[m a l a c a n d r a]

Meditaciones desde el mundo subterráneo

Por Mauro Gil y Arce

(Especial para Malacandra)
Ferviente defensor de las tesis de Heidegger inherentes a la técnica, el evasivo M. G. y A. ha sostenido reiteradamente el paradójico carácter ‘anticientífico’ de la mejor ciencia ficción e insiste ver en ella un ‘contradiscurso’ necesario en relación a la racionalidad omnipresente. Oriundo de Banfield, ciudad por la que siente un hondo afecto y de la que prácticamente no sale, se ha negado sistemáticamente a publicar. El breve texto que a continuación reproducimos se origina en la reconstrucción llevada a cabo por Andrés Fernández de Basoa, amigo íntimo del autor y frecuentador también él de la ciencia ficción, a partir de segmentos de una extensa charla tenida por ambos.



   De Sydney Fowler Wright (1874-1965) ha dicho Sprague de Camp que fue "una suerte de Wells anticientífico, triste y aristocrático". A su turno, Pablo Cappana indicó que "alternaba la traducción de la Divina Comedia con las novelas policiales y la cf de un tipo peculiar, post-romántico", para concluir: "su obra maestra es El mundo subterráneo (1929), un ‘descenso a los infiernos’ presentado como si fuese un viaje al futuro".

Everett F. Bleier, por su lado, precisa la situación del texto cuando escribe que "es justamente famoso como el más sobresaliente de los libros de ciencia-ficción escritos entre las primera novelas imaginativas de H. G. Wells y las historias del futuro de Olaf Stapledon". Tampoco August Derleth ahorra elogios: la juzga "una de las más grandes novelas en su género, una de las pocas genuinas contribuciones a la literatura fantástica y al especializado campo de la ciencia ficción".

Ciertamente, las vicisitudes de un habitante de comienzos del siglo XX en el lejanísimo futuro terrestre, resultan un excelente pretexto no tanto para que el autor se explaye en los pormenores de increíbles peripecias (que las hay), sino para el implacable escrutinio, acometido desde un punto de vista que la abrumadora distancia temporal consiente, de los fundamentos -endebles- de nuestra civilización. No es de extrañar, entonces, que sea precisamente el lenguaje en tanto vehículo del pensamiento racional y, por ende, basamento del edificio del conocimiento, aquello que la novela obstinadamente revise y ponga, una vez y otra, bajo la lente del más severo enjuiciamiento.

El mundo subterráneo representa, si no el primero, uno de los primeros abordajes serios en el campo de la cf del complejo problema del lenguaje, cuando de transmitir cosmovisiones de culturas del todo ajenas a la nuestra se trata. Así, el viajero del tiempo se contacta con los miembros de una civilización superior que mora en la superficie de esa tierra futura, los Anfibios, los cuales no poseen una lengua articulada sino que se comunican mentalmente. Si bien a primera vista la salida para lograr el intercambio entre seres de distintas especies pareciera fácil y, quizá, tramposa, no lo es. Las reflexiones de sesgo lingüístico y, sobre todo, orientadas discurrir acerca de la capacidad del lenguaje para dar cuenta de determinada realidad, campean a lo largo de toda la obra.

En efecto, una preocupación del viajero narrador resulta constante: ‘traducir’ por medio de su lengua los pensamientos que un miembro quizá femenino (aunque el sexo sea una distinción difusa entre ellos) del grupo anfibio que le sirve de guía y protector le transmite, como así también los pormenores de una realidad circundante plenamente ajenos a sus esquemas mentales e, incluso, perceptivos. La insuficiencia de aquélla resulta al respecto incontrovertible:

Advierto claramente en esta narración la pobreza de nombres propios, la falta de sonidos arbitrarios que designen especies o individuos; pero en realidad, y a no ser que los invente, no tengo nombres que ofrecer. Entre la comunicación mental y el lenguaje oral o escrito existe una diferencia obvia; los signos son imperativamente necesarios en los dos últimos, mientras que en el primero serían, más que inútiles, un impedimento. El pensamiento que lleva en sí la imagen del individuo y el lugar no necesita de signos. Sentí, sin embargo, la falta de esos signos, aun antes de narrar mis experiencias. En el uso constante del lenguaje hablado adquirimos, inevitablemente, el hábito de sustituir palabras por realidades, aun cuando pensamos a solas. En las mentes de los Anfibios no había nombres con que se designaran unos a otros, ni el más vago deseo de recurrir a tal método de identificación. Me acostumbré a esta omisión con dificultad, y soy totalmente conciente de la desventaja con que escribo (S. F. Wright, 1984: 85-86).

