[m a l a c a n d r a]

Tercero

por Sergio Fombona <sfombona@yahoo.com.ar>
Músico y escritor argentino. El cuento "Tercero" ha obtenido el cuarto premio en el Concurso Nacional "Enrique Pezzoni" en la categoría cuento, otorgado por la secretaría de extensión universitaria y bienestar estudiantil, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, en el año 1993. Pertenece al libro de relatos La vida muerde, de próxima aparición.



Se podía comprobar en la piel el castigo del verano, y Lorenzo dejaba a oscuras las habitaciones para tomar fresco en el balconcito bordeado de plantas. Su calle poco transitada cortaba la avenida, donde despuntaban rieles de tranvía que otrora pasaron frente a la iglesia y el populoso cine Arizona, convertido en supermercado. Descansando en la baranda veía circular solitarios autos, comparaba sus escapes tóxicos con las nubes espesas y amenazantes, en firme intento por resistir el resplandor lunar. "Nubes de mierda", quiso gritar pero le faltó coraje, a pesar de, presuntamente, no haber nadie a la vista. Conservaba una creencia boba, de chico lo había trastornado pensar que las mismas nubes giraban desde el origen del planeta; "las mismas de siempre", murmuró, repasando hechos célebres de la historia universal, y clavándole los ojos a la más grande sintió miedo, un miedo tácito, perduraba hasta hoy, sin sentido. Todo ocurría como un juego: la incógnita planteada por esa mujer, su andar noche tras noche por el frontispicio de la antigua iglesia. Al verla le pareció salida de un velorio, se detuvo para persignarse cuando el carillón señalaba media noche, retirándose con el campanazo final. Iba a cruzar su calle, bajo la luz de mercurio notó una cruz dorada sobre su pecho, un vivo fulgor lo encandilaba y se perdía en los plomizos baldosones. Esa insólita conducta, al tercer día, la atribuyó al cumplimiento de una promesa, aunque a la semana ya lo había desestimado. En ningún momento la juzgó tan ridícula para dejarse impulsar por esas prácticas, además se trataba de una muchacha de veintipico de años, y el ejercicio de repetir amenes en diaria asistencia a misa era atribuible a los caducos, ansiosos de ganar el cielo antes del último aliento. Después no importaba el motivo, solía esperarla, verificar su itinerario, "lleva el vestido largo", aseguraba encogiendo los hombros, viendo su mano blanca recoger la falda, las crenchas de pelo rubio anudadas bajo la nuca, el rostro abotagado de rasgos eslavos. Como quien aguarda el inicio de una tira televisiva, Lorenzo se asomaba al balcón enseguida de cenar, chupando pastillas de limón. Así se articulaban los hechos, desde esa lógica que no usó para bucear en la sofocante penumbra, encender luces, abrir la novela, internarse en ese otro mundo ilusorio, comparable al de todos los días.

