[m a l a c a n d r a]

En la perrera

Carles Bellver Torlà CBT@iName.com

«Se ve que el cazador llevaba tiempo rondando a la abuela. No me extraña, es viuda y debe cobrar una buena pensión. Un buen partido. Fuimos muy imprudentes al utilizar su casa. Supongo que ese fulano oyó jaleo y entró a ver qué pasaba. Nos pilló en la cama, con las manos en la masa, como se suele decir. Vaya susto, allí en pelotas y con la boca de la escopeta a un palmo del hocico. Caperucita le rogó que no me matara. Tuve suerte. En otra época, y no han pasado tantos años, me habrían colgado de un roble para desollarme vivo. Este tipo de relaciones entre especies continúan siendo ilegales, y sobre todo están muy mal vistas. Me han caído un par de lustros a la sombra. ¡Casi na'! Tenga en cuento que un lobo no dura tanto como ustedes. Pero eso es lo de menos. Lo que me jode es no poder verla. Ya sabe usted que no hay prisiones mixtas. Le escribo, pero estoy seguro de que me abren las cartas, y probablemente no las dejan pasar. Si nos pudiésemos ver... ¿Cree que podría ayudarme? Está claro que sólo podría ser en una de esas celdas y bajo vigilancia, pero aún así, es que me hace mucha falta...»

Me repetía su historia todas las tardes, siempre que coincidíamos. Se imaginaba que yo era delegado de Amnistía Internacional o algo así. Viéndole esos ojos tan tristes a mi me sabía mal confesarle que no era más que un objetor del Ayuntamiento, y que sólo me encargaba del recuento de la perrera.


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15/10/1998
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Copyright 1998 malacandra, los autores

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