[m a l a c a n d r a]

El autor sin nombre
HPL editado en Argentina

Eduardo Pablo Giordanino egiorda@hotmail.com

Howart [sic] Philipe [sic] Lovecraft [léase Howard Phillips Lovecraft]. La ciudad sin nombre: cuentos y cartas (1916-1922). Prólogo y traducción de Elvio E. Gandolfo. Buenos Aires: Losada, 1998. 324 p. $ 14

Acaba de aparecer el primer tomo de la obra de Howard Phillips Lovecraft (1890-1937). La edición está al cuidado de Elvio E. Gandolfo, escritor y periodista especializado en literatura fantástica.

La selección de relatos está ordenada en base a la fecha de publicación, con la propuesta de leer los relatos tal como se fueron publicando a comienzos de siglo, pero sin ofrecer en este primer tomo ni una lista general de todos los relatos publicados por Lovecraft ni tampoco una descripción general de la actividad literaria estadounidense del período.

En cuanto a la publicación «formal» de este volumen, es imperdonable la aparición del libro con el nombre del autor mal escrito en la tapa, solapa, portada y prólogo. ¿Por qué es «imperdonable»? Porque no se puede ni se debe escribir mal el nombre del autor, ¿acaso alguien puede darse el lujo de equivocarse en la cifra de un cheque? ¿Alguien firma en forma equivocada una escritura de compraventa? Parece que todo surgió porque a una señora de la editorial Losada las letras «H.P.» le recordaban el epíteto «H... de P...» (complete Vd. los puntos:), anécdota que revela la gazmoñería mental que reina en el ambiente intelectual porteño. ¿Qué pasa entonces con «HP», abreviatura de «caballo de fuerza»? En fin, hay errores fuertes como caballos y países generosos. Hay errores y horrores, pero los editores argentinos siguen empeñados en ignorar las funciones de los revisores de texto, los correctores de texto y la importancia de la revisión editorial. Más graciosa aún es la perpetuación del error-errata en varios suplementos dominicales (¿deberíamos decir «culturales»?) de algunos diarios (Clarín y La Nación, ambos el 21/3/99; Ambito Financiero, 24/3/99), donde sigue reproduciéndose el nombre mal escrito, sin señalar el detalle. En Clarín se llega a hablar del cuento «Sagon» (por «Dagón»), que sumado a los dos errores anteriores es un monumento al descuido, a la errata tipográfica y al error ortotipográfico. Más gracioso es el caso de la reseña de Ambito Financiero, donde escriben correctamente el impronunciable título 'Nyarlathotep' pero se equivocan en lo más fácil, el nombre del autor. Resumiendo: escribir mal el nombre del autor significa mencionar a otro autor; los autores firman como a ellos les gusta, se trata de una cuestión de identidad: si firma con seudónimo, entonces el libro va con seudónimo; si tiene tres nombres de pila y un apellido y firma con el nombre que le gusta a él, se respeta su deseo, y así sucesivamente.

Haciendo un poco de historia, digamos que Argentina fue el primer país hispanohablante que publicó traducciones de Lovecraft, allá por 1946 (nótese que las primeras recopilaciones de su obra aparecieron en Estados Unidos en forma de libro en 1939). Dos décadas después, varias editoriales españolas publicaron versiones del corpus lovecraftiano: Acervo, Bruguera, Alianza, Barral, Júcar y un largo etcétera. Las mejores traducciones, realizadas por Rafael Llopis y Francisco Torres Oliver, corresponden a la editorial Alianza, que reimprimió en su sucursal argentina el famoso tomo de la antología «Los mitos de Cthulhu», que reinó como referente durante la década de 1980. En la década siguiente, numerosas ediciones piratas y de editoriales pequeñas inundaron los kioscos y librerías porteñas, algunas de ellas con prólogos afortunados, como el de Fernando García (1991) o el de Elvio Gandolfo (1994), otras con prólogo de «Jon Wakeman» (obviamente, un apócrifo fan de Yes) y varias más de calidad muy dudosa pero baratas. La indudable popularidad y las cifras permiten que ahora Lovecraft aparezca en una edición casi de lujo (los muertos no cobran derechos de autor, y los pocos derechos que tuvo HPL hace rato que pertenecen al dominio público). La traducción es acertada, como el trabajo anterior de Gandolfo en «El color que cayó del cielo» (1994), donde incluyó un prólogo más generoso e incluso detalles interesantes y precisos sobre aspectos de la traducción de la sintaxis lovecraftiana.