La noche siguiente, librado al azar del juego que había decidido inventar, con un cosquilleo enmarcó aquel rostro en la memoria, yendo más allá de su hipotético placer artístico, dada su afición. Las manos sudadas aprestaban la Minolta enfocando el zoom a un lugar neutro, limpiando la lente, revisando el rollo, y algo excitado se la colgó al cuello, avanzó descalzo hacia el balcón, el torso desnudo. Le temblaron las manos y al secárselas cayó en la cuenta que las agujas del reloj de la torre intentaban unirse. Esa noche era casi calcada de la anterior, a través del visor procuraba encuadrar cada centímetro, respetando los escaques de su diagramada locura. Con el primer campanazo la Minolta se le resbaló, "para qué me meto en este embrollo, quién me manda, si es más fácil escrachar ronroneantes guardianes de Dios, Preponas antimaches en las copas de los árboles o lo de costumbre, mocosos con cara de cumpleaños infeliz..., eso me queda". La barajó. Ya iban cinco campanadas cuando vio venir a la mujer. Mecánicamente se puso a calibrar el objetivo, el índice derecho vacilaba subido al disparador, pensó en la fotometría suponiendo que con flash y luz ambiente sobraba, también calculó que restaban diez en el rollo y palpitante, haciendo la suma de las campanadas, bajo el rumor de sus pasos, abrió fuego. Supuso que no lo había visto, escudado tras la cámara y el marco sombrío de su calle, aunque retrocedió al dar el último clic, advirtiendo en su movimiento reflejo de un temor incomprensible. Prendió, apagó luces recostándose en la cama. Se corporizó en helecho, triste en su apacible rincón. Encendió una lámpara acomodándose sobre la alfombra de espaldas a la pared. Por último abrió el libro, retomando la lectura en la parte donde había colocado la tarjeta de una funeraria, justo al principio del capítulo tercero. En aquel hotel el silencio era imponente; afuera, la penumbra cubría una espesa llovizna, zanjas en el lodo que sólo iluminaban los faroles de escasos coches con viajeros. El padre Glovery se quitó la sotana como despojándose de un trozo de sí mismo, todavía recordaba impresionado la rigidez del joven cadáver de esa tarde, cuidadosamente la dobló en dos y extendió al extremo del lecho, y una vez de asearse con agua limpia de la jarra, se recostó entre mantas tan rígidas como el recuerdo. Mientras acercaba la lámpara, subiendo al máximo el mechero, le pareció oír pasos y aventuró que provenían de la escalera al fondo del extenso corredor. Abrió el libro en la parte marcada por una pluma de codorniz, tratando con excesivo cuidado aquellas hojas amarillentas de la leyenda negra, que había empezado a leer en el agotador viaje. El calabozo ofrecía una atmósfera pestilente, apenas si lograba estirar las piernas, sentada en el suelo cubierto por paja. Su memoria se empeñaba en volver a esa mañana, los blancos corceles llegados del septentrión bufando bajo la nevisca, el rojo dramático de las cruces gamadas, a modo de herida de cuervo, cosidas en monturas y capas. Le pesaba la nuca como en instancias de aquel juicio por herejía; sus torvas miradas, la presión constante de falsos comentarios, anteriores y ulteriores a la fatídica llegada de los jueces eclesiásticos. Una gruesa pared, a través de un pequeño orificio en lo alto, comunicaba umbilicalmente con el afuera, un afuera con tímido sol que jamás disfrutaría, un afuera inescrupuloso, de donde debía olvidar a la bulliciosa caterva agolpándose en nombre de la fe. Por primera vez la habían sentado en el banquillo de los acusados, pero ya desde el sorpresivo deceso de su madre los propios aldeanos la observaban con recelo y nadie le dirigía la palabra. A lo largo y a lo ancho voceaban rumores sobre sus sorprendentes poderes mágicos desplegados en prácticas macabras, hechizos, entrega de almas jóvenes. Leía el gastado escrito, oyendo aquellas suelas avanzar por los tirantes del corredor. Los pasos, lentísimos, daban la impresión de que no eran naturales, se diferenciaban de los del chico que había cargado el equipaje. Por la debilidad de las pisadas, si bien no escuchaba el roce de la falda, el padre Glovery tuvo el convencimiento que se trataba de una mujer intentando disimular su presencia, y le vino a la mente una figura de ramera encaminándose hacia algún tabuco lindero. Con mano trémula tomó su cruz dorada y la besó, luego se santiguó fervorosamente. Sólo quedaba recordar, estirar las horas hasta el amanecer postrero, los brazos abrigando las piernas, el rostro oculto entre las rodillas, viendo afirmar a rostros embozados, pálidos rostros molestos, satisfechos en vísperas de la sentencia. Un portazo interrumpió su letanía, fue arrastrada, conducida por rocosos pasillos, como mártir cristiana rumbo a la arena central del Coliseo... Lorenzo escuchó varios disparos y el libro se le escabulló. Fue bajar la persiana imaginando una cupé Taunus con doble caño de escape, risas flacas de muchachos turbando una madrugada de miércoles, y le vinieron recuerdos, mil farras, bailes en clubes de barrio, y no faltó a la cita aquella morocha de Pilar... Levantó el libro de la alfombra, repasando páginas buscaba donde se había interrumpido, pero triunfó la melancolía, ese mal disimulado afecto, que no iba a superar con descanso.

