Brevísima historia del escepticismo

 Ricardo Babarro G.

Desde el hombre de las cavernas hasta nuestros días, los seres humanos hemos vivido (o mejor dicho sobrevivido) con una dicotomía fundamental; la diferencia entre lo que creemos saber y la realidad.

Esta dicotomía germinó en el pensamiento griego durante el siglo IV a. de J.C., con Pirrón de Elida, fundador de la escuela escéptica que se caracterizó en un principio, por la búsqueda de la felicidad y la sabiduría.

La palabra escepticismo (de skeptikos) en el lenguaje filosófico griego, significaba “búsqueda” y “examen crítico” y según el más célebre discípulo de Pirrón, Timón de Fliunte, el hombre solo puede conocer la apariencia de las cosas, no su realidad; por lo que el sabio no debería preocuparse por alcanzar la verdad ya que esta es inaccesible.

La regla de la vida consiste, en alcanzar un equilibrio perfecto e imperturbable del ánimo que nada pueda oscurecer (ataraxia), supliendo los dogmas por las hábitos y las inclinaciones naturales. Este principio, notablemente semejante al Nirvana budista o al Tao, se debe a la influencia ideológica que sobre Pirrón ejercieron magos y santones de Oriente, cuya impasibilidad ante la vida y el sufrimiento, le inspiró  para buscar la felicidad mediante la abstención al conocimiento.

Este escepticismo contemplativo, evolucionó a través de las épocas, pasando por diferentes etapas, y derivando en la actual concepción del escepticismo, propiamente denominado moderno.

Este método de pensamiento no se basa en la duda puramente psicológica, derivada de las mentes pusilánimes e irresolutas, sino en la negación del dogma, las verdades absolutas y reveladas, así como las posiciones autoritarias, destacando la necesidad de pruebas empíricas para entender o explicar un fenómeno dado. Después de examinar los argumentos en pro y en contra alrededor de la cuestión disputada, la persona, con independencia de criterio, se inclina por aquella explicación más probable de acuerdo a los hechos presentados.

Ortega y Gasset, realzaba que el escepticismo no debe ser “una melancolía, ni un dolor indefinible, ni una inquietud difusa que vagabundea por nuestro pecho”. Siempre desde el punto de vista práctico y como actitud de vida, el escepticismo es una conducta que encuentra su base en la negativa a adherirse a ninguna opinión predeterminada, ni por autoridad, ni por iluminación cognoscitiva.

Quizás el paso más trascendental del escepticismo moderno, sea su separación de facto del tronco central de la filosofía académica, para formar la punta de lanza metodológica del pensamiento científico; racional y empírico por antonomasia. Negando de plano la calidad gnostica del mundo que nos rodea, es decir la existencia de verdades subyacentes inalcanzables pero inexplicablemente tan reales como nosotros mismos, la aproximación escéptica de la ciencia se basa en conocer y reconocer sus limitaciones, sistematizar y revisar constantemente el estado del conocimiento y jamás, jamás pretender alcanzar la verdad, ya que esa es virtud destinada a filósofos, sabios e iluminados, y no a los simples mortales.

El escepticismo, sin degenerar en la duda desdeñosa, es la regla metodológica esencial, para comparar críticamente todas las afirmaciones que implican un conocimiento o un juicio de valor. De más está mencionar su necesidad en la investigación y el conocimiento, y su utilidad en la vida diaria, la ética y las relaciones humanas. La investigación científica y de la búsqueda objetiva del conocimiento no pueden surgir de otra fuente.

Esta concepción pragmática del escepticismo, como un método crítico de aproximación al conocimiento, ha derivado en más bienestar para la humanidad que todas las rancias reflexiones filosóficas de milenios pasados.

El escepticismo, entendido como una actitud positiva y reflexiva perdurable de la mente educada, puede considerarse como el paso evolutivo siguiente del Homo sapiens, desterrando la más vieja y peligrosa de las limitaciones humanas; la necesidad de creer en una certeza absoluta que guíe nuestras vidas y que ha sido la herramienta de los tiranos, por los siglos de los siglos. 

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