LA EDAD DE LA ANTICIENCIA

Sami Rozenbaum

Actualmente vivimos una regresión hace poco inimaginable. La ciencia, ese excelso producto del Renacimiento y la Ilustración que tanto ha enorgullecido y hecho poderoso al Occidente durante siglos, es ahora renegada, menospreciada, incluso repudiada. Todos sus descubrimientos se ponen en tela de juicio y todos los males le son atribuidos, mientras se buscan de nuevo las mancias y conjuros que supuestamente había ayudado a suprimir.

En efecto, somos testigos del retorno a la corriente principal de formas premodernas de pensamiento, bajo la paradójica invocación del posmodernismo. Estamos en una “Nueva Era” sospechosamente parecida en sus postulados a la vieja, que tanto esfuerzo –y vidas– costó dejar atrás.

La ciencia es hoy denostada por “artificial”, “antihumana”, “antiholística”, “cerrada” y “dogmática”. Sus únicos productos son, presuntamente, la deshumanización de la vida, la destrucción ecológica y la amenaza de un genocidio final. Muchos intelectuales se ufanan de no comprenderla, mientras se solazan en escarnecerla. Otros hablan del “fin de la ciencia”, felicitándose por ello. Los más sensatos nos advierten sobre la llegada de un “Nuevo Medioevo”.

 

EL VERDADERO RETORNO DE LOS BRUJOS

“El Retorno de los Brujos” es el título de un célebre libro de 1960, en el cual se planteaban alternativas intelectuales, formas heterodoxas de pensamiento que podrían ayudar a descifrar algunos aspectos del mundo.

Nunca pudieron suponer los autores de esta y otras obras que su trabajo sería tan mal interpretado y aun desfigurado por personas que probablemente nunca lo leyeron y que, en parte por su causa, se levantaría una asombrosa oleada de irracionalismo y superstición.

La generación hippie hizo suyos muchos postulados anticientíficos, mezclándolos eclécticamente con el misticismo oriental. El producto convenientemente refinado, pasteurizado y mercadeado de esta mezcolanza lo estamos viendo hoy en las librerías, en un amplio abanico que va del entorno de la “autoayuda” a la aplicación de manos, de la astrología computarizada al revisionismo histórico y la paranoia de conspiraciones siniestras, de los cristales mágicos al agua imantada.

Se ha creado un clima en el que todo parece aceptable: primero fueron las “abducciones” por extraterrestres, luego los ángeles de la guarda... ¡acaba de publicarse un libro sobre la realidad de las hadas!. Sólo falta alguien que exponga pruebas “científicas” de que sí existe el Infierno –quizá en el centro de la Tierra– o brujas que vuelan sobre escobas. Comunicadores sociales que se muestran implacablemente escépticos con cualquier político resultan crédulos hasta lo conmovedor ante los nuevos nigromantes, y por lo visto consideran perfectamente respetable invitarlos una y otra vez.

En fin, se rechaza la ciencia para abrir las puertas de nuevo a la hechicería. ¿Valdrá la pena el canje?

 

EL RETORNO A LO “HUMANO”

Para quienes la fustigan, la ciencia ha sido poco menos que un desvío funesto en la evolución del pensamiento humano. Galileo, Descartes, Kepler y Newton serían los heraldos de este desarrollo perverso, los villanos que extraviaron a Occidente del camino virtuoso.

La ciencia moderna equivaldría así, exactamente, a “la ciencia del bien y del mal” del Génesis, representada por el árbol prohibido del Edén. Con la ciencia hemos vuelto a comer de la manzana maldita ¡un nuevo pecado original! Pues como aquel fruto, la ciencia es diabólica: primero seduce, luego destruye.

De esta forma se está generalizando una imagen idealizada de la larga época premoderna, cuando las certidumbres y verdades reveladas impedían la aparición de angustia existencial. El mundo estaba claro, todo había sido escrito y predeterminado.

