[m a l a c a n d r a]

Mary Shelley o el talento castigado

Mirta Hillen <mehillen@retemail.es>

Mirta Hillen (Tucumán, Argentina, 1961) es Licenciada y Master en Filosofía y traductora. Colaboradora de The Encyclopedia of Fantasy. Vive en Barcelona.

Hija de dos seres excepcionales, criada entre personajes míticos, con el talento para anticiparse a los hechos y la libertad de generar algo completamente nuevo, terminó como Prometeo: castigada por su audacia. Aunque parezca leyenda, ése puede ser el resumen de la vida de Mary Wollstonecraft Shelley.

Hace dos siglos, el 30 de agosto de 1797, nacía en Londres la única hija de Mary Wollstonecraft y William Godwin. Era un fruto de la razón ilustrada. Su madre buscaba la igualdad entre hombres y mujeres en la educación, el trabajo y la política. Con ese fin había escrito dos libros clave en el posterior movimiento feminista: Thoughts on the Education of Daughters (1787) y Vindicación de los derechos de la mujer (1792). William Godwin, el padre, era un reputado filósofo y periodista político partidario de la Ilustración y precursor del movimiento romanticista inglés, que proponía en sus escritos el ateísmo, el anarquismo y la libertad personal.

Venida al mundo durante el octavo año de la Revolución Francesa, la pequeña Godwin Wollstonecraft parecía tener un futuro de luces, pero una y otra vez las sombras lo tiñeron de negro. Su madre murió a los once días del parto, víctima de fiebre puerperal. Mary y su media hermana Fanny, la hija que Mary Wollstonecraft había tenido de una anterior relación en París, quedaron a cargo del inexperto Godwin. Al parecer, la crianza de las dos niñas lo agobiaban tanto que enseguida comenzó a buscarles una madre sustituta. Cuatro años más tarde se casó con su vecina Mary Jane Clairmont, viuda y con dos hijos.

La nueva señora Godwin y Mary nunca simpatizaron. La relación entre ellas se volvió cada vez más difícil y Mary mitigó la soledad de su infancia consagrándose a idolatrar la figura de su madre muerta. Desde niña su prodigiosa imaginación fue estimulada por las ideas y las aspiraciones de Godwin y de los intelectuales que frecuentaban su casa. A menudo Mary escuchaba en silencio las conversaciones políticas, filosóficas, científicas o literarias que su padre mantenía con los invitados. Dice la leyenda que tenía ocho años cuando escondida detrás de un sofá escuchó a Samuel Taylor Coleridge recitar La oda del viejo marinero, el poema que nunca olvidó y que la influiría en el momento de escribir Frankenstein.

Mary ni siquiera había cumplido 17 años cuando cometió un doble pecado: fugarse de casa y hacerlo con un hombre casado, el poeta romántico Percy Shelley. En la huida y el peregrinaje por Francia, Suiza, Alemania y Holanda los acompañó Jane Clairmont, la hermana adoptiva de Mary, pronto amante de Percy y ocasionalmente de Lord Byron. Pero la aventura sólo duró siete semanas; cuando se les acabó el dinero tuvieron que regresar a Londres, de donde se volverían a marchar dos años después.

La relación con Percy Shelley marcó a Mary para siempre. En los ocho años que estuvieron juntos vivió las experiencias más radicales y extremas. Disfrutó del amor correspondido, la alegría de crear y procrear, pero también descubrió el dolor y la impotencia que ocasiona la muerte. Una y otra vez sintió el tormento de la misma pregunta: ¿Podría ella generar vida o sólo muerte?

Lejos de casa y repudiada por su padre, a los dieciocho años Mary se convirtió en discípula de Shelley y en lectora aventajada de autores como Shakespeare, Milton, Rousseau, Mary Wollstonecraft, Godwin, Peacock, Goethe. Aprendió griego y llegó a dominar el latín, el francés y el italiano. También en ese período escribió y publicó anónimamente Frankenstein, su novela más famosa.

Pero la muerte no le dio tregua. Con 19 años y en el transcurso de pocos meses soportó dos suicidios: el de Fanny, su media hermana, y el de Harriet, la esposa de Percy, que estaba embarazada. En 1822, con 24 años, había perdido dos hijos pequeños y a Percy, ahogado en Livorno, Italia.

Viuda, sin dinero y con la responsabilidad de criar al único hijo que le quedaba, se vio en la necesidad de regresar a Londres. Dedicó los restantes 29 años de su vida a luchar contra los castigos de la sociedad victoriana, que no le perdonó su forma de ser ni su relación "indecente" con Shelley. Poco importaba que se hubiesen casado por la Iglesia a las dos semanas de enviudar Percy.

Aunque los tiempos han cambiado, la historia parece seguir castigando a Mary Shelley. ¿O Acaso subsiste algún malentendido? Cuando se habla de ella siempre se menciona la constelación de celebridades que la rodearon y nunca se deja de citar todas las deudas intelectuales contraídas en sus libros. No parece tener méritos propios. Sus hallazgos literarios siempre tienen un padre, a pesar de que su novela Frankenstein es la madre de un nuevo género literario, la ciencia ficción, y de que Mary Shelley es el primer escritor de ciencia ficción.