A su regreso, las nubes de siempre se habían tornado color salmón; demoraba en el estudio fotográfico, entonces se dedicó a averiguar acerca de novedades en fotocromía, hasta que el empleado, entregándole un sobre de papel, le dijo que habían salido todas bien. Caminó media cuadra y subió la escalera manteniendo el suspenso, necesitaba esa emoción tanto como buena luz y lupa; se pegó una ducha, preparó la cena, y frente al zumbante ventiladorcito puesto en forma estratégica sudó viendo la inaguantable sucesión de pequeñas caras sonrientes, cínicas en su inocencia, al principio convenciéndose del toque de profesionalismo con el que había encarado esos últimos trabajos, pero enseguida le quemaron los dedos por encontrar las que justificaban el rollo. Sintió una sensación similar a la angustia, no entendía; será posible, si la película y el flash son los indicados, si hasta se nota el brillo de los adoquines..., evitó afligirse, lo volvería a intentar esa noche. Era temprano, desenvolvió el rollo a estrenar y cargando la cámara con nerviosismo le pasó la franela. Seguía siendo temprano. Convencido de que semejante anomalía nunca se repetiría dos veces, confiado en su eficacia, la dejó en el sillón. Tomó la novela y al sacar la tarjeta recordó el hilo del relato. Al fin, observando cómo lamían su cuerpo las llamaradas de fuego, empezó a gritar, con una voz que le desgarraba la garganta, el alma, las primeras frases del padre nuestro. Los pasos se fueron apagando, pasando inadvertidos para el padre, hasta que llamaron a su puerta. Parpadeó incrédulo, no esperaba a nadie.

-¿Quién es?

Disminuyó la llama poniendo la habitación en penumbra.

-Por favor, responda.

Calculó que debían estar encendidas las lámparas del corredor. Se acostó inclinando la cabeza para ver esa apenas perceptible sombra de los pies. Insistieron con tres golpecitos. Guardando silencio dejó pasar unos minutos. Después juntó las palmas de las manos, llevó las puntas de los dedos a los labios, e inmediatamente de una brevísima inhalación, se entregó por completo al rezo. Lorenzo tuvo la firme percepción de que golpeaban. Recién las once, dijo en voz alta, masticaba bronca por haberse quedado sin caramelos. Se vistió ligero, bajando la empinada escalera con aire de cumbre, para salir a la calle. Al mirar el turbio cielo que no le perdía pisada, murmuró: "noche mezquina, ni luna hay"; en el ambiente flotaba inevitable olor a nafta. Volviendo del quiosco, se vio tentado a cumplir el itinerario de la mujer. Se sentía estúpido estudiando la simetría de los baldosones, cordón y bocacalle, pero lo demoró pensar en la devoción, en la manía que movilizaban a esa pobre diabla. Superada la adolescencia, para Lorenzo la fotografía había dejado de ser un pasatiempo, no obstante tampoco se consideraba profesional, en realidad le gustaba llamarse a sí mismo garabateador de estímulos, retratante de cuadritos sempiternos como nubes que jamás lo incluían. De pie en el balcón, chupando una pastilla, se colgó la Minolta del cuello. Apoyado en la baranda de hierro curvo, contemplaba cómo las sesudas y estáticas nubes se empeñaban en ser testigos de que el mundo nunca se detenía, de que las rosas se marchitaban tanto como los lirios, los sueños, las mentiras, la vida. Lorenzo sospechó que ocurría algo más allá de sus posibilidades de entendimiento al dirigir la mirada hacia la torre, porque las flechas del reloj marcaban las doce y diez. Con plena consciencia de que el carillón en ningún momento había sonado, retrocedió al amparo umbroso de la habitación. Respirando profundamente, supo que el fracaso otra vez se le plantaba al lado, acaso para indicarle que nada era improvisado. La noche espejada y calurosa, el barrio silente, lo mostraban perdido en erráticos pensamientos, como una foto del desconsuelo, rendido, ante la tensa serenidad.



malacandra, Año 7, Número 18, octubre 2004

15/10/2004
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