Por contraste, el racionalismo nos ha revelado un mundo de incertidumbres, en el que todo está abierto y por hacer. No sólo tenemos la pulsión vital de cambiar, sino el derecho de hacerlo. Se nos obliga a reconocer nuestras limitaciones, y a una humildad muy lejana del dogma que nos hacía “imagen y semejanza de Dios”. Este ha sido, sin duda, un golpe a nuestro ego demasiado duro de asimilar para muchos.

La ciencia también ha resultado liberadora, incluso para los religiosos practicantes. Por ejemplo, tras varios siglos de una lucha patética por lo inútil, la Iglesia Católica se vio obligada a reconocer formalmente (apenas durante los últimos cinco años) la realidad de la Tierra como planeta y la evolución de los seres vivos, demoliendo, quizá sin percatarse, el mito del “pecado original”. Con ello retiró de los hombros de sus fieles ese peso milenario, y abrió de par en par las posibilidades de un futuro en que no se requiere su expiación; por tanto, todos los hombres son reconocidos de derecho como “inocentes”.

Para la ciencia no hay una verdad revelada. Podemos concluir entonces que, si de algo es culpable, es de haber liberado al ser humano de las verdades impuestas y definitivas.

La nostalgia por aquel mundo de simplicidad y aparente certidumbre es similar a un cálido recuerdo de la infancia: se olvidan los terrores, la dependencia y la inseguridad. Es que hoy vivimos el final de una adolescencia perturbadora, y resulta tentador idealizar lo que ya no puede ser cambiado.

 

EL MITO DE LA “ARTIFICIALIDAD”

Uno de los aspectos que más ultraja a quienes repudian la ciencia es la artificialidad del mundo que con ella hemos creado. Se ha dado la espalda a lo natural, afirman. Y en un corolario místico muy “Nueva Era”, agregan que la Madre Naturaleza se ha de vengar de nosotros, sus hijos renegados.

En efecto, lo que nos define como seres humanos es precisamente la capacidad de modificar el entorno, para adaptarlo a nuestras necesidades. Hoy no somos, cualitativamente, más “artificiales” que cuando decidimos ponernos una piel de animal para protegernos del frío durante la última glaciación; o que cuando sembramos unas semillas para garantizar la comida del siguiente año.

Si a ver vamos, ¿qué hay más artificial que la agricultura, comer en un horario regular, vestirse o... la religión? ¿Y qué es más natural que un hongo venenoso, la viruela (felizmente eliminada por la ciencia) o una expectativa de vida de 20 años?

La lucha, durante la casi totalidad de nuestra existencia como especie, ha sido contra una Naturaleza hostil; y aún somos víctimas de su funcionamiento, si bien nos hemos organizado de forma de padecerla mucho menos y recuperarnos más rápidamente. Claro que ello no significa agredirla. De hecho, es el acrecentamiento de los conocimientos científicos lo que nos ha dado conciencia de los males que, por ignorancia, infligimos al entorno; males que, afortunadamente, la ciencia nos permite corregir.

 

LA CIENCIA “DOGMÁTICA”

Una acusación frecuente a la ciencia es su carácter supuestamente dogmático. Ello resulta risible, y tiene como único efecto demostrar el desconocimiento de cómo opera la ciencia por parte de sus detractores.

Si queremos definirla en la forma más sencilla posible, la ciencia no es más que la observación desprejuiciada –es decir, intelectualmente honesta– de todo lo que sucede, para tratar de inferir las leyes del Universo. Para ello se reúnen evidencias, la materia prima de todo conocimiento sustentable. En ciencia se descartan las teorías fallidas, nunca las evidencias. El objetivo práctico es poder pronosticar e influenciar (manipular) el funcionamiento futuro de nuestro rincón del Cosmos. El fin último, profundo, es el conocimiento por sí mismo.

Ello aplica tanto a las “ciencias duras” como a las sociales, que por algo se llaman también ciencias y cuyo inalcanzable ideal es la capacidad predictiva de aquellas. La literatura busca científicamente patrones identificativos de los estilos pasados y presentes, igual que la economía y la historia pretenden hallar las claves de acontecimientos aparentemente azarosos.