También el hecho de que los medios de comunicación y la gente común hayan atribuido erróneamente el nombre de Frankenstein al monstruo y no al creador del monstruo forma parte de los equívocos que suscita la historia de Mary Shelley.

A principios del siglo XX, Virgina Woolf buscaba la génesis de la literatura inglesa escrita por mujeres y se preguntaba "¿por qué razón las mujeres no produjeron literatura, de forma continuada, antes del siglo XVIII? ¿Por qué razón, a partir de entonces, escribieron con un carácter casi tan habitual como los hombres, y en el curso de esta actividad produjeron, una tras otra, algunas de las obras clásicas de la narrativa inglesa?"

The Common Reader (1925) y El cuarto propio (1929) son dos libros en los que Virgina Woolf ensaya una brillante respuesta a éstas y otras cuestiones relacionadas con la literatura y las mujeres escritoras. Sin embargo, en ellos no menciona a Mary Shelley, ni siquiera cuando habla de su madre, Mary Wollstonecraft. ¿A qué se debe este olvido?

En la época de Virginia Woolf la ciencia ficción no tenía buena prensa entre la crítica literaria "culta". Por no tener, la ciencia ficción tampoco tenía nombre; ni siquiera existió como género literario diferenciado hasta 1928. Sin embargo, la omisión de Mary Shelley resulta sorprendente, pues cumple los requisitos que Virginia Woolf sugiere como necesarios para que una escritora alcance la madurez literaria: sobrepasar el ámbito doméstico, viajar, escribir sin odio y sin rencor, y concentrarse en los personajes en vez de escribir sobre una misma. Mary Shelley escribe sin odio y sin sermones. Como Jane Austen o las Brontë, pertenece a la clase media inglesa, y nunca fue a una escuela, pero a diferencia de ellas no quedó relegada al ámbito privado del hogar. Tuvo la posibilidad de formarse y desarrollarse intelectualmente. Viajó y conoció mundo. No se vio limitada en el campo de la literatura ni privada de su acceso a él; y lo que es más importante: hizo uso del derecho y la obligación de ganarse la vida con sus escritos.

Después de Frankenstein escribió y publicó con desigual suerte otras dos novelas góticas: Valperga (1823) y El último hombre (1826), historia situada a fines del siglo XXI. The Fortunes of Pekin Warbeck (1830) y Falkner (1837) son novelas históricas. Mathilda (1819), historia del amor incestuoso de un padre por su hija, no apareció hasta 1959.

Mary Shelley es también autora de cuentos publicados en los anuarios de literatura inglesa de su época. Para mantener a su padre y a su hijo también escribió artículos por encargo, entre los que se cuentan biografías y ensayos sobre escritores de Italia, España, Francia y Portugal, como Petrarca, Boccaccio, Maquiavelo, Cervantes, Lope de Vega, Calderón, Montaigne, Rabelais, Corneille, Rochefoucauld, Molière, Pascal, Racine, Voltaire, Rousseau, Condorcet. A pesar de las penurias económicas y la mala salud se dedicó, además, a editar las obras de Percy Shelley. Entonces ¿por qué Virginia Woolf pasó por alto el valor literario de Mary Shelley?

El 30 de agosto de 1997 fue el cumpleaños número 200 de Mary Shelley; coincidió con la convención mundial de ciencia ficción celebrada en San Antonio, Texas, donde curiosamente no hubo ningún acto en su memoria. Tampoco estaban a la venta sus libros. Excepto, claro está, Frankenstein.

Es notable que 180 años después de su primera edición, Frankenstein siga teniendo éxito, que siga atrapando lectores. Las numerosas versiones y tergiversaciones que ha tenido en teatro y en cine no han malogrado la historia de Mary Shelley, porque más que un relato de terror, es una novela filosófica en la que su autora combina la crítica social con las nuevas ideas científicas, creando un vivo retrato de la época.

Como dice Brian Aldiss, la imaginación de Mary Shelley produjo algo nuevo: el monstruo de Victor Frankenstein es el primer gran mito de la era industrial, en el que Dios está ausente y el hombre científico hace el papel de creador. El hecho de que en esta creación no haya participación femenina alguna lo convierte, además, en un mito único. El arraigo de este mito quizá se explique por el hecho de que anuncia muchas de las preocupaciones que ha suscitado el progreso científico, y también porque alude a la naturaleza dual del hombre.

Frankenstein, con su gran equilibrio entre lo exterior del relato de aventuras y la profundidad de la psicología de los personajes, muestra la madurez intelectual que su autora tenía a los diecinueve años. Sin embargo, parte de su valor reside en la abundancia de saber que revela. Mary Shelley tenía una cabal comprensión de la ciencia y de la empresa científica de su época; conocía el evolucionismo de Erasmus Darwin, el galvanismo, la electricidad, los descubrimientos de la fisiología.

Hace casi dos siglos, la pesadilla de una muchacha inspiró una de las historias de horror más potentes de la civilización occidental. Frankenstein ponía en evidencia lo que genera la imaginación de una mujer cuando se la estimula con el saber y se la deja volar en libertad. ¿Será por eso que todavía se castiga a Mary Shelley?


malacandra, Número 8, enero-octubre 2000

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10/12/2000
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