La necesidad de ser racional

Ricardo Babarro

 

No querido lector, no se deje impresionar por el título. No se trata de verter en este espacio toda una retahíla concerniente a los asuntos filosóficos y científicos de la conciencia, la racionalidad, la mente, y la trascendencia de todas ellas.

En realidad este pretende ser un enfoque un tanto más pedestre, sin estar iluminado por las bondades de la erudición, del menos común de todos los sentidos, el sentido común; no por ordinario, sino por su presunta amplia distribución en las cabezas humanas.

Ese mismo sentido común, que nos dice que no debemos saltar de un avión sin ser los afortunados poseedores de al menos un paracaídas, el mismo que nos dice que robar a nuestros vecinos o matar a nuestros hijos es malo, independientemente que sea ilegal.

Para los que conocen un poco la materia, entre los que no me cuento, tampoco pretendo hacer una disertación sobre relativismo ético ni sobre moral natural, así que volvamos al título y hagamos una pregunta retrospectiva.

¿Es necesaria la racionalidad? Para aquellos que tienen una “visión integral del ser humano” (con énfasis en las comillas), desde humanistas académicos hasta simples charlatanes, la racionalidad, más que una ventaja, es una “limitación” del espíritu humano (ente sospechado mas no demostrado). Esta respuesta, tan “holística”, suele ser obvia consecuencia del desconocimiento del término racionalidad y en qué se basa.

El pensamiento racional puede definirse con cruda simplicidad, como aquel “basado en reglas objetivas”, y simplemente constituye un modo (dentro de los límites de objetividad de los sentidos y la mente), mediante el cual el ser humano interpreta, evalúa y da explicaciones a los fenómenos naturales y sus relaciones de causa y efecto. Esta definición parecerá terriblemente reducida y dura. En efecto lo es, pero la racionalidad debe cumplir al menos con esa condición para ser tenida como tal. Si se demuestra suficientemente que una hipótesis, universalmente aceptada por siglos, es errónea, aunque haya sido postulada por un genio de la humanidad, es sustituida sobre la base de la nueva evidencia. La ciencia es el único cuerpo de pensamiento humano en el que las “autoridades” y sus principios están sujetos a validación.

Siendo muy poco cálida esta aproximación al conocimiento, “¿cuál es la necesidad de ser racional?. ¿No es mejor tener una mente abierta y amplia, ya que cualquier cosa es posible? Que los científicos sean racionales, yo prefiero creer”.

No hay nada incompatible entre la racionalidad y las visiones personales, las ideas locas o la intuición. De hecho, producto de la reflexión racional (siempre racional) ese “no sé qué” que uno lleva por dentro, conocido como intuición, ha producido algunas de las joyas más perdurables y trascendentes del conocimiento humano. Por ejemplo a partir de los estudios astrofísicos han cobrado vida y validez las imágenes poéticas más bellas. En efecto “somos polvo de estrellas”; científicamente comprobado.

El peligro se presenta cuando la credulidad y la mente abierta se retroalimentan. No se trata de negar a priori creencias o hipótesis poco convencionales, ya que esto sería muy poco racional, pero creer a priori es aún más irracional, si ello es posible.

Todo esto nos lleva, por fin, a una consideración pragmática del asunto. Planteemos una situación hipotética. Usted se encuentra gravemente enfermo, digamos, de algo contundente, cáncer terminal en los huesos. Un iluminado de la salud (médico frustrado transformado en homeópata hinduista, mecánico transfigurado en brujo o cualquier metamorfosis que prefiera) garantiza que sus brebajes de hierbas secretas pueden ayudar a salvar su vida, o al menos a prolongarla. Por supuesto, en medio de la desesperación y el dolor físico usted se entrega a las manos del paladín de la medicina alternativa y se toma cuanto menjurje le proporciona.

¡Claro! Nada en esta vida es gratis. Una platica para el santo, otra para comprar pócimas y hierbas, y finalmente un poco más para las oraciones. No hay cura milagrosa sin oraciones.

Su familia se desvive para ganar ese dinerito con la misma esperanza que usted lo gasta.

Después de digamos un tiempo prudencial (6 meses) y mucho dinero circulante entre sus manos y las del charlatán, usted muere, como de hecho iba a morir, en un hospital, sufriendo el dolor que solo un cáncer óseo puede producir.

Además, dejó a sus seres queridos destruidos moralmente y fuertemente endeudados (literalmente deudos) de las falsas esperanzas. Todavía le debe al iluminado, la última consulta post mortem.

Si usted hubiera sido racional ¿qué hubiera cambiado? Igual hubiera muerto, quizás en menos tiempo, quizás en más. ¿Qué importa?

Claro que importa, por lo siguiente:

1. No hubiera alimentado a un vampiro de almas, para que siguiera destruyendo las vidas y esperanzas de otras gentes.

2. Los doctores, impotentes ante la inexistencia de una cura a tan infeliz mal, le hubieran ayudado a sobrellevar la realidad, y a que ese paso, la muerte, fuera lo menos traumático posible. Ya se descubrirá un tratamiento, pero no en su época, quizá en la de sus hijos.

3. Su familia, a pesar de que tuvo que pagar un costoso tratamiento médico, quizá más caro que el del brujo, nunca gastó una moneda en falsas esperanzas.

4. Finalmente y no menos importante, al ayudarlo a bien morir, con el nada despreciable auxilio de la morfina y un sacerdote de la fe que le enseñó su mamá, su familia no sufriría la desesperanza y el amargo dolor producto de la pérdida instantánea de la ilusión y de la fe.

Es extraño, pero entre leer todos los días el horóscopo y el panorama hipotético que acabamos de pintar no hay mucha diferencia. Charlatanería es solo eso, charlatanería.

Si solo se trata de ideas locas, quizás sea buena poesía; pero cuando se aprovechan del dolor humano para obtener lucro de los más ignorantes, eso sí nos debe mover a la acción.

La ignorancia no está directamente relacionada con el nivel socioeconómico ni profesional; gente campesina cree en sus andrajosos milagreros, mientras que las “élites” financieras creen en gurús gerenciales con estudios de post-grado. Solo son niveles de ignorancia, no intensidades.

En la hora de la muerte todos somos algo irracionales, pero eso no es excusa para serlo en vida.

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