Estrella
por Roxana Reyes Santos
copyright@oo
Todas somos una aunque algunas lo nieguen…
Somos parte de una llamarada urgente
que vive, que late, que muere dentro de nosotras.
Nos corre por las venas, calcomiendo nuestras entrañas
y cuando envejecemos es la llama que nos mantiene vivas.
Mi madre me acusa de ser una inconsciente,
como si se pudieran dominar
los ardores del cuerpo, los malestares del alma, esta soledad que se convierte
en búsqueda ilusoria, este llamado
a convertirse en mujer, esta transformación misteriosa.
Tal vez mamá olvidó su camino al saberse
abandonada de ilusiones. Tal vez los ojos
se le llenaron de años, envejeciéndole las ideas.
No sé si alguna vez la consideraron afortunada en el amor,
ante mis ojos de niña la vi perderse en los prejuicios sociales,
el qué dirán de los demás, los brazos fríos de su cruel amante,
la carga injusta de demasiadas bocas hambrientas,
los pechos secos porque ya no quedaba nada que dar…
Pienso que ahora es mi turno ante la vida.
He vivido demasiado tiempo a la sombra
de otras ideas, a la sombra de los brazos sobreprotectores de la abuela,
el abuelo, mi padre y otros tantos que me miran
como si mi piel aun tuviera cinco años de inocencias.
No se dieron cuenta que en mí se cuajaban mis propias ideas,
mis propios sueños, las más ocurrentes fantasías, dignas del relato
de las más famosas escritoras.
No se dieron cuenta que ante el golpe devastador de las experiencias vividas,
mi niña se alejaba y al acercarse, regresaba con un rostro nuevo,
endurecido ante la injusticia pero dispuesto a enfrentarse
con una fuerza desconocida a cuanto obstáculo se le interpusiera.
En las entrañas llevo el beso de mi amante, nuevo, único,
formado por este amor que nos transforma,
que nos crece en el cuerpo, por el alma, por los labios.
Los temores me sobrecogen por instantes y la voz del qué dirán
me sacude las esperanzas en las noches.
Se que otras han recorrido este camino y supongo que su fuerza
me llega a la piel y es así como me levanto.
Los altares me parecen ajenos a esta realidad que me alcanza.
Llegué a pensar que yo no era digna de un traje de novia blanco.
Pero…¿Qué me han dado los hombres para dejarme acusar de su injusticia?
¿A qué voz me debo? ¿He de ser yo mi propio fiscal y el mundo mi juez…?
¿Quién ha determinado los derechos de cada ser humano en esta tierra?
He decidido abrazar mis temores, enfrentarme a las voces que me acusan
y decirles que odio todo lo que representan y que mi amor por mí misma
y mi esperanza ante esta nueva existencia es más fuerte
que todas las imposiciones hipócritas de la sociedad donde vivo.
Miro mi cuerpo transformado en estrella, me brillan los pezones
con una luz distinta y mi vientre va cobrando
una forma de pétalos perfumados, aun mi rostro sonrie
con un matiz diferente. Serán mis propios sueños que renacen,
será mi propia vida que comienza en alas de otra vida.
Será que me despojo de todo lo que me asfixia,
de todo sentimiento de rebeldía para hacerme libre, para amarme
y amar en libertad consciente, para caminar
mi propio destino y abrazar mi propio sendero.
Escucho mi nombre, susurro en el viento,
me inunda una paz nueva, un saber de estar
en el lugar al que pertenezco. Escucho mi nombre con una claridad única,
con una firmeza que ahora le distingue…Estrella, Estrella…
viernes, 25 de febrero de 2000
copyright@98
Adelaida la loca le decían. La loca, la loca…
Calle arriba por los estrechos callejones cubiertos
de adoquínes grises y calle abajo por los caminos
inescrutables de las mentes sin nombre.
Su rostro curtido por las muchas madrugadas
amanecida de cara al sol y las muchas tardes
dormida entre periódicos mojados
sobre un banco de la plaza de armas,
opacaron sus facciones una vez casi hermosas.
El cuerpo le oprimía la sangre
y su pecho una vez erguido, yacía colgado
sobre su vientre sin ningún
sostén que ocultara sus oscuros pezones.
¡Qué maraña de greñas le cubría la espalda!
Greñas grises y opacas por el polvo que
recogía día a día sobre su cabeza.
