[m a l a c a n d r a]

La caja vacía

Carles Bellver Torlà <CBT@iName.com>

Supongamos que cada uno tuviera una caja y dentro hubiera algo que llamamos "escarabajo". Nadie puede mirar en la caja de otro; y cada uno dice que él sabe lo que es un escarabajo sólo por la vista de su escarabajo.
Ludwig Wittgenstein, Investigaciones filosóficas

Había ido aplazando el momento de solicitar el permiso. Me resistía a tratar con el señor Clein este tipo de asuntos personales. Me fastidiaba imaginarme sus preguntas, sus comentarios, sus felicitaciones.

"N. Clein. Seguros." Una buena tapadera es más que conveniente: en nuestra organización no nos podemos permitir el mínimo descuido. Nadie debería saber cuáles son nuestras actividades. Su secretaria me hizo pasar. Clein me esperaba.

-Siéntese, Ethan -me dijo-. Yo también quería hablar con usted. Deje que le pregunte algo... ¿No le gustaría visitar París?

Me asaltó un miedo irracional: que me leía el pensamiento, que jugaba con mis cavilaciones. Pero no, claro, era una casualidad. Simplemente me proponía un trabajo. Skinner, a quien tanto habíamos buscado, se escondía en París. Nuestros hombres lo tenían localizado, acorralado, y a mí me tocaba lo más difícil: negociar, persuadirlo, conseguir que colaborase.

-Ya le hemos concertado una entrevista con él. Entiéndame, Ethan, estaba seguro de que aceptaría. Vaya a verlo, hablen largo y tendido. No recurra a la violencia si no resulta imprescindible.

Acepté. Eso se esperaba de mí, y por otra parte yo pensaba ante todo en la boda. Se lo confesé, finalmente. Clein se interesó por Sue; por su familia, por sus credenciales. Mis explicaciones lo dejaron satisfecho. Me felicitó, incluso me pareció que se alegraba de verdad. Al fin y al cabo, la coincidencia le venía caída del cielo.

-Perfecto, viajarán a París como dos recién casados... No se preocupe, a Skinner sólo tendrá que reservarle unas horas. ¿Nunca han estado allí? París es una ciudad de ensueño. ¡Les robará el corazón!


Conocí a Sue casualmente. Mi padre no llegó a saber el porqué de la reconciliación. Cuando se puso enfermo mi hermana Rachel se lo llevó a su casa. Yo solía llamar por teléfono para estar al corriente, pero no sé si habría dado un paso más si no hubiese coincidido con ellas en el centro comercial. Estaban comprando ropa de cama. Rachel me la presentó: "...es Sue, la he contratado para que cuide a nuestro padre." Esa noche pensé en ella y no pude dormir. Pasé varias noches más en blanco mientras lo meditaba. Evalué los síntomas, la desazón que me quitaba el sueño. Tracé un plan.

Por eso volví a ver a mi padre, después de tanto tiempo. Con la excusa de acompañarlo y aliviarle la conciencia en sus últimos días, pasaba las tardes junto a Sue. Cuando el viejo murió temí perderla. La asedié. Al principio me rechazaba discretamente. Un día consintió que la invitara a cenar. La llevé a un restaurant selecto: servilletas blancas, ensaladas, vino francés. Nos sorprendieron las múltiples coincidencias en los afectos y en las repulsas. Hablamos acerca de los viajes que nos gustaría hacer. Yo mencioné Alaska y los Grandes Lagos. Ella México y Nueva Orleáns. Europa nos puso de acuerdo: París, la cité lumière. Tarareamos canciones francesas. Bebí en exceso, y supongo que ella también tomó alguna copa de más. Al día siguiente me despertó el dolor de cabeza. Me sentía temeroso y culpable por lo que pudiera haber sucedido, por si me había propasado o había dicho algo impropio. No recordaba prácticamente nada. Sue aún dormitaba a mi lado.

Tras esto empezamos a vernos con frecuencia. Nos llamábamos, ibamos al cine, dábamos largos paseos juntos. Nos caíamos bien, lo pasábamos bien juntos. Al cabo de pocos meses teníamos ya una vida en común. Era natural que pensáramos en casarnos.


