La crisis del petróleo plantea una profundización de la opresión nacional: sólo la lucha antimperialista dirigida por la clase obrera puede hacer que la humanidad sea dueña de sus riquezas

Tres factores entrelazados determinan la actual crisis petrolera: a) el agotamiento de stock de los países capitalistas avanzados, que aumenta la demanda de crudo. b)la reactivación económica e industrial en esos países (en especial, en EEUU y Europa), que también aumenta el consumo petrolero. c)el fortalecimiento relativo de los países productores de petróleo (sean o no miembros de la OPEP), cuyas burguesías nacionales ven la oportunidad de potenciarse a caballo de regular la producción, y así, determinar un incremento significativo del precio del barril.

Esta realidad ya ha significado un incremento del precio del crudo, haciendo altamente costoso para los países imperialistas sostener su equilibrio productivo.

Así, la negativa de los gobiernos de Europa (la excepción pareciera ser Francia) de reducir el porcentual impositivo (que representa entre el 40 y el 70% del precio de mercado), ha provocado la reacción de vastos sectores de la pequeñoburguesía y la burguesía media europea (transportistas, chacareros, etc.), que han logrado arrastar en su reclamo a una parte del proletariado.

Los gobiernos imperialistas que han tenido que aceptar el incremento de precios no pueden ni quieren reducir la carga impositiva, porque esto plantearía una situación insostenible en el presupuesto del Estado. Como buenos bandidos piratas, todos sus cañones se orientarán a presionar desde todos los puntos de vista a los países semicoloniales, grandes productores de petróleo, de modo que éstos incrementen la producción, aumentando así la oferta de crudo en el mercado mundial, para disminuir así el precio.

Estamos en presencia de una nueva confesión de la barbarie capitalista: enormes riquezas naturales, que correctamente administradas permitirían alimentar a la industria por siglos (al tiempo que se exploran e incremtan otros recursos energéticos), son mezquinadas o dilapidadas por la apropiación privada y monopólica, y sujetas así a las leyes del mercado.

El bloqueo a Irak (luego de la masacre de la guerra del golfo), así como las permanentes amenazas a Libia y a Irán, tienen como finalidad fundamental el control por parte del Imperialismo de la mayor cuenca petrolera del mundo, de modo de asegurarse la circulación a buen precio de la sangre que irriga la industria capitalista.

Pero no sólo hacia el Medio Oriente el Imperialismo orienta sus cañones: el plan Colombia, además de asegurar el negocio del narcotráfico y de aplastar cualquier posibilidad de lucha campesina, le permite a los yanquees legalizar una cabecera de playa en América Latina, justo en el límite con uno de los principales productores de petróleo del mundo: Venezuela.

La burguesía nacional de estas semicolonias petroleras lejos está de una auténtica medida antimperialista: apenas se ubica como socia menor de las poderosas empresas petroleras, expresión concentrada del capital.

Es que para enfrentar efectivamente al imperialismo en este terreno, no sólo deberían expropiar todo el circuito de producción petrolera (incluída la refinación y comercialización), sino que además debieran estar dispuestos a una guerra total que garantice su propia independencia como naciones. Para esto hay que poner en pie a los obreros, a los campesinos, a las capas medias de las ciudades.

Los Perón y Nasser del ayer, así como los Kadaffi, Sadam Hussein y Chávez de hoy, están bien lejos de esta perspectiva. Prefieren incar la rodilla y aceptar las condiciones capitalistas, que abrir una brecha a la movilización antimperialista de las masas, la que, desde luego, no se detendría en el color de la bandera de su explotador.

La crisis petrolera abre una brecha, una fisura, en las relaciones entre el Imperialismo y sus semi-colonias. Plantea la cuestión nacional, y por lo tanto, la necesidad de la movilización antimperialista. El resurgimiento de movimientos nacionalistas burgueses está a la orden del día, en una versión aún más capituladora que sus antecesores de décadas anteriores. Esto refuerza la necesidad de que el proletariado se erija en caudillo de la nación oprimida, imprimiendo su propia política independiente al Frente Unico Antimperialista.

Esto refuerza también la necesidad de la política obrera en los países imperialistas, contraria a la explotación de las semicolonias, uniendo la lucha por la defensa de las condiciones salariales, de trabajo y de vida a la perspectiva de la revolución socialista.

El aliado de la lucha antimperialista en países como Venezuela, Irak, Irán, Arabia Saudita, etc., es el proletariado de Europa y EEUU.

Esto exige el combate más feroz contra todo tipo de nacionalismo y chauvinismo. El mismo enemigo que succiona las riquezas petroleras en Medio Oriente, aplica los ajustes y cortes salariales en Europa.

La lucha antimperialista requiere, más que nunca, del internacionalismo proletario.

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