La política Militar del proletariado en general, la política
revolucionaria concreta en la huelga policial mendocina


por Gustavo Gamboa

En tanto vivimos en la sociedad capitalista (en Argentina, como semicolonia oprimida por el Imperialismo), sufrimos todos los días la dictadura de clase de la burguesía a través de su Estado. Como marxistas, entendemos que es inconcebible la revolución socialista sin la destrucción de ese Estado, de esa maquinaria, en todas sus manifestaciones: Parlamento, Justicia, fuerzas armadas y de seguridad, etc. El objetivo estratigico de la revolución es destruir esa maquinaria burguesa, para establecer la propia dictadura de la masas insurrectas, la dictadura del proletariado, basada en la organización y movilización armada de los explotados, que establecen su propia maquinaria de poder (soviets, consejos obreros, etc.), basada en la democracia directa. Es esta dictadura del proletariado la herramienta esencial para asegurar la razón de ser de la revolución: expropiar a la burguesía, y organizar al conjunto de la sociedad sobre bases socialistas. Pero este objetivo estratégico sólo es viable con la acción unitaria y revolucionaria de millones de hombres, que producto de su propia experiencia, y de la generalización de la misma hecha programa y partido revolucionarios, vayan elevando su conciencia a saltos, los que por lo general nacen de sus propias condiciones de existencia, de su propia explotación.
Así, es un concepto elemental del marxismo, el del programa de transición, es decir, la formulación de las demandas básicas de susbsistencia de manera de orientar al movimiento de lucha hacia el cuestionamiento del poder burgués, hacia la propia disputa del mismo. El caracter potencialmente revolucionario de la lucha por las reivindicaciones mínimas (salario, pleno empleo, vivienda, salud, libertades públicas, etc.), estriba en que el capitalismo en descomposición es incapaz de satisfacerlas, sin quebrantar sustancialmente su razón de ser: la maximización de la tasa de ganancia y la acumulacisn de capital.
El Estado Burgués, como dictadura de clase, tiene como función esencial garantizar ese objetivo de los capitalistas. En épocas de crisis como las actuales, en que se refuerza el sometimiento semicolonial al Imperialismo, el propio financiamiento del Estado se ve amenazado: es harto evidente que la maquinaria estatal opera como recaudador y martillero de las riquezas nacionales, para cumplir con los banqueros acreedores. Esto explica que, en una aparente paradoja, la burguesma debilite su propia maquinaria, y no sólo en los que serían servicios "privatizables" (como educación y salud, por ejemplo), sino en la esencia de su razón de ser, la Justicia y el Aparato Represivo (policía, Gendarmería, fuerzas armadas en general). Al hacerlo, el Estado Burgués reproduce al interior de esas instituciones (bien que con las particularidades propias de la función represiva de las mismas), las contradicciones propias de la sociedad capitalista en su conjunto: detectamos, pues, jerarquías opresoras y personal oprimido, no sólo en cuanto a sus salarios, sino al conjunto de las condiciones de trabajo, de las cuales el ordenamiento jerarquico y autoritario es un pilar esencial.
Es esta opresión, son estas condiciones de explotación las que motorizaron la huelga policial de Mendoza, como tiempo atras la imponente huelga nacional de la Policía Militar brasile#a. Así, se da la paradoja que en el corazón mismo del Estado burgués, en su instrumento represor por excelencia, se produce un verdadero infarto que amenaza de muerte a esta institución clave de la dictadura capitalista.
Es un deber elemental de los revolucionarios marxistas, que luchamos por destruir la maquinaria estatal de la dictadura burguesa, intervenir en esta contradicción, a fin de profundizar las fisuras que separan a las Jerarquías, de los policías en huelga. La profundizacisn de esas fisuras supone no sólo el levantamiento de un pliego reivindicativo salarial y de condiciones de trabajo (como el que levantaron los uniformados en Mendoza, en Tucuman contra Bussi, en Brasil contra FHC) sino explicar que su victoria esta indisolublemente unida a una lucha de conjunto con todos los trabajadores, que sufren condiciones de explotación iguales y peores que los policías en huelga.
La introduccisn de este concepto de unidad de clase es el pasaporte transicional al planteo político esencial de los trotskystas al interior del movimiento policial: incorporar al pliego el pronunciamiento explícito contra cualquier posibilidad de represión a los trabajadores, así como la lucha por el desmantelamiento del aparato represivo, la investigación y castigo a cargo de Tribunales Populares de los crímenes de la Institución, llevando al banquillo de los acusados a la Jerarquía policial, y a los propios funcionarios del Gobierno.

