NEGACIÓN DEL HOLOCAUSTO
Una visión personal
Ricardo
Babarro
Biólogo
Dentro de la
moda del “revisionismo histórico”, definido como el falseamiento de la historia
con fines políticos o religiosos (no la sana intención de aclarar la exactitud
de ciertos hechos “oficialmente” establecidos), hay una tendencia desde
mediados del siglo pasado a la negación del crimen más grande registrado contra
un grupo racial o cultural: el Holocausto de la judería europea, hecho que
provocó la inclusión de manera práctica en nuestro vocabulario del termino genocidio.
Tanto la “intelectualidad” europea de izquierdas como los
grupos racistas de la derecha internacional (racistas en general, ya que no son
específicamente antisemitas) por mencionar los extremos, tratan de “desmentir”
y trivializar la única matanza industrializada de un grupo humano en la
historia del mundo, aduciendo que se trata de un simple invento o al menos de
una exageración histórica. ¿Cómo se explica esto, especialmente en la ilustrada
Europa, en los democráticos Estados Unidos y en la tolerante Latinoamérica? Los
estudiosos de la sicología social manifiestan que dicho fenómeno es una obvia
consecuencia de un sentido de culpa colectivo, cuya estrategia defensiva más
común es intentar proyectar los crímenes y pecados propios o de los antepasados
en contra de sus víctimas, especialmente por el hecho de que la indiferencia y
en ocasiones el colaboracionismo de los pueblos europeos, tanto ocupados como
asediados por los nazis, hicieron tanto o más que las balas, el gas y los
trabajos forzados para virtualmente exterminar a los judíos europeos.
También hay que tener en cuenta que muchos bancos europeos
se enriquecieron con el saqueo de cientos de miles de familias judías
despojadas de sus vidas y bienes (desde obras de arte hasta el oro de sus
dientes) y enviadas a morir. Todo esto constituye un crimen colectivo que
señala inequívocamente a los pueblos de Europa, de modo que los voceros de este
culpable subconsciente colectivo aseveran que el Holocausto es una ficción
histórica, un “mito de viejas”, inventado por la conspiración judía
internacional cuyo bastión “colonialista” es Israel.
En una cosa concuerdo con los negadores del Holocausto, y
es que hay mitos acerca del mismo. Que hayan muerto seis millones de judíos es
debatible. Debatible el número de almas, no el hecho en sí. Esta famosa cifra
es una estimación hecha en Nuremberg con base en los documentos nazis (muy
meticulosos por cierto), los testimonios de las cabezas y verdugos del régimen
y los censos nacionales de los habitantes judíos de la época. La estimación más
precisa en dicho juicio fue de 5,7 millones (para ser mas exactos, 5,721.500),
aunque algunos estudiosos serios de la época pensaban que este número era
exagerado y lo estimaron en “solo” 4,5 millones(1).
Ignoro si estas cifras “conservadoras” incluyen únicamente
a los que murieron en los campos de concentración, o si incluye el exterminio in
situ de poblaciones enteras a medida que el ejército alemán iba avanzando
en Europa del Este y las SS matando a granel. También habría que incluir la
destrucción de todos los guetos en las ciudades europeas, donde los que no
murieron en los asedios terminaron en las listas de Treblinka, Auschwitz,
Sobibor, Dachau y Bergen-Belsen. Tras la disolución de la URSS y la
disponibilidad de los archivos comunistas, algunos investigadores rusos han
opinado que la cifra se aproxima más a los siete millones, vista la masacre
nazi en ese territorio y la alta proporción de judíos que componían la
población soviética. Cualquiera sea la cifra que se maneje, más de dos tercios
de los judíos de Europa fueron asesinados.
Otro mito común, o más bien una verdad a medias, es que la
matanza industrial de los nazis solo haya sido dirigida contra los judíos. Esto
constituye un falso argumento para desvirtuar la naturaleza del crimen,
aduciendo que los judíos secuestraron propagandísticamente la tragedia europea
en su “beneficio” exclusivo. Pongamos las cosas en perspectiva. Los judíos eran
el grupo más odiado de los untermeschen, los “seres inferiores”, que
incluían a todos los pueblos, eslavos o no, desde Polonia hasta Siberia. Lo que
sí es cierto es que la maquinaria industrial de muerte fue concebida para dar
solución al “problema judío” y luego aprovechada para otros grupos (opositores
políticos, gitanos, prisioneros de guerra, enfermos mentales, homosexuales,
etc). De hecho, el primer gaseamiento en Auschwitz resultó en la muerte de 850
prisioneros de guerra rusos “a manera experimental”.