Pero Gandolfo, un especialista del detalle y los datos, flaquea esta vez en la introducción. Por ejemplo: la bibliografía se menciona de pasada (sólo menciona los nombres de algunos autores) y no se suministran datos elementales para los posibles interesados. Otros defectos: el libro carece de notas y la propia supervisión editorial incurre en errores flagrantes. La ausencia de notas aclaratorias impide al lector que recién se introduce a HPL comprender el texto y el contexto de sus cuentos o comentarios epistolares. El «criterio de la edición» contiene contradicciones extrañas: con respecto a la edición de toda su «obra narrativa individual» sostiene que «no figuran ni sus poemas, ni sus ensayos sobre el arte de la ficción» (p. 8) y en la página siguiente dice «En el tomo correspondiente agregué como apéndice su trabajo sobre el relato de horror sobrenatural» (es decir, un ensayo ¿en qué quedamos?).

«Lovecraft no alcanzó a publicar ningún libro en vida», es una afirmación cierta si nos referimos a los grandes editores de la época (como Putnam, Vanguard o Simon & Schuster, véase Sprague de Camp, 1992, cap. 16) pero errónea si consideramos el caso de William L. Crawford que imprimió en 1936 cuatrocientos ejemplares de La sombra sobre Innsmouth, «el único libro real (sin considerar algunos folletos) que Lovecraft vio publicado en su vida», al decir de Schweitzer (1978, p. 44), quien aclara que en esa época no existía una categoría tal como la «fantasía» o «ciencia-ficción» en el mundo editorial, hecho que dificultó la circulación y/o venta del libro.

El último párrafo del «criterio» afirma que «cada tomo incluye un prólogo sobre las condiciones editoriales del período, más rasgos temáticos, estilísticos o filosóficos», prólogo que en este primer tomo se reduce a 3 (tres) páginas. Por ser el primer tomo, se supone que debería contener una mínima información biográfica del autor, pero increíblemente no sucede así. Las «condiciones editoriales» de los «periódicos de la 'prensa amateur'» tampoco son mencionadas, dejando el fenómeno sin definir. Recordemos que «prensa amateur» o «periodismo aficionado» era el nombre otorgado al conjunto de aficionados al periodismo que autopublicaban sus trabajos, por lo general con mimeográfos o imprentas caseras, tradición que incluye a personajes como Franklin o Edison. Este hobby fue muy popular en la década de 1860 por la aparición de imprentas pequeñas y de precio accesible. Los periodistas aficionados canjeaban sus publicaciones entre ellos.

Los demás datos del prólogo de este tomo brindan detalles generales sobre los relatos incluidos, pero con ausencia de datos puntuales. Por ejemplo, sostiene que «Los cuentos más cercanos al terror ('El viejo terrible', 'El alquimista', 'La bestia de la cueva') son bastante convencionales», frase que suena despectiva al no aclarar a continuación que esos son relatos primerizos, escritos por Lovecraft a los catorce y a los dieciocho años respectivamente y publicados más tarde, excepto 'El viejo terrible', redactado a los treinta años. Similar confusión provoca la descripción de 'Herbert West, Reanimador', del que se dice, entre otras cosas, «sobrecarga a tal extremo la cuota de grotesco, sangre, decapitaciones y muertos...» (p. 15), sin mencionar que es una sátira del género gótico, considerada -salvando las distancias, claro- una especie de Quijote. 'Herbert West, Reanimador' fue escrito por HPL especialmente para la revista Home Brew, cuyo proyecto editorial cabalgaba entre el humor y lo macabro, detalles que pueden ser excesivamente minuciosos, pero que hacen a la historia y contexto del texto [y si se pretende que HPL esté en el «canon» -como afirma Gandolfo en «Historia y efectos de una errata», 1999- entonces hagamos ediciones críticas ad hoc].

En el volumen se incluyen cartas del período mencionado en el título, pero sin notas aclaratorias, lo que impedirá a varios lectores comprender el contexto y las particularidades de la correspondencia lovecraftiana. Primero, porque no contiene referencias al ambiente literario estadounidense de la primera mitad de este siglo; segundo, por los caprichos personales (justificables ya que las cartas son un acto privado) y las manías inherentes de Lovecraft, quien solía utilizar sintaxis, grafías y ortografías pertenecientes al siglo XVIII (por ejemplo, usar la «f» en vez de «s»). Datos todos que el [supuesto] lector debería conocer de antemano.

La primera carta es de 1915, fecha que debe permitirnos ignorar el período mencionado en las erráticas-erróneas tapa y portada del libro, que dicen «1916-1922». Otro detalle de interés: en la portada del libro ¡no aparece el nombre del autor!. Evidentemente, Losada ignora, o pretende ignorar, que existe una carrera universitaria de edición, y que en este malhadado país hay profesionales como los revisores y correctores de textos (que deben estar todos desocupados, si juzgamos el aspecto de los papeles impresos con forma de libros y revistas que deambulan por ahí).

Regresando a las cartas, en los 5 volúmenes de «cartas selectas» de Arkham se publicaron 930 cartas, es decir, el 1% del total (Joshi, 1991, p. 5). Ahora bien, aquí las cartas aparecen despojadas de toda referencia crítica: por ejemplo, no llevan la numeración asignada en la edición de Arkham House, ni notas sobre los destinatarios, ni aclaraciones de las simples bromas privadas o inventos de HPL (por ejemplo, ¿quiénes fueron Reihnhart Kleiner, Maurice Moe, Anne Renshaw? ¿Qué era el «KeiCoMoLo»?). Con 10 líneas de una nota al pie bastaba.

Esperamos que el segundo tomo de esta obra cubra estas ausencias, desprolijidades extrañas porque Gandolfo es uno de los especialistas más importantes en literatura fantástica, que nos tenía muy bien acostumbrados con su «Polvo de estrellas», la inolvidable sección verde hiperinformativa de «El Péndulo» (1979-1987). ¿Qué pasó, maestro?

Bibliografía consultada

Battista, Vicente. «Las fuerzas extrañas: relatos y cartas de H. P. Lovecraft. Cuentos: 'La ciudad sin nombre', por Howart [sic] Philipe [sic] Lovecraft», Clarín, 21 mar. 1999, Supl. Cultura y Nación, p. 14

Capalbo, Armando. «La obra de un gran narrador: 'La ciudad sin nombre', por Howart [sic] Philipe [sic] Lovecraft», La Nación, 21 mar. 1999, Supl. Cultura, p. 6

De Camp, L. Sprague. Lovecraft: una biografía. Madrid: Valdemar, 1992.

Gandolfo, Elvio E. «Historia y efectos de una errata», Cuásar, n. 31, mayo 1999

Gandolfo, Elvio E. Prólogo, En: El color que cayó del cielo, H. P. Lovecraft, trad. de Elvio E. Gandolfo. Buenos Aires: A-Z, 1994.

García, Fernando. Prólogo y cronología, En: Polaris y otros relatos, H. P. Lovecraft, trad. de M. T. Segur y E. Haro Ibars. Buenos Aires: Altamira, 1991

Joshi, S. T. H. P. Lovecraft: a life. West Warwick, RI: Necronomicon Press, 1996.

Joshi, S. T. An Index to the Selected Letters of H. P. Lovecraft. 2nd ed. West Warwick, RI: Necronomicon Press, 1991.

Schweitzer, Darrell. The Dream Quest of H. P. Lovecraft. San Bernardirno, CA: Borgo Press, 1978.

«Un cuento de Howart [sic] Philipe [sic] Lovecraft: 'Nyarlathotep'», Ambito Financiero, 24 mar. 1999, Supl. Ambito de los Libros, p. 8


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27/9/1999
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