Y una vez, una vez su pelo fue negro
como el ébano y sus ojos ahora muertos,
vivarachos como una noche de fiesta en
la calle San Sebastián. Pero de aquella
Adelaida solo quedaban los recuerdos internos
que a nadie importaban y que nadie conocía.
Los techos de las casitas de la Perla,
se mojaban con la bruma de la playa.
En el barrio los viejos edificios de concreto grisáceo
y casas vestidas de verdes y azules,
se hundían en el mar que les rodeaba,
orgullosas por sus años dibujados en los muros
de piedra que rodean el San Juan
de los pobres y el San Juan de los ricos.
Se sentaba a la orilla del mar,
cercano a la Perla, cada tarde
y allí se mojaba los pies y la cara
y jugaba con las olas, las únicas amigas
que aún acariciaban su piel marchita.
“Una vez amé a un hombre,
yo era tan linda me decía,
me acariciaba los rizos, me besaba el cuello.
Me decía: “Adoro tu perfume, hueles
a buena hembra, a flor de los campos,
mi flor silvestre…”y me besaba los labios…
Yo era toda una damita, cantaba
en las fiestas de reyes, en las misas de gallo.
Mi madre ya viuda me cuidaba tanto…
pero yo quize amar a pesar de
sus consejos y él, él que me dijo que me amaba,
me pidió que me fuera con él una tarde
de soles, que se casaría conmigo,
que me daría su nombre y no me faltaría nada.
Me marché de mi casa no sin antes dejar una carta,
una carta sin valor ninguno, una carta no puede
aliviar una pena tan grande.
Me llevó a una casa en una montaña y allí sola,
sin amigos ni familiares cercanos,
viví el cielo y el infierno en carne propia.
Se volvió un despota, un tirano,
olvidó los besos y las caricias
y me tomaba como se toman las bestias.
Al fin me llenó el vientre de un hijo…
un hijo, mi hijo. Nació de milagro porque
yo me encontraba muy débil y solo dejó que
mi vieja me cuidara por unas dos semanas,
al cabo de las cuáles me dejó como siempre,
con mi cruz, mi soledad.
Cuando el niño tenía 6 años me dijo que iría
con él a Madrid, para que conociera
a sus abuelos. Le rogué que me llevara,
me arrastré ante sus pies malditos.
Cristobal lloró entre mis brazos
porque no quería irse sin su mamita y él
le dió una bofetada y le gritó: ¡Los hombres no lloran!
Se fueron y me dejó en la casa de mi viejita
que para ese entónces se hayaba muy enferma.
Al cabo de 2 meses mi madre murió dejándome
más sola que nunca. Pasaron 7 meses, ni una carta,
9, 11, más de un año, nada.
Sin mi hijo, sin dinero,
las fuerzas se me iban y la pena
me cayó sobre el alma como cae la noche,
así de certera, así de continua.
Olvidé mi nombre, el nombre del hombre
que besaba mi cuello, solo quedó
el recuerdo de mi niño llamándome “Mamita”.
Cuando abrí mis ojos, la enfermera
me informó que era hora de irme. ¿A dónde?, pregunté.
A tu casa, me dijo. …Mi casa, mi casa…
¿Dónde está mi casa? Mi casa es el mar,
las calles, los bancos, las esquinas.
Si como estoy bien y si no, nada importa…
Una vez me llamaron “linda”…”
Adelaida le gritaban, Adelaida la loca
y ella seguía su camino, ignorando las voces que
intentaban inutilmente de llegar hasta su mente ensombrecida.
Sus pies seguían los pasos de las olas y solo
veía a un niño de 6 años y una voz que llegaba
como un eco en letanía… “Mamita, mamita, mamita…”
Cuentan que las olas inmensas del mar en medio
de un huracán, ocultaron de un golpe,
el cuerpo frágil de Adelaida, pero nadie
conocía sus recuerdos… nadie lloró por su hijo huerfano,
por las lágrimas del pasado, nadie buscó
a Adelaida debajo de los periódicos del banco de la plaza.
Dicen que en las tardes, a la orilla del mar
cercano a la Perla, se vé una mujer muy linda
jugueteando con las olas y mojándose la cara.
Roxana Reyes Santos
20-diciembre-98
Esta página está en continua construcción.
De copiar algun cuento debe darle reconocimiento
a la autora y utilizar su copia para su lectura personal.
La publicación de este cuento u otro escrito de esta autora
está prohibida sin su debida autorización.
Gracias,
Roxana Reyes Santos, Oceanrain.