Esquizofrenia globalizada

Sami Rozenbaum *

Los recientes huracanes, terremotos y demás desastres naturales representan sólo un preludio: la naturaleza comienza a manifestar su venganza. Son las señales del comienzo del fin, previsto desde hace milenios por los videntes. Estamos a las puertas del fatal desenlace de nuestra estirpe maldita: junto al caos informático de la "falla del 2000" vendrán la hecatombe de un choque planetario y los combates nucleares instigados por el maligno. Tras el cataclismo, unos pocos elegidos serán trasportados por extraterrestres -los mismos que crearon la Atlántida, las pirámides y las estatuas de la Isla de Pascua-, a un mundo ideal. Allí estos humanos perfectos, llenos de "energía positiva", podrán desarrollar los poderes síquicos largamente olvidados por nuestra especie: todos serán telepáticos, telequinésicos y precognitivos. Allí se reencontrarán con sus familiares, antepasados, ángeles de la guarda y aun sus vidas pasadas. Allí, los hijos de Adán se reunirán con Dios.

Pocos historiadores de la cultura occidental habrían podido prever que, al final del siglo XX, tal sería la representación corriente del futuro. Tras tantos esfuerzos, tras la acumulación de tan rica herencia intelectual, el mundo se sumerge lastimosamente en la esquizofrenia.

La credulidad desbordada, la puerilidad, la adopción acrítica de cualquier concepto delirante, tan características del ambiente cultural de hoy, han sido con frecuencia explicadas como secuelas de la decadencia de las religiones y las ideologías, con la consiguiente búsqueda de algún nuevo "paradigma" que llene los vacíos emocionales y espirituales resultantes. También tiene gran peso el abismal desconocimiento de los temas científicos por parte del público.

Pero existe un factor que magnifica este proceso, y resulta muy doloroso para un comunicador social -como quien esto escribe- tener que emitir la acusación: se trata de los medios de masas.

Dejémonos de evasivas académicas: es indudable que los medios tienen gran influencia en el zeitgeist actual. Ello lo demuestra el colosal peso de la publicidad en la economía, aunque los efectos mediáticos en la visión popular del mundo no puedan medirse igual que el rating, el share o el incremento en las ventas.

Los productores audiovisuales, así como los redactores, descubrieron hace algún tiempo cuan "vendible" es la superstición (llamémosla por su nombre, aunque la palabra haya caído en desuso y sea casi un tabú en este mundo "políticamente correcto"). El mercado de la seudociencia es enormemente productivo, y debe alimentársele para garantizar que lo siga siendo. Las tecnologías del video y la informática permiten confeccionar industrialmente contenidos mediáticos que van desde el tradicional film de ficción realista hasta géneros como el talk show, el seudo-documental y las soft-news (noticias blandas), característicos de la "televisión tabloide". La prensa, acorralada por el monstruo audiovisual-digital, adopta el mismo tono light. El público consume con avidez toda clase de píldoras, amuletos y "conocimientos" espurios, eficazmente mercadeados. Las industrias culturales, con su poder casi omnímodo, esparcen el nuevo opio del pueblo por todos los confines del globo.

Esta atmósfera es tan pesada, impregna de tal forma todos los aspectos del entorno popular y académico, que resulta cuesta arriba y hasta extravagante manifestar desacuerdo: quien no "cree" es etiquetado de inmediato como "mente cerrada", intolerante, obcecado y dogmático. Al igual que durante la Edad Media, el escepticismo es pecaminoso; aunque todavía no quemen por su causa.

Pensadores como Carl Sagan y Fernando Savater lo han expresado claramente: ante trascendentales desafíos del presente y del futuro como el llamado desarrollo sostenible, la legalización o no de las drogas, la "medicina alternativa" o las aplicaciones de la ingeniería genética, resulta indispensable que el público disponga de la información adecuada y la emplee con cordura. Una sociedad que depende de la alta tecnología no puede guiarse por conjuros y nigromantes. Esto es, si no queremos desembocar en el caos.

El problema no se define, entonces, como un negocio vil e irresponsable por parte de los medios y una candidez inocua del lado de las masas. Se trata de una pugna entre el pensamiento crítico y la credulidad, entre la emancipación del intelecto y el sometimiento a cualquier manipulación. Esta pugna concierne nada menos que a la democracia política y las libertades individuales. Lo que está en juego es la propia continuidad de la civilización.

* Urbanista, Comunicador Social

 

Tomado de EL NACIONAL - DOMINGO 31 DE OCTUBRE DE 1999

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