UN DOGMA CALIENTE
Sami Rozenbaum
Una nueva Conferencia Mundial Sobre el Clima acaba de finalizar en La Haya. El resultado, nos dicen las reseñas, ha sido el mismo de siempre: privó el interés económico, y por ende no se tomará ninguna medida para salvar al planeta; como consecuencia, el calentamiento global hará que el mar cubra numerosas islas e inunde zonas costeras, habrá más tormentas devastadoras, se extenderán las epidemias... Todos estamos condenados por culpa del ciego egoísmo de unos pocos.
Estas aseveraciones tienen un fuerte tufo maniqueísta: los buenos contra los malos. Si bien es función de la prensa simplificar un mundo complejo para hacerlo más inteligible a sus lectores, esta es una de las ocasiones en que simplificar demasiado solo logra perpetuar la confusión.
Como persona apasionada por la ciencia, me causan molestia estas verdades que todos saben, automáticamente aceptadas y propagadas sin descanso. La médula de la ciencia es el pensamiento crítico, la discusión de evidencias y argumentos en forma abierta y ecuánime. Pero resulta tan impopular expresar dudas respecto al calentamiento global que muchos científicos y periodistas se abstienen de hacerlo, no vaya a acusárseles de complicidad con las grandes corporaciones. En otras palabras, el calentamiento global se ha convertido en un dogma. Y al igual que con las creencias religiosas, sus defensores asumen la verdad de la doctrina, buscan únicamente pruebas a favor, y descartan los indicios que la contradicen.
La ciencia de la meteorología está apenas saliendo de la infancia. Sencillamente no entendemos bien los procesos del clima, e ignoramos las razones de los drásticos cambios que han tenido lugar a lo largo de la historia del planeta. Numerosos meteorólogos se han opuesto desde el principio a la hipótesis del calentamiento global, ya que sus postulados son sumamente discutibles y la evidencia muy controvertida.
Un ejemplo interesante: el 5 de abril de 1997, la agencia Reuters difundió una nota en que los expertos advertían que la temporada ciclónica de aquel año sería más activa de lo normal en el Océano Atlántico y el Mar Caribe, con siete huracanes, tres de ellos de intensidad devastadora. La misma agencia emitió otra nota, el 13 de octubre del mismo año: (...) para la zona del Atlántico, que incluye el Golfo de México y el Mar Caribe, conocido como el pasillo de los huracanes, la temporada de 1997 ha sido la más tranquila en años. Huelgan los comentarios.
El escenario político que los medios siempre plantean, como en el caso de esta última cumbre climática, es que unas organizaciones ecologistas benévolas y desinteresadas se enfrentan a gobiernos y empresas que sólo buscan el lucro sin considerar las consecuencias futuras. Pero resulta que la mayoría de las eco-organizaciones perciben cuantiosos subsidios, tanto de entes multilaterales como de empresas privadas, e incluso gubernamentales; en muchos casos estos subsidios son su única fuente de ingresos, y por supuesto están sumamente interesadas en seguirlos recibiendo, para lo cual las catástrofes inminentes son muy útiles.
En cuanto a los gobiernos e industrias, si estuviesen convencidos de que realmente nos encaminamos a un apocalipsis ambiental se apresurarían a proteger sus propios intereses: a nadie convienen las colosales pérdidas en inmuebles destruidos, seguros, cosechas perdidas y ventas no realizadas que el supuesto desastre ocasionaría (sobre todo porque estas pérdidas comenzarían a manifestarse en muy breve plazo, si realmente andan tan mal las cosas). Así, pues, los personajes de esta historia no son tan monocromáticos como se nos quiere hacer ver.
El meollo del asunto es que, aunque con frecuencia se afirma lo contrario, aún no existen pruebas contundentes de: 1) que realmente se está produciendo un calentamiento anormal del planeta; y 2) que su causa es la actividad humana. Y es que la ciencia actual no es capaz de comprender menos aún de pronosticar el estado del tiempo a mediano plazo, para no hablar del largo. Hasta que logren convencer a los entes decisorios, ningún Estado o corporación estará dispuesto a realizar las inmensas inversiones que estos grupos exigen.
Con estas cuartillas no estoy proponiendo que nos sumerjamos en la autocomplacencia; por supuesto que sería beneficioso utilizar tecnologías más eficientes y menos contaminantes, y precisamente esa ha sido la tendencia durante las últimas décadas. Pero manipular a la opinión pública no es el camino. A la larga, el alarmismo es una mala política: sólo logra desprestigiar a quien lo ejerce, y perjudicar las ideas que promueve.