Editorial

A más de un mes del paro general del mes de junio, ha quedado claramente al descubierto la función del mismo para la política conciliadora de la burocracia sindical de todo pelaje.
Bajo la bendición de la Iglesia, Gobierno y "oposición"; empresarios y sindicalistas, iniciaron el tortuoso camino de la concertación.
Lo cierto es que todos los reclamos obreros y populares que se expresaron en el paro nacional, fueron pisoteados una vez más por este mecanismo histórico de conciliación de clases.
Lo que es aún más grave es que, a diferencia de otros tiempo, en que el "pacto social" suponía alguna concesión a los explotados, para que estos depongan medidas de fuerza, en los tiempos actuales que nos ocupan la concertación es para ganar consenso para un nuevo ajuste.
Como lo señalamos en una nota aparte, tal salvajismo del capitalismo no está determinado por la "maldad" específica de tal o cual funcionario o Gobierno, sino por la propia lógica del sistema, que obviamente, selecciona a los cuadros adecuados para aplicar los planes que garanticen la máxima ganancia posible a la burguesía más poderosa y concentrada.
Es obvio que la propia burocracia sindical no es homogénea en su función política. La CGT oficial con Dáer a la cabeza hizo la clásica: usó el paro para potenciarse en la concertación. La CGT disidente (Moyano) y la CTA (De Genaro) pretenden lo mismo, pero por su propio lugar respecto a las masas, y por sus propios proyectos defensores de una salida "burguesa nacionalista-progresista", tienen un pie en la concertación y un pie en la calle.
Así, las próximas convocatorias contra la deuda externa y por un seguro al desocupado, se ubican en esta necesidad de la burocracia "combatibia" de recuperar oxígeno para continuar con su ficción de "presionar al Gobierno", para que éste "cambie el rumbo de la política económica".
El masivo paro de junio no ha progresado, pues, hacia la estructuración de un plan de lucha. La burocracia logró mantener el control de la medida, logrando bloquear las incipientes tendencias hacia la organización independiente. Esta realidad refuerza la necesidad de profundizar el trabajo preparatorio de los revolucionarios, especialmente en todas aquellas iniciativas que tiendan a avanzar en la politización del activismo, condición para combatir el sindicalismo burocrático.
Desde este lugar y con estos objetivos, es fundamental intervenir en todas las movilizaciones, actos y concentraciones (la del próximo 26 de julio de la CGT disidente, por ejemplo), conformando concretamente bloques y acuerdos con partidos, grupos y activistas que estén dispuestos a construir una referencia clasista, independiente y antiburocrática.
Esta política, que es parte de la táctica general del Frente Único Antiimperialista, apunta a combatir el colaboracionismo de clases que practica la burocracia, y la adaptación al mismo por parte de la izquierda reformista, tanto por su seguidismo a los Moyano y los De Genaro, como también por sectarismo, absteniéndose de intervenir, o incluso bloqueando la unidad, con la excusa del carácter burgués de las movilizaciones.

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