Los muertos eslavos “no asimilables”, que incluyen rusos,
polacos, checos, rumanos, etc., fueron de hecho la mayoría de los fallecidos en
batalla, pero desde el punto de vista del exterminio sistemático sus cifras
palidecen frente a la de los ejecutados judíos. De aproximadamente 5 millones
750 mil prisioneros rusos capturados por los alemanes durante toda la guerra
(no se sabe cuántos de estos soldados comunistas eran judíos), algo más de dos
millones sobrevivieron al trabajo forzado en las fábricas de armamento alemanas
y los campos de muerte hasta la liberación de Europa. Cerca de diez millones de
rusos murieron en combate y muchos de estos civiles, soldados soviéticos y
milicianos eran, de hecho, judíos.
Quien dude
de la existencia de los Vernichtungslager (campos de muerte) solo tiene
que darse una vuelta por Polonia y caminar sobre cenizas humanas de varios
metros de profundidad en los alrededores de Treblinka (sí, metros) o en los
pantanos cercanos a Auschwitz. Para los que tengan dudas, las pruebas de ADN
son ampliamente disponibles. Por otra parte le
pueden preguntar al Papa Karol
Wojtyla, quien es polaco, vivió la época y visitó Auschwitz hace
algunos años, imaginamos a modo de expiación.
Los victoriosos aliados sacudieron la negación de los
pueblos europeos, al llevar a los ciudadanos comunes para que presenciaran y
olieran la obra de sus líderes. Ciudadanos alemanes y de otras nacionalidades
fueron llevados a los campos de exterminio para que se pasearan junto a los
cadáveres de miles de prisioneros, de todas las edades, producto de la “solución
final” y de su indiferencia.
¿Por qué son evidentes estos hechos? Sencillo. Todos los
discursos de Hitler, Himmler, Goebbels, Heydrich, Eichmann, Goering y otros
están documentados. Las órdenes para los jefes de los campos de muerte también
están a buen recaudo. Los registros de ejecuciones en los campos de exterminio,
la compra de materiales para la construcción de cámaras de gas y hornos
crematorios, del gas ZyklonB(2) (provisto en toneladas por
las compañías Tesch & Stabenow de Hamburgo y la Sociedad Degesch de
Dessau), los itinerarios de los trenes, el número, sexo y edad de judíos
deportados, todo... todo está documentado, incluso en primitivas tarjetas
perforadas de la IBM. Las fotos y filmaciones de las ejecuciones y las
condiciones de “vida” en los campos, hechas clandestinamente o por los propios
perpetradores y confiscadas durante la liberación de los campos por los
aliados, son del dominio público. Todos estos documentos están en los archivos
del Tribunal de Nuremberg, en el Archivo Nacional de Washington D.C., en el
Imperial War Museum y en el Memorial Yad Vashem de Jerusalem, entre otros.
¿Dónde radica el peligro de negar, o peor aún, trivializar
estos hechos ocurridos hace más de medio siglo y de permitir que se haga
falseando la historia, nos afecte o no? Es una especie común que los
conciudadanos alemanes y europeos no estaban al tanto de que semejante crimen
se estuviera cometiendo. Una cosa es no querer creerlo, y otra cosa es no
saberlo. Visto todo esto, se entiende que algunos quieran negar lo ocurrido...
¡Pero cuidado! La seudo-historia de los culpables puede
volver a convertirlos en criminales. ¿A quién le tocará ser la víctima en un
futuro impensable? ¿Otra vez los judíos y los eslavos? ¿En América o en Israel?
¿O serán exterminados los musulmanes, latinoamericanos o chinos? ¿Seremos
cómplices o indiferentes? ¿...O víctimas?
Me gustaría
cerrar con una cita de Eric Hoffer(3), que en sí misma
encierra un dilema y una advertencia: “El intento de justificar una acción maligna quizás
tenga efectos más perniciosos que el propio mal. La justificación de un crimen
del pasado es la semilla y el aliento de futuros crímenes. Más aún, la
repetición de un crimen es a veces parte de una forma de justificación; lo
hacemos una y otra vez para convencer a los demás y a nosotros mismos de que es
algo corriente y no una barbaridad”. (The Passionate State of Mind. Nueva York:
Harper & Brothers, 1954.)
REFERENCIAS
Reitlinger G. 1953. The Final Solution-The attempt to exterminate the
Jews of Europe, 1939-1945. Beechhurst Press. New York.
Rutherford, W. 1979. Genocidio: La persecución y
exterminio judío: 1939-45. Historia del Siglo de la Violencia. Conflicto
Humano Nº 1. Editorial San Martín, Madrid, España. 160 p.
Shirer, W.L. 1962. Auge y caída del III Reich. Tomo
2. Luis De Caralt (Ed.) Barcelona, España.
Notas al
pie:
(1)
Reitlinger G. 1953.
(2)
Ácido prúsico cristalizado, el cual al contacto con el aire genera
cianuro de hidrógeno, originalmente utilizado como raticida.
(3) Sicólogo y
filosofo social, primero en reconocer la alienación social y la falta de
autoestima como causantes de que la gente se rinda al fanatismo para dar
significado a vidas sin propósito aparente.