[m a l a c a n d r a]

En la estación

Iussuf Almamlaka <Iussuf@iName.com>

Miré el reloj. Aún eran las doce. Faltaba media hora para que saliese mi tren. Me acerqué al quiosco y eché una ojeada a las revistas del corazón. Desde el otro extremo una mujer me miraba fijamente. No debía llegar a los cuarenta años. Tenía el cabello castaño y repeinado. Continué hojeando aquella porquería. Notaba la mirada de la mujer en mi cogote. Levanté la cabeza. Continuaba mirándome. Me fijé más en ella: tenía los ojos grandes y claros y los labios gruesos y rojos; era muy atractiva. Se dio cuenta de que la miraba y no bajó la mirada.

Las doce y cuarto. El tiempo pasaba volando. Había pasado más de una hora dando vueltas por la estación y ahora, justo ahora, aparecía ésta. Tendría que ser rápido si no quería perder el tren. Volví a mirarla. Ella se me insinuaba con aquellos labios carnosos y me guiñaba el ojo izquierdo. Sólo había una cosa que me asqueaba: le brillaba demasiado la piel, quizá debido a una transpiración excesiva.

Las doce y veinte. Me repasé los labios con la lengua. Ella continuó poniéndome morritos, como si nada. Insistí. Las doce y veintidós. Le envié un beso ya sin disimulo. Las doce y veintitrés. Anuncian la salida de mi tren. Ella ni caso. Miré detrás de mí por si acaso había otro tonto, pero detrás de mí no había nadie. Era a mí, pues, a quien dirigía aquel besuqueo.

Las doce y veinticuatro. Me decidí. Me aproximé y la cogí del brazo. Era flojo, como de goma. Se me colgó del hombro y empezó a hablarme al oído. Estábamos llamando la atención, me daba cuenta de ello, pero me daba igual. Olía bien, llevaba un perfume fresco, lo cual me atraía aún más.

Las doce y veintinueve. Iba a perder el tren pero sería por una buena causa, podríamos hacer un buen trabajo. Me la llevé a la sala de espera. Abrí la puerta reservada a VIP con la tarjeta de crédito y la empujé adentro. Cerré la puerta detrás de mí.

Mi tren acababa de salir. Aún no se había quitado el vestido del todo pero yo ya tenía bastante. Tuve un presentimiento y le miré las rodillas para cerciorarme. Ése era su punto débil, ahí estaban: unas cuantas escamas mal afeitadas. Les dolía tanto al depilarse las rodillas que a menudo intentaban, inútilmente, taparlas con cremas.

Sí, había picado: la transpiración, los labios carnosos, los ojos grandes y miopes, las escamas mal afeitadas y el olor fresco, de mar. Era una mujer besugo. Vomité allí mismo.


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15/7/1998
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Copyright 1998 malacandra, los autores

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