[m a l a c a n d r a]

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Carles Bellver Torlà CBT@iName.com

La versión en catalán de este cuento es finalista del 1r Concurs on line de relats curts de ficció en llengua catalana, organizado por Edicions 62 i Televisió de Catalunya.

El medio de transporte más generalizado en el Otro Mundo es el tranvía: es ecológico, económico y razonablemente rápido. Varias líneas surcan los campos y las suaves colinas de las regiones habitadas. Mientras nos trasladábamos al domicilio de nuestro venerado H. P. Lovecraft divisamos montañas a lo lejos: altas y nevadas cumbres que parecían elevarse hasta tocar el cielo. Dejé volar mi imaginación hacia lugares legendarios. «La barrera de Inquanok», susurré, «y más allá, el yermo frío y Kadath la desconocida.» Nebaud asintió.

Lovecraft vive en una casa de estilo colonial, con una vasta biblioteca y un frondoso y romántico jardín en la parte de atrás. Allí nos esperaba, sentado en un butacón junto al estanque cubierto de hojas.

-Ayer me divertí impacientándolos -nos dijo enseguida, sonriendo amablemente-, pero veo que ustedes son gente terca.

Eso significaba que nos oyó. En la sesión de la víspera el médium Nebaud, mi compañero de fatigas, no consiguió establecer contacto con él en ningún momento. Todos sus esfuerzos resultaron vanos. Le obligué a fingir: no podíamos defraudar a nuestro auditorio. Debo aclarar que no puso en boca de Lovecraft nada falso o inexacto, nada que no pudiera verificarse en las bibliotecas. Nada, por consiguiente, acerca de lo que más nos importaba a todos. Cuando alguien, inevitablemente, mencionó la supuesta película de Walt Disney inspirada personalmente por Lovecraft, Nebaud guardó el más completo silencio.

-Disney no hizo la película -aseguró Lovecraft endureciendo su expresión-. Al contrario. Compró los derechos a un joven artista visionario, dibujante de comic-books. Se quedó con todos los bocetos y borradores, simuló que le interesaba el proyecto, pero su único propósito era impedir que llegara a realizarse. Temía con razón que aquella mezcla de poesía y horror calase en el público y desbaratase la incipiente hegemonía de sus estúpidos muñequitos cantores. Era, y continúa siendo, un tipo mezquino y detestable.

En aquel preciso instante, saliendo de ninguna parte, un espléndido gato egipcio se deslizó mansamente en su regazo. Lovecraft lo acarició y volvió a sonreír.

Nos descubrió mirando en torno, como temiendo que Disney estuviese escuchando. Nos tranquilizó:

-No se preocupen por él: vive cerca de las montañas, en una especie de edén, acompañado de animales parlanchines y jovenzuelos atléticos y descerebrados.

Le preguntamos por el argumento de la película. Hicimos referencia al cartel que un cinéfilo mallorquín, apellidado Capdevila, exhibió recientemente.

-¿«King Neptune»? No, que yo sepa no tenía título aún. Aunque, es cierto que había un naufragio y un ser capaz de sacudir el océano. Un barco se hundía en las frías aguas del Mar del Norte. Parte de la tripulación lograba sobrevivir en una bolsa de aire. Pasaban horas angustiosas, sin ninguna esperanza. Después el buque daba un tumbo y el agua los arrastraba. Creían que iban a ahogarse, pero un extraño seísmo había hecho emerger el fondo marino y ahora se encontraban en pie sobre un suelo legamoso. El suelo de Atlantis: avenidas ocultas bajo las algas, bloques y columnas mayores que rascacielos, impresionantes relieves y esculturas, restos de un arte blasfemo... Un carguero los rescataba antes de que se volvieran locos. Creían estar a salvo, pero el horror no había terminado. Ellos no lo veían, pero nosotros, los espectadores, sí: lo que causó su naufragio y el posterior terremoto. Los tentáculos, la boca, los hondos y espantosos ojos... L'horreur n'est jamais finit. Ese algo anómalo viajaba con ellos inadvertidamente, pegado al casco. De vuelta a casa, en las ponzoñosas calles de Innsmouth...