Hoy está de moda afirmar que los problemas del mundo actual nacen de un “exceso de ciencia y racionalismo”. Pero al analizarlo con un poco de ecuanimidad, encontraremos que es exactamente a la inversa: empleamos la razón en lo estrictamente necesario, es decir, en las ciencias duras, por ser la fuente de la tecnología que utilizamos. Fuera de este campo, y sobre todo en la toma de decisiones (en otras palabras, lo que nos ha metido en “problemas”), seguimos siendo tan emocionales e irracionales como siempre.

El célebre autor Isaac Asimov afirmaba que “la diferencia fundamental entre ciencia y misticismo consiste en que la primera nos revela el mundo tal cual es, mientras el segundo nos lo sirve como quisiéramos que fuese”. Con ello quería puntualizar que el único “dogma” de la ciencia son los hechos: no puede aceptarse como cierto aquello que no acontece, por más que deseáramos que fuera real. La ciencia dispone de una inigualada capacidad para descartar sus errores; paradójicamente, sus actuales críticos aluden a esta facultad no como inherente fortaleza, sino cual debilidad insuperable.

El ideario posmoderno insiste en que la ciencia no es el único camino para descrifrar la Naturaleza. Es posible, pero entonces resulta en extremo contradictorio que los adalides de la “Nueva Era” la invoquen cada vez que pueden: la mayoría –si no la totalidad– de las “terapias alternativas” y demás creencias en boga no son más que seudociencias, es decir, cuerpos más o menos informes que emplean parasitariamente algunos términos científicos, en una forma descontextualizada y simplista hasta lo irrisorio.

Ejemplos notables son el exitoso (en ventas, se entiende) brebaje entre física cuántica y magia hindú-californiana, el alegre empleo ad nauseam de términos como “energía” o “magnetismo”, o el uso de computadoras para disfrazar de confiable la predicción del futuro. Y es que, a fin de cuentas, la ciencia se ha ganado un prestigio con el que nunca está de más revestirse.

Mientras tanto, y no obstante las modas, la seudociencia siempre está en un “eterno comienzo”. Como notable demostración de apertura intelectual, a principios de los ‘70 la ciencia experimentó con entusiasmo la antigua acupuntura china; un cuarto de siglo más tarde, el peso de la evidencia (negativa) la ha arrinconado a los márgenes de la práctica médica. Y un siglo de estudios controlados, incluso en universidades, no ha servido para que la “parapsicología” avance un ápice más allá de la prestidigitación.

Pero las contradicciones de la “Nueva Era” van más allá: al buscar caminos alternos a la ciencia, y a las bases mismas de Occidente, sus seguidores sólo están siguiendo el discurso, la actitud crítica, la tradición de apertura y tolerancia que son un producto único de la razón ilustrada. Una tradición de la que sin percatarse –o tal vez a su pesar– en última instancia forman parte.

 

LA ANTICIENCIA LOCAL

El clima antirracional y anticientífico presente en muchos intelectuales latinoamericanos, y venezolanos en particular, tiene características propias del entorno. Un desencanto generalizado con los esfuerzos –hasta ahora inútiles– por alcanzar el desarrollo, ha engendrado desconfianza hacia todos los paradigmas que sustentaron esa búsqueda.

Pero el hecho de que estas sociedades no hayan resultado exitosas –empleando un término del recordado Carlos Rangel– no obedece a los ideales de la Ilustración sino, precisamente, a que nunca han sido realmente aplicados.

Además, el anticientismo local resulta tan foráneo, tan importado, como antes lo fueran el socialismo, el comunismo, el anticomunismo, el liberalismo, el neoliberalismo o el antineoliberalismo. Viene de afuera junto con las hamburguesas y el rap, y tanto como las sectas asiáticas o la pornografía del Internet. No es producto de un esfuerzo intelectual propio y coherente. En otras palabras, es una “ideología de moda” más, para una época supuestamente no-ideológica. Un nuevo opio para los intelectuales, y para los no tanto.

 

COMPRENDERNOS: LA BÚSQUEDA FINAL

Durante muchos milenios, nuestros antepasados acudieron a las explicaciones intuitivas de la magia y la religión para explicarse el Universo. No funcionó. Ningún conjuro, ninguna pócima, ninguna invocación sirvió para aclararnos que unos seres microscópicos eran la causa de las pestes que nos diezmaban, o que un fluido de electrones era el origen de los rayos que nos aterrorizaban.