Sue se proponía visitar todos los museos y monumentos de París. Le Louvre, Notre Dame, le Sacre Coeur. Una exposición del Petit Palais reproducía la vida elemental de los víkings: sus hogares, sus herramientas, sus armas, sus naves (exhibían un langskip completo, maravillosamente reconstruido). Nos impresionó sobre todo una estatuilla del Buddha, que debió llegar a manos de los piratas nórdicos por los azares del comercio y las incursiones. Otras cosas que nos chocaron: las esculturas y los relieves mesopotámicos del Louvre; una momia egipcia, no recuerdo en qué lugar; el tótem polinesio erguido a la entrada del Museo de la Marina.

Más que los museos, a mí me fascinaba la mondanité de París: la diversidad de la gente, el bullicio de las avenidas, le café, le cinéma. Me daba la impresión de que me hallaba en el centro del mundo. A veces, cuando nos sentábamos en un parque o en una terraza, me entretenía calculando la proporción de blancos, de negros, de orientales...

En la Tour Eiffel tuvimos un encuentro inesperado. Ya en el ascensor creí verlo, pero iba tan repleto que ni siquiera me pude girar para cerciorarme. Arriba, en el último piso, comprobé que era él: Artaud. Trabajó para nosotros hace mucho tiempo. Mejor que no me vea, pensé. Prefería pasar desapercibido. Quise esconderme detrás de Sue, pero luego lo perdí de vista. Cuando me di cuenta lo tenía detrás de mí, rozándome el hombro. "Tu es ceci, tu es ceci.", me repetía al oído, murmurando como un loco. Me di la vuelta y lo miré a los ojos. No me veía. En realidad no me había reconocido. Recordé su triste historia: la reclusión en un sanatorio mental, los intentos de fuga, su progresivo deterioro, siempre esperando que sus amigos lo rescatasen. Así que ya está fuera, me dije, pero es evidente que ha perdido mucho.

Al final el turista se agota. Por la noche no nos quedaban ya fuerzas. Al atardecer comíamos una baguette en cualquier lugar, comentábamos lo visto durante la jornada y nos retirábamos al hotel, un establecimiento modesto de la rive gauche, en el barrio de Montparnasse.

La noche acordada procuré que volviésemos más temprano. La llamada fue puntualísima. No le había contado a Sue nada de aquello. Le dije que tenía que salir un rato, que no tardaría. Se extrañó.

-¿Es algo relacionado con tu trabajo?

Le dije que sí. Intenté tranquilizarla: "Voy a ver a un colega que vive en esta ciudad." Me pidió que algún día le explicara con más detalle en qué consistía esta "red de cooperación" (así se la había descrito yo). "Me gustaría saber más." Asentí con la cabeza. Me dijo que me esperaría despierta. Me aseguré de que se acostaba y me despedí. Sin hacer ruido, busqué en el armario del vestíbulo mi valija secreta. Guardo siempre la llave en el bolsillo pequeño del pantalón. Abrí el candado, saqué la caja, me la coloqué bajo el brazo y me fui en silencio.

Antes de partir me detuve en el bar del hotel. Pedí un whiskey doble, y después otro. Me los tragué con facilidad; sentía que me harían falta.

Salí a la calle con la caja a cuestas. No encuentro la manera de transportarla cómodamente. Son demasiado grandes. Siempre me pregunto por qué las hacen de ese tamaño. Es un hecho que el insecto va dando tumbos de un lado a otro. Te dicen que debes andar siempre con cuidado para que el traqueteo no lo perturbe.

Busqué un taxi. Pronuncié con mi mejor francés la dirección que Skinner me acababa de dar. El chauffeur no me entendió. Tuve que repetírsela, marcando las sílabas. Me suelo aturrullar con los idiomas. Durante el trayecto, no muy prolongado, me di cuenta de que el tipo me miraba por el espejo retrovisor. Sé que miraba la caja. Yo no la soltaba. De algún modo, todos intuyen su presencia.