!Este es el camino para desmantelar a la "policía brava" mendocina, asesina de Guardatti y Bordón!

Tanto la huelga policial en Mendoza como en Brasil, se dieron en un momento de reflujo de la lucha de masas en su conjunto. Esto dificultó la posibilidad de un entronque real y activo entre los explotados en general y los uniformados oprimidos por sus Jerarquías, en particular. Sin embargo, éstos últimos gozaron (en su huelga) de la simpatía y la solidaridad de la población trabajadora, de cuyo seno se reclutan los cabos, agentes y suboficiales.
En otras condiciones políticas, de alza de masas, de surgimiento de comités de fabrica que organicen piquetes de autodefensa y aún milicias, la confraternización entre trabajadores y uniformados adquiriría caractermsticas extremas de escisión de destacamentos enteros de la Jerarquía, quebrando la cadena de mandos.
Que esto no haya pasado (ni en Mendoza ni en Brasil), tiene más que ver con las condiciones políticas generales de la situación de las masas (de las que los huelguistas con uniforme forman parte), que con una particularidad de la policía. Sin embargo, los respectivos Gobiernos burgueses, concientes de las condiciones potencialmente explosivas de la crisis económica, concientes del peligro de una insubordinación nada menos que en su órgano represivo por excelencia, enviaron al Ejército (Brasil) y estuvieron a punto de hacerlo con la Gendarmería (Mendoza) para ahogar en sangre la huelga policial.
Ambas huelgas obtuvieron algunas reivindicaciones, pero la jerarquía policial (como autoridad de aplicación de los respectivos gobiernos) logró estrangular las tendencias a la sindicalización de la tropa, medida intolerable para la Burguesía, en tanto amenaza con la disciplina de la institución represiva.
En el caso de Mendoza, tenemos la información que habría sido secuestrada una hija de uno de los voceros de las bases policiales.
El aislamiento puede llevar a esos activistas al derrotero del Comisario de la Policía Provincial de Córdoba (retirado) Octavio Cuello. Éste fue pasado compulsivamente a retiro en 1975, cuando tenía rango de Comisario Inspector y 22 a#os de actividad: "Como Jefe de la comisaría 5ta detuve a un grupo de civiles con armas largas que decían responder entonces al jefe de policía, el fascista Navarro, y eso me enemistó definitivamente. Me tuve que ir para salvar la vida" (declaraciones de Cuello a Pagina 12 del 12-8-95). En agosto de 1989 los panes de trotyl que explotaron en su casa le explicaron de modo convincente que lo merjor era desistir de organizar un sindicato policial: "Sé positivamente que allí trabajaron jefes cordobeses y policías que están en la SIDE, temerosos de que un sindicato destape la corrupción generalizada dentro de la institución" (fuente ya citada)
En conclusión: las huelgas policiales como la de Mendoza expresan la crisis de conjunto del Estado burgués; en esa crisis, los huelguistas se movilizan por sus condiciones materiales de existencia; al hacerlo, quiebran el orden establecido en el pilar represivo del Estado; en tanto cuadros formados en esta institución reaccionaria, donde esta ausente todo trabajo revolucionario, dentro del pliego progresivo que produce la insubordinación se cuelan generalmente reclamos que apuntan a reforzar la impunidad de las propias jerarquías asesinas. A pesar de este componente, y justamente para mejor combatirlo, los revolucionarios deben intervenir en estos movimientos A FAVOR de su victoria, condición para introducir el programa obrero, que apunta a quebrar la función represiva de la institución, cabalgando sobre la propia insubordinación. Al calor de la misma, hay que desarrollar la solidaridad activa del resto de los trabajadores, hacia un Plan de Lucha conjunto, hay que impulsar la construcción de sindicatos (cuyo grado de legalidad o clandestinidad depende de las condiciones políticas tomadas en su conjunto), y hay que conformar células clandestinas poristas entre los uniformados.


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