Desde hace poco más de tres siglos hemos emprendido una epopeya única, que nos ha llevado de la miseria de las guerras religiosas al portal de los viajes interplanetarios. Resultaría trágico que las fuerzas de la oscuridad intelectual, potenciadas por medios de comunicación de alta tecnología, nos hiciesen retroceder a aquella barbarie –como parece estar sucediendo cuando vemos sectas suicidas, limpiezas étnicas y los decretos de muerte de los ayatolas.

La búsqueda última de la ciencia es la de nuestra propia naturaleza. ¿Cuándo hemos estado más cerca de comprendernos que con la neurología cerebral? ¿No debería constituir un motivo de verdadera euforia (más que de agravio a una “dignidad humana” mal entendida) el descubrimiento de que varias anomalías de carácter sicológico tienen causas meramente químicas, y que por ende son susceptibles de curación?

Gracias a la ciencia y a los demás ideales de la Ilustración se han descifrado lenguas arcaicas, revelado las enfermedades de nuestros ancestros, redescubierto ciudades míticas, reencontrado significados olvidados, restaurado a su forma original innumerables obras de arte. Nunca como en nuestra época estuvo a disposición de tantos el aspecto y contenido prístinos de la creación de todas las épocas y culturas. Jamás estuvo tan abierto el libro de nuestro propio pasado, base fundamental para comprendernos.

 

EN ÚLTIMA INSTANCIA

El antirracionalismo y anticientismo de la “Nueva Era” son posturas lamentables, tal vez un conmovedor intento por sobreponerse a los desafíos de nuestro tiempo. Pero constituyen una actitud peligrosa que, adecuadamente manipulada, puede llevar al caos o a una nueva clase de totalitarismo. Conjugada con la pretensión “posmoderna” de que existen tantas verdades como opiniones, esta actitud tiende además a desembocar en una situación en la que el odio a quien piense de modo diferente resulte una posición aceptable.

Hoy crece ante la ciencia una actitud defensiva producto del temor; y como casi siempre, se teme a lo que se desconoce. Es el mismo miedo de aquellos artesanos británicos que salían a desbaratar máquinas dos siglos atrás.

Pero, a menos que lo usemos para destruirnos en un arranque de temor irracional, el progreso de la ciencia y sus aplicaciones tecnológicas son irreversibles. Ello resulta por cierto afortunado, pues si bien no es una panacea ni lo único que necesitamos, para resolver los problemas actuales y futuros hará falta más ciencia, no menos. Como sostiene el filósofo estadounidense Theodore Schick, la ciencia no es una “ideología fallida” más que pueda descartarse, sino un ideal epistemológico que otras instancias intelectuales desearían y deberían emular.

Una de las ironías –y debilidades– de los ataques que se hacen actualmente a la ciencia y la razón consiste en que los males que se les atribuyen son producto, precisamente, de su carencia. Sin embargo, durante los últimos tres siglos el respeto por el individuo, la tolerancia, así como el derecho al bienestar y la propia trascendencia se han convertido en poderosos enunciados compartidos (ya que no realizados, y quizá nunca terminen de serlo) a nivel planetario, y no solo en Occidente.

La ciencia es el elemento que ha hecho cambiar el entorno humano en mayor medida, el factor que más ha impulsado las trasformaciones económicas, sociales y políticas –multiplicando nuestras potencialidades–, y además el único aspecto de la cultura en que, unánimemente, se considera que ha habido un real progreso.

La búsqueda urgente de nuestra especie, en su camino hacia la madurez, debe ser la de un poco de sobriedad. Con su capacidad de autocorrección, flexibilidad e inherente honestidad, la ciencia ha de constituir una guía indispensable.

Publicado en revista Imagen (CONAC), año 30, Número 8, 1998.

Sami Rozenbaum es conferencista en el Planetario Humboldt de Caracas, y co-productor del microprograma radial La Frontera Final.

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