Recuperar la memoria para hacer un correcto balance histórico,
para mejor luchar en el presente,para que la victoria sea nuestra en el futuro

Este próximo 24 de marzo de 2001 tiene una significación política muy especial: no sólo se cumple un cuarto de siglo del golpe de Videla, Massera y Agosti, sino que ha sido tomado como una fecha emblemática por varios sectores, que pretenden fortalecer sus posiciones dentro del cuadro de la democracia burguesa.

En efecto, la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), ha anunciado para esta fecha "...la continuidad del paro de 36 horas". La CGT moyanista discute confluir a esta medida, y lo mismo hace Dáer y compañía, más allá de su convocatoria a una nueva huelga para principios de marzo.

Por su parte, la partidocracia burguesa (y sus seudópodos en el movimiento de masas, que dirigen por ejemplo la Federación Universitaria Argentina, la Federación Agraria, y la mayor parte de las asociaciones de profesionales), jerarquizarán el aniversario, buscando "...fortalecer las instituciones democráticas".

No es casual que, en condiciones de agravamiento de las condiciones de vida de las masas, quienes detentan el poder político, así como quienes dirigen las organizaciones sindicales y estudiantiles, apelen al sentimiento democrático de los explotados para cabalgar sobre el mismo, buscando forjar la colaboración de clases y la "unidad nacional".

Para la burguesía y sus partidos tradicionales (especialmente para los que conforman la Alianza), se trata de una ocasión para recuperar algo de aire, ante el creciente desgaste que pone en juego la gobernabilidad.

Pero para que pase este operativo democratizante es necesario que los explotados de la ciudad y el campo se mantengan enchalecados en la ideología burguesa, que se mantengan impotentes para estructurar una política propia, independiente en términos de clase.

Si se trata de aniversarios, es muy importante la memoria: en este sentido, para la burguesía es fundamental una historia oficial, que nos cuente que todo el pueblo argentino fue víctima de la dictadura genocida, y que los militares más corruptos y asesinos de los últimos tiempos en todo el planeta fueron una suerte de cuerpo extraño a la propia sociedad, que ésta, unida sin distinción de clases, supo expulsar en una lucha pareja sin distinción de clases sociales.

Bien por el contrario, la buena memoria indica otra cosa:

El golpe no fue contra la guerrilla o los grupos foquistas en particular, sino contra el pueblo oprimido en general, y esencialmente, contra la clase obrera. El hecho que el 80 % de los desaparecidos sean obreros (en general, delegados de base de fábricas), es una prueba contundente de que el genocidio apuntó a quebrar un proceso de evolución política del proletariado argentino, cuya ruptura con la colaboración de clases del peronismo era imparable en términos convencionales. El golpe se da meses después de la extraordinaria huelga general de junio y julio de 1975, contra el plan Rodrigo y el Gobierno de Isabel y López Rega. Las tendencias a la independencia de clase en términos políticos, el surgimiento de organismos que apuntaban a forjar el poder paralelo de la clase obrera (las coordinadoras interfabriles) y el crecimiento de las expresiones más avanzadas en el plano ideológico y político (más allá de su centrismo, así nos referimos a los troncos principales del marx-leninismo-trotskysmo de la época), son todas evidencias que lo que estaba en juego en 1976 era aplastar una situación revolucionaria.

Justamente por esto, a la hora del balance de por qué pasó el golpe, es fundamental tener fresca la factura que hay que pasarle a todos los cómplices, directos o indirectos, del genocidio:

a) A los partidos burgueses autodenominados "democráticos". En efecto, no sólo colaboraron con su pasividad, sino que activamente contribuyeron con sus propios cuadros en la formación de equipos de gobierno de la dictadura. Tanto el radicalismo como el peronismo (ni hablar de partidos provinciales como el Demócrata Progresista, Demócrata de Mendoza, o el zapagismo de Neuquén), aportaron cientos de Intendentes y embajadores a los militares gobernantes. Es por esto que la inmensa mayoría de sus cuadros de dirección no cuentan entre los desaparecidos. La mayoría de ellos siguió operando políticamente, y aún habiendo caído en desgracia para los milicos (siendo detenidos), estuvieron muy lejos de sufrir las torturas despiadadas del régimen.

b) A la burocracia sindical, cuya cúpula desarmó activamente al movimiento sindical. Simbólicamente, el Secretario General de la CGT de la época, Casildo Herreras, declaró rumbo a Montevideo: "...yo me borro...". Al igual que la partidocracia burguesa, la existencia minoritaria de presos y aún desaparecidos entre los cuadros de la burocracia no contradice el hecho de que su política global fue no resistir el golpe, y acompañar el accionar de los grupos de tareas, denunciando, en no pocos casos, a los activistas y luchadores.

c) A la poderosa cúpula de la Iglesia Católica, que literalmene bendijo el genocidio, entregando de pies y manos a los cientos de curas y laicos que honestamente luchaban por una sociedad mejor.

c) A laa izquierda reformista. Es harto conocida la colaboración del Partido Comunista Argentino. En una declaración de su Comité Central del 25 de marzo de 1976, luego de pretender distinguir alas en el flamante gabinete, y de definir como enemigo fundamental a Martínez de Hoz, dicen: "El general Videla ha pedido comprensión. Del Partido Comunista la tiene." Pero no sólo el PC histórico. La cúpula de Montoneros tuvo una política de colaboración con las Fuerzas Armadas (en particular el masserismo), entregando así a miles de jóvenes y valiosos militantes a la represión. Por otra parte, la política ultraizquierdista y aventurera de otros grupos (PRT-ERP, Poder Obrero, etc.), y claramente pro-peronista-isabelista de otros (como el Partido Comunista Revolucionario), contribuyeron al desarme ideológico, político y organizativo de los explotados para enfrentar al golpe y a la propia dictadura.

En conclusión, el golpe pasó, se estructuró la dictadura más genocida de la historia nacional, desde el propio vientre de la democracia burguesa, con la complicidad y la participación activa de todos su actores.

Fue necesario un largo y trabajoso proceso de recomposición de las filas de los explotados, y las propias fisuras del régimen (como parte del agotamiento de regímenes similares en toda América Latina), para que pudiera estar planteada la caída de la dictadura.

La lucha de masas lo logró (antes y después de la Guerra de las Malvinas), pero una vez más, la falta de independencia política de la clase obrera permitió que fuera usurpada esta victoria, y que la dictadura capitalista continuara, esta vez bajo la fachada de la democracia burguesa parlamentaria.

Lo que pasó en estos últimos años, es conocido. En el propio altar de la democracia se sacrificaron todas las reivindicaciones de las masas, incluso las democráticas (he ahí las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, el Indulto, y los miles de luchadores procesados). Bajo los gobiernos de Alfonsín, Menem y De la Rúa, se ha avanzado en la entrega al Imperialismo y en el arrebato de conquistas sociales como ni siquiera imaginaban los Videla y Martínez de Hoz.

Esta enseñanza ratifica, una vez más, que más allá de sus formas políticas, el Estado Burgués es una dictadura de clase, defensora de los privilegios de los capitalistas contra los explotados.

Esta enseñanza ratifica, una vez más, que las propias libertades democráticas que hay que defender a muerte deben ser una herramienta para mejor luchar por la revolución socialista, única perspectiva que puede instaurar una verdadera democracia: la de un Gobierno Obrero y Campesino.

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