He aquí uno de los rasgos más perturbadores de ese mundo del futuro: la ausencia de signos. Y decimos perturbador en tanto son los signos, en grado creciente, los frágiles fundamentos de nuestra cultura moderna. Tanto más cuanto que su rasgo predominante es, precisamente, la arbitrariedad respecto de lo que significan.

Desde esta perspectiva, S. Fowler Wright desmonta nada menos que uno de los pilares de la cosmovisión contemporánea. Aquel que, desde las especulaciones de Nietzsche primero y Saussure después, abre la puerta al nihilismo a partir de la concepción del lenguaje (y el pensamiento) concebido a manera de construcción.

Por el contrario, al haber renunciado a los signos en favor de la representación mental directa que presupone la imagen pensada, los anfibios han logrado hacer coincidir la idea transmitida con su referente concreto. De ahí la ausencia de nombres, categorías, géneros y todo tipo de abstracciones. He aquí una de las marcas de la contundente impronta ‘anticientífica’ del autor.

De todos modos, la situación del narrador viajero, inevitablemente, se halla confinada en los espacios del metalenguaje, ya que el texto, por constituir una eminente producción de corte lingüístico, debe por fuerza tornar lenguaje aquello que no lo es para así poder llegar a instituirse como tal.

Novela eminentemente contemporánea, en ella ya no prevalece ningún tipo de confianza hacia el poder representativo y confiable de la lengua sino que, de continuo, duda, revisa y toma distancia de las palabras que la componen. En este sentido, no es exagerado afirmar que uno de los procedimientos mayormente reiterados en el texto es el de la paráfrasis.

He intentado trasladar aquellos pensamientos en palabras, pero no es fácil. Esta dificultad se acrecienta cuando se trata de nombres de personas o sitios. Pues es evidente que en el lenguaje del pensamiento no caben los nombres. El torpe auxilio de los nombres es algo propio del lenguaje articulado, y que Adán descubrió por vez primera cuando trató de comunicarse mediante sonidos. Consecuentemente, cuando escribo "Moradores" recurro a la palabra que me parece mejor para expresar una idea: la de una raza que domina la tierra –o una parte-, como los hombres dominan hoy las tierras civilizadas, y sin cuyo consentimiento ninguna otra criatura puede gozar de seguridad. Esta idea parecía implicar sutilmente, además, la sombra de algo que había obligado a estos seres a aliarse; pero esto, demasiado informe, no lo pude entender... (1984: 57).

Concebir el lenguaje a manera de producto ‘artificial’ y arbitrario de la expresión, implica, deliberadamente, la noción consecuente que hace del pensamiento una construcción ‘caprichosa’ de la conciencia.

La acompañante anfibio del viajero temporal en varias oportunidades le reprocha a aquél su costumbre de "inventar argumentos para una decisión que ya había tomado" (197). Radica en los propios hábitos intelectuales del hombre actual, entonces, el mayor enemigo de su visión racional y cientificista de mundo. Curiosa paradoja por la cual el método inductivo, al anteponer las conclusiones a las premisas que debieran conducir a ellas, representa en sí mismo la inversión palmaria de la causalidad, fundamento de la noción de progreso indefinido.

Parece (...) que tus métodos mentales y los míos no son muy similares. Cuando encuentro alguna dificultad, la examino sistemáticamente hasta agotarla. La conclusión puede retrasarse, pero una vez alcanzada es definitiva. Tú, en cambio, pareces elegir y hacer planes sin comprender claramente tus motivos –cuando los hay-, y eres incapaz, por la misma razón, de explicárselos a otro. Tu mente se consume así en propósitos indefinidos y en actos contradictorios e ineficaces. Hasta hay ocasiones en que ni la razón ni la voluntad parecen intervenir en tus actos, como si te hubieras rendido al cuerpo que habitas. (1984: 101).

