Editorial

El destape de la corrupción en el Senado (como expresión concentrada de la corrupción de todas las instituciones); la renuncia del vicepresidente de la República;
los constantes movimientos ministeriales; la virtual fisura en el Partido Justicialista,  que controla el Senado y gobierna la mayoría de las provincias argentinas; la propia fractura de la Alianza como equipo de gobierno; las constantes declaraciones de Raúl Alfonsín, poniendo en jaque al equipo económico; la ofensiva de Cavallo, que como “ministro en las sombras”, marca las pautas que exige el establishment, al tiempo que potencia su figura política. En fin, todo el cuadro de situación de las expresiones políticas de la clase dominante expresan crisis.

Pero la base fundamental de la misma hay que buscarla en la situación económica. Como expresa la discusión para el Presupuesto del 2001 (ver nota), los números no cierran a la hora de intentar conciliar lo irreconciliable: las enormes presiones del Imperialismo y del Gran capital, que imponen más y más ajuste, con las necesidades más elementales de las masas, que en definitiva, son la base electoral del régimen político vigente.

En efecto, la forma de dictadura de clase que implica la democracia burguesa exige cierto juego de ilusiones y concesiones, de acuerdos y de consenso. Y para esto hace falta cierto espacio para las maniobras. La prolongada recesión económica y la quiebra del Estado recortan enormemente ese espacio, de modo que, por más imaginación y creatividad que pongan en juego los charlatanes del marketing político, no logran realimentar la llamada “esperanza”.

La renuncia de Chacho Alvarez es un emergente de toda esta situación: el ex vicepresidente acompañó activamente todas y cada una de las medidas más reaccionarias del Gobierno, como el propio De la Rúa se lo reconoce. Salió desenvainando su espada para defender el impuestazo, la reducción salarial a los empleados públicos, la Ley de Flexibilidad laboral, y ahora, ya fuera del equipo gobernante, el presupuesto2001. En este sentido, Chacho no configura fracción alguna (y mucho menos progresista) del gobierno.

Pero al mismo tiempo, su salida fue un paso necesario a dos puntas:
a) facilitó la instrumentación del rumbo derechista del gabinete, que hoy podemos definir como de guerra contra los trabajadores.
b) Posibilita una preservación de su figura, tanto para auxiliar “desde afuera” al Gobierno, como para catapultarse oportunamente como recambio.

Así, para la burguesía, Chacho es más útil afuera que dentro del Gobierno.

En síntesis, no estamos sólo ante una precoz crisis del Gobierno de De la Rúa, sino ante el inicio de una crisis del régimen político en su conjunto.

Si esta crisis de régimen no se ha profundizado más, si ha podido ser contenida transitoriamente, es porque los explotados de la ciudad y del campo no han intervenido con una política independiente (en términos de clase).

Las distintas conducciones de las organizaciones de masas (CTA, ambas CGTs, FUA, Federación Agraria, asociaciones profesionales, Vecinales, movimientos de desocupados, etc.) se han limitado (en el mejor de los casos) a impulsar reclamos sectoriales en el marco del juego institucional.

La lucha por estas reivindicaciones parciales (especialmente los cortes de ruta en distintos puntos del país por puestos de trabajo) bien podrían haber sido el disparador para convocar a todos los sectores explotados hacia un plan de acción de conjunto.

Las conducciones burocráticas se orientaron en sentido contrario: colocaron un chaleco de fuerzas a las energías de movilización, buscando con desesperación un punto de negociación con los gobiernos (sean estos nacionales, provinciales y municipales).

Su concepción de la movilización cuadra más con el lobby parlamentario que con el desenvolvimiento de la coordinación de las peleas en curso.

La precariedad de lo logrado en cada una de esas luchas parciales da lugar al pronóstico de la reapertura del conflicto.

 Pero la condición para que al producirse este hecho inevitable se supere esa falta de independencia política es que el activismo combativo antiburocrático se una en el terreno del FRENTE ÚNICO, realizando hoy un trabajo preparatorio, agrupacional, que extraiga las lecciones de las luchas protagonizadas y marque una perspectiva de conjunto.

Esta perspectiva coloca en primer plano la tarea de construir la democracia obrera como método opuesto a la democracia burguesa, institucional, que nos rige.

Esta oposición no es una abstracción, sino una tarea muy concreta, desde la primer reunión de activistas, hasta la recuperación de la ASAMBLEA DE BASE como piedra de toque, como eje organizador.

Es en la Asamblea donde hay que discutir los métodos de lucha.

Es en la Asamblea donde hay elaborar el pliego de reivindicaciones.

Es en la Asamblea donde hay que estructurar formas organizativas alternativas, de doble poder, ante el boycot burocrático en el seno de las organizaciones tradicionales.

Es en la Asamblea, en fin, donde hay discutir y resolver un curso de coordinación con otros sectores en lucha, hacia la autoconvo-catoria de un Congreso Nacional de Bases, de delegados y activistas, del conjunto de los explotados.

Es en este terreno de acción directa, de participación activa de las bases, donde se irá forjando una nueva dirección. El concepto de UNIDAD, tan caro a todo luchador, debe estar al servicio de estas tareas. El propio forjado del partido revolucionario de la clase obrera depende de la calidad y la tenacidad que pongamos los militantes revolucionarios para forjar el FRENTE UNICO.

Este es el método para superar la dispersión, avanzar en resolver la crisis de dirección política del proletariado, y recuperar la iniciativa para las masas, superando así el carácter actualmente defensivo de las luchas.

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