Me hizo bajar en un callejón húmedo y oscuro. El frío se me metía en los huesos y me hacía temblar. Unos faroles mortecinos apenas iluminaban las fachadas sucias de viviendas y almacenes. El otro París, siniestro y espectral. No se veía a nadie. Quise asegurarme de que me encontraba en el sitio correcto, pero ninguna placa revelaba el nombre de la calle. Seguí adelante. No vi a Skinner hasta hasta que se me echó encima, saliendo de un portal. Tenía un aspecto pésimo. Dudé si era él o un borracho.

-¿Skinner?

-Suba conmigo -respondió.

Era una casa vieja, abandonada. Olía a humedad. La escalera, estrecha y empinada, ascendía vertiginosamente. Subimos muchos pisos. Más de una vez un peldaño cascado por la carcoma estuvo a punto de hacerme caer. Al fin entramos en un departamento que carecía de puerta. Pasamos a un cuarto, apenas un cuchitril. Mi anfitrión encendió una luz de gas y desplegó dos sillas de tijera. Nos sentamos. En las paredes despintadas había retratos de hombres célebres: William Shakespeare, Charles Darwin, Lenin, Sigmund Freud y otros que no pude identificar. Nos miramos. No soltábamos las cajas; la suya era apenas más grande que la mía. Le examiné. El cuerpo delgado, el rostro huesudo, los ojos hundidos. Sí, era Skinner. Igual que en las fotos de veinte años atrás, pero más viejo, más consumido por los afanes. Como si le quedaran pocas reservas de energía. Pensé en su situación: las condiciones de vida que soportaba, su futuro menos que incierto. Sospesé las palabras que debía decirle, pero él se me adelantó.

-No vaya a pensar que me rindo -dijo-. Si le hecho venir es porque quiero que sepan que no me dejo intimidar tan fácilmente.

Me parecía un hombre cansado, pero resuelto a continuar. Su determinación me dejaba sin alternativas. Quise hablarle para ganar tiempo, pero sólo se me ocurrían palabras inconexas. Sentía la boca pastosa. Me impacienté. Miré de reojo mi caja. Levanté un centímetro la tapa. Por el resquicio lo vi: grande, negro, resplandeciente. Su visión me infundió el coraje que necesitaba. Advertí que él me imitaba: también buscaba apoyo en su caja. Ahora o nunca. Lo encañoné con la Mauser de antes de la guerra.

-Recapacite, aproveche su oportunidad.

No soy un hombre de acción. Skinner me desarmó de un manotazo y huyó. Intentando que no me cayese la pistola se me fue la caja, con tan mala suerte que el coleóptero escapó corriendo por debajo de un armario. Me agaché enseguida, pero ya no lo pude encontrar. Me apresuré hasta la habitación contigua por si había pasado por una grieta de la pared, pero tampoco estaba allí. No estaba en ninguna parte. Me desesperé. La angustia me oprimía el corazón. Murmuraba, hacía cosas sin sentido: caminaba, me sentaba, me volvía a levantar. Pasaban las horas, llegaría el alba. Tuve que volver al hotel con la caja vacía.

Yo. La sombra de un ente, algo menos que un cadáver, un simulacro de vida. Sue dormía. Me metí en la cama con cuidado de no despertarla. Ya no pude coger el sueño. Pensaba, pensaba. Amaneció y al notar los movimientos de Sue cerré los ojos y simulé estar durmiendo. Ella se levantó.

Cuando salió del lavabo yo estaba sentado en la cama. Se me acercó y me besó en los labios. Sus ojos llenos de amor me incomodaron por primera vez.

EPÍLOGO

El quinto día de su luna de miel en París S. notó raro y distante a su esposo. Primero no dijo nada. Después se cansó de fingir e intentó aclarar qué sucedía. E. la sorprendió con una historia delirante: insistía en que había venido a París "con una misión" y que no podía regresar "con la caja vacía". Quiso mostrarle de qué caja se trataba pero no pudo hallarla. Su estado empeoró: lloraba a menudo y se resistía a salir del hotel. S. le reprochó su adicción al alcohol. Él prometió dejarlo.


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15/1/98
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