Y agrega:

Me parece, además, que tus métodos de razonamiento inductivo, aunque insensatos, pueden ser más útiles en tu mundo, fluctuante y bárbaro, que en el nuestro. Y esos mismos métodos son, sin duda, más eficaces en tus manos que en las mías. (102).

Central como es para el pensamiento occidental moderno, la noción de progreso indefinido pareciera conformar, en efecto, uno de los temas centrales del texto. Por ello, si algo descubre el cronista durante su viaje es el carácter contingente y efímero de la civilización humana actual, la cual fue precedida por otras y, lo que es peor, será seguida por varias más en el decurso de los siguientes quinientos mil años.

Los tramos finales de la novela resultan, a este propósito, esclarecedores. Artículos de museo, apenas interesantes para la distraída observación de los Moradores del mundo subterráneo, están destinados a ser los hombres del lejano pasado (esto es, nosotros) y la civilización material de la cual tan orgullosos se muestran. Las máximas jactancias de la cultura occidental convertidas en una mera secuencia de piezas de museo y, lo que todavía parece más alarmante, emparejadas a manifestaciones y especimenes de humanidades anteriores y posteriores a la nuestra y de las cuales ni remotas noticias poseemos.

El recurso, no enteramente novedoso, constituye una reescritura -ampliada y sofisticada- del notable capítulo VIII de La máquina del tiempo, de H. G. Wells. En ambos casos, es la tesis evolucionista la que por los cuatro costados hace agua: los productos nacidos de la fe en el progreso sin límites e, incluso, sus propios hacedores, pasarán a ser en el marco de ese lejanísimo futuro, vetustas piezas saturadas de caducidad y poco menos que incomprensibles.

Será, en fin, la incesante y formidable acumulación de tiempo lo que torna fraudulento, a los ojos de quien examine retrospectivamente, cualquier atisbo ordenador basado en la causalidad:

Yo pensaba en la imagen de aquella criatura, de la que nada informaban huesos y fósiles, y que pertenecía, aparentemente, a un mundo anterior al mío. Pero quizá había aparecido después. Había habido tiempo para muchos cambios. (258).

Sin embargo, el explorador del futuro no se detiene allí. Abandonado finalmente por su acompañante y guía anfibio, seguirá avanzando en el laberíntico y acaso ilimitado reino subterráneo de los Moradores en busca de sus camaradas humanos previamente desaparecidos. Ignora que un postrero terror todavía lo aguarda: el destino de aquéllos e inclusive el propio (todos hombres modernos, blancos y prolijamente victorianos) resultará, en ese lejano mañana, ser idéntico al de las actuales ratas de laboratorio. En efecto, los gigantescos Moradores aprisionan con enormes pinzas y examinan -fríos, indiferentes, científicos- esos organismos para ellos deleznables bajo potentísimas lentes y a la luz de inimaginables reflectores que los tornan traslúcidos. En unos casos para ser desechados igual a desperdicios, en otros serán conservados en jaulas para posteriores estudios. En resumen: la reversión contundente y mordaz de las premisas y relaciones imperantes en el orbe regido por la razón cientificista y sus vanos delirios de omnipotencia tecnológica.

Así, el relator no se privará de constatar en el final lo anómalo del presente estado de cosas al ser mentalmente sondeado por viejísimos sabios Moradores. Y, seguramente, en esas líneas se halla sintetizada de manera cabal la desoladora cosmovisión de la novela:

(...) sus mentes no me dejarían hasta investigar la suciedad que cubre nuestros ríos, o la palidez de nuestros cielos manchados por el humo.

Veo ahora, como lo vieron ellos, la tristeza de las tierras baldías; la locura que deja secar nuestros campos, aunque el fantasma del hambre asome a diez años de distancia; la pestilencia de nuestras congestionadas ciudades; la insana adoración del movimiento que deja miles de heridos en calles y avenidas... (283)



Bibliografía
WRIGTH, Sydney Fowler
1984: El mundo subterráneo. Trad. de Luis Doménech. Bs. As., Minotauro.



malacandra, Año 7, Número 18, octubre 2004

15/10/2004
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