Su expresión había cambiado de nuevo. Parecía ausente, como si su espíritu se hubiera alejado en el espacio y en el tiempo. Pero regresó pronto.

-Si me hubieran comunicado ustedes su intención de visitarme les habría recomendado un poco de paciencia. Ahora mismo la Filmoteca del Otro Mundo está completando la película a partir de los diseños originales. Utilizan las técnicas más avanzadas. Tendrían que verlos: un nutrido equipo de artistas pinta las secuencias sobre imágenes reales. El resultado es sorprendente, tan vívido como sus más maravillosos sueños, o sus peores pesadillas.

¿Imágenes reales? ¿Qué quería decir?

Un ruido apenas audible interrumpió la conversación. Nos giramos. En la cancela del jardín había un hombre.

-Ahora -dijo Lovecraft-, si me disculpan, me está esperando un caballero.

Reconocimos el rostro perennemente triste de Edgar Allan Poe. Lovecraft prosiguió.

-Todas las noches damos un paseo por estas callejuelas. Conocemos de memoria cada rincón, pero eso no puede sino complacernos. Los ancianos tenemos costumbres fijas y preferimos que nada cambie nunca.

Nos dimos cuenta entonces de que efectivamente estaba anocheciendo. Debíamos darnos prisa si no queríamos perder el último tranvía. Nos despedimos de nuestro anfitrión y de su amigo y nos marchamos.

Antes de salir a la calle, he de confesarlo, cometí una acción reprobable. Encima de una consola vi un pequeño libro que me llamó la atención. La cubierta rezaba: «Some (Previously Unseen) Views On the Other World - Text and Photographs By R. Kincaid - With a Foreword by R. U. Pickman - Published by The Supernatural Geographical Society». Me lo metí en un bolsillo de la chaqueta sin pensarlo dos veces. Dejémonos de eufemismos: lo robé.

Ya en el tranvía lo saqué y empecé a hojearlo ansiosamente. Mis dedos pasaban las páginas en busca de las fotografías, impresas en carísimo papel satinado. Bellísimas y turbadores imágenes de las Montañas de la Locura; de los dioses esculpidos en las rocas en el Monte Ngranek y en la Isla de Pascua; el Bosque Encantado; las ciclópeas ruinas de R'lyeh; la fachada del templo de la Orden de Dagon, el puerto de Innsmouth y el Arrecife del Diablo; las negras torres de Yuggoth; la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic en la imposible Arkham; las escaleras de Cirith Ungol; la Ciudad Sin Nombre en el desierto de Arabia... Luego todo ello era real, y no mera fantasía.


Robert E. Howard en la Ciudad Sin Nombre

Nebaud comprendió lo que estaba ocurriendo y me censuró. Su moral siempre ha sido más estricta que la mía. Discutimos. Insistió en que debía devolver el libro a su legítimo propietario y en que no tenía sentido que intentara llevármelo. No atendí a razones. Me enfurruñé y lo guardé otra vez en la chaqueta pensando que ya tendría tiempo de leerlo y admirarlo en la soledad de mi hogar. Pero en cuanto nos apeamos se desvaneció mi ilusión y no me quedó más remedio que rendirme a la evidencia: un agente uniformado me lo reclamó y tuve que entregárselo. Sólo entonces me sentí avergonzado y culpable.

De manera que desperté de mi sueño y regresé a este mundo, el nuestro, cabizbajo y desencantado. Quise cortar una flor que probara que la Otra Parte era real y me la quitaron. Vaya tontería, dirán ustedes. Y el caso es que ahora yo también lo veo así. Como si hiciesen falta pruebas. Como si no resultara aquí patente, cada mañana, la irrealidad de todo y la necesidad metafísica de algo más. Ya lo dejó escrito Breton: «La existencia está en otra parte.»


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15/9/1999
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Copyright 1999 malacandra, los autores

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