su boca, saboreo sus dientes pequeños y blancos, su lengua que aun sabe a las fresas con nata del desayuno… después no sabré cómo mirarla a la cara, pero ahora mismo, como diría Clark Gable en su papel de Rett Butler, eso no me importa.







                                                               CONTINUARÁ





Nota 2: En la Biblia aparecen varias Marías: María, la madre de Jesús; María, la mujer de Cleofás; María de Bethania, hermana de Marta y Lázaro; y María Magdalena. Desde siempre la Iglesia ha identificado a María Magdalena con la mujer pecadora que lavó los pies a Jesús en casa del fariseo y con María de Bethania, hermana de Marta y Lázaro, por tanto, para la Iglesia, las tres mujeres son